Descontentadizo

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Kardan cayó enfermo. Su tío le dijo: “Qué deseas comer?” “La cabeza de dos corderos”. “No hay”. “Entonces, las dos cabezas de un cordero”. “No hay”. “Entonces no quiero nada”.

Ibn Abd Rabbih
No. 23, Mayo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 409

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No interesaban

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—Caminemos un poco —indicó.

—Caminemos, si a usted le parece —consintió el otro.

Y los dos amigos echaron a andar reposadamente sobre las opulentas y salobres aguas del Caribe.

Seiscientos metros más abajo caminaban también otros que habían naufragado en Escocia. Mas su lenguaje no era interesante.

Francisco Tario
No. 23, Mayo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 404

Guerra en el cielo

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Hay paraísos contemplativos, paraísos voluptuosos, paraísos que tienen la forma del cuerpo humano (Swedenborg), pero no hay otro paraíso guerrero, no hay otro paraíso cuya delicia esté en el combate… Hilda Roderick Ellis, en la obra The road to Hel (Cambridge, 1945), mantiene que Snorri simplificó, en gracia del rigor y de la coherencia, la doctrina de las fuentes originales, que datan del siglo VIII o del siglo IX, y que la noción de una batalla eterna es antigua, pero no de carácter paradisiaco. Así la Historia Danica de saxo Gramático habla de un hombre a quien una mujer misteriosa conduce bajo tierra: ven ahí una batalla; la mujer dice que los combatientes son hombres que perecieron en las guerras del mundo y que su conflicto es eterno. En la saga de Thorstein Uxafort, el héroe penetra en un túmulo dentro de unos bancos laterales; a la derecha hay doce hombres bizarros, de traje rojo: a la izquierda, doce hombres abominables, de traje negro; se miran con hostilidad; luego pelean y se infieren crueles heridas, pero no logran darse muerte.

J.L. Borges y Delia Ingenieros
No. 23, Mayo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 405

Poema Malayo

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Un poema malayo relata cómo una vez había en la ciudad de Indrapoore un comerciante rico y próspero, pero que no tenía hijos. Un día que paseaba con su mujer encontraron una niñita de tierna edad y bella como un ángel. La adoptaron y la llamaron Bidasari. El mercader mandó hacer un pez dorado y dentro de este pez transfirió el alma de su hija adoptiva. Después puso el pez dorado en una caja de oro llena de agua, y la ocultó dentro de un estanque, en medio de su jardín.

Con el tiempo la niña llegó a ser una preciosa mujer. En este tiempo el rey de Indrapoore tenía una reina joven y hermosa que vivía con el temor de que el rey pudiera tomar una segunda mujer. Así, sabiendo los encantos de Bidasari, resolvió la reina quedar tranquila respecto a ella. La llevaron, engatusándola, al palacio y la torturaron cruelmente pero Bidasari no podía morir a causa de no tener consigo su alma. Por fin, para que no la atormentaran más dijo a la reina: “Si deseáis que muera, mandad traed la caja que está en el estanque del jardín de mi padre”. De modo que trajeron la caja, la abrieron y allí estaba el pez dorado en el agua. La muchacha dijo: “Mi alma está en este pez; por la mañana sacad este pez del agua y al atardecer ponedlo otra vez en ella. No dejéis por cualquier lado al pez, sino atadlo a vuestro cuello. Si no lo hacéis, así, yo pronto moriré”. De esta manera la reina agarró al pez de la caja y se lo ató al cuello; aún no había terminado de hacerlo cuando Bidasari cayó desmayada. Pero al anochecer, cuando el pez fue devuelto al agua, Bidasari volvió otra vez a la vida. Viendo la reina que así tenía en su poder a la joven, la devolvió a la casa de sus padres adoptivos, que para salvarla de más persecuciones resolvieron sacar de la ciudad a su hija. Por esto, construyeron na casa en un sitio desolado y solitario y llevaron allí a Bidasari. Vivía sola sufriendo las vicisitudes correspondientes a la que soportaba el pez dorado donde ella tenía su alma. Todo el día, mientras el pez estaba fuera del agua, ella permanecía inconsciente; pero al anochecer, cuando ponían el pez en el agua, ella revivía. Un día el rey fue de caza y al llegar donde Bidasari permanecía inconsciente, quedó prendado de su belleza. Trató de volverla en sí, pero fue en vano. Al día siguiente, hacia el anochecer repitió su visita, pero todavía ella estaba inconsciente; sin embargo, cuando la obscuridad cayó, ella volvió en sí y contó al rey el secreto de su vida. El rey volvió a su palacio, cogió el pez que tenía la reina y lo puso en el agua. Inmediatamente Bidasari revivió y el rey la tomó por esposa.

Sir James George Frazer
No. 23, Mayo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 393

Cielo fingido

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El mono de piedra, el cerdo pecador, el delfín del desierto y el caballo que antes era dragón atravesaron una colina y vieron un templo, en cuyo pórtico estaba escrito Lui Yin Sze (Templo del Trueno), que según el caballo era la morada de un venerado santo budista. “Kwanlyin habita en el Océano del Sur, Pu Hien, en la montaña de Omei, Wen Shu Pusa en Wutai; no sé quien vive aquí. Entremos”. Pero el Mono dijo: “No se llama el Templo del Trueno, sino el Pequeño Templo del Trueno, entiendo que más vale no entrar”. Pero el caballo insistió. El mono dijo: “Está bien, pero después no me eches la culpa”.
Entraron. Vieron la imagen de Julai, con ochocientos ángeles, además de los cuatro querubines, ocho Bodhisatvas y de innumerables discípulos. Estas imágenes llenaron la reverencia al caballo, al cerdo, y al delfín, que se arrodillaron para venerarlas: pero el mono seguía indiferente. Entonces una fuerte voz exclamó: “¿Por qué el mono no venera el Buddah?”. Al decir esto, se encontró encerrado en una esfera de metal, mientras el caballo era conducido a una de las piezas contiguas. El mono temió que el caballo sufriera daño. Empleó sus artes mágicas para agrandarse, pero la esfera de metal se agrandó también; se redujo entonces al volumen de una semilla de mostaza, para huir por un agujerito; pero la esfera de metal se achicó. El mono llamó en su auxilio a los espíritus de los cuatro puntos cardinales. Acudieron, pero ninguno pudo mover o dar vueltas la esfera. Buscaron auxilio en el cielo, y los ángeles de las veinticinco Constelaciones recibieron orden de intervenir. Estos, con infinito trabajo horadaron un agujerito minúsculo, por donde el mono pudo evadirse. Así, los cuatro amigos se evadieron del fingido cielo.

Ch’iu Ch’anh Ch’un.
No. 23, Mayo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 390