Lal Behari Dey

Lal Behari Dey

Lal Behari Dey

 (18 diciembre 1824 a 28 octubre 1892)

 

Fue un periodista indo-bengalí, que se convirtió al cristianismo, y se volvió misionero cristiano.

Lal Behari Dey nació el 18 de diciembre 1824 a una familia de banqueros de gente de escasos recursos, en Sonapalasi cerca Bardhaman . Después de la educación primaria, en la escuela del pueblo, viajó Calcuta con su padre, donde estudió desde 1834 hasta 1844. Bajo la tutela de Alexander Duff abrazó formalmente el cristianismo el 2 de julio de 1843. En 1842, un año antes de su bautismo había publicado un folleto, la falsedad de la religión hindú, que había ganado un premio para el mejor ensayo de una sociedad cristiana local.

De 1855 a 1867 Dey fue ministro misionero y de la Iglesia Libre de Escocia .

De 1867 a 1889 trabajó como profesor de Inglés en los colegios administrados por el Gobierno en Berhampore y Hooghly . Después de haber servido en varias iglesias en el mejor momento de su carrera, se unió a la escuela colegial Berhampore como director en 1867. Más tarde se convirtió en profesor de Filosofía  en Hooghly Mohsin College de la Universidad de Calcuta y se quedó con él desde 1872 hasta 1888. Como cristiano, pero en pro del doinio británico, protestó contra toda discriminación practicada por la clase dominante contra los indígenas.

Conocido por su profundo conocimiento del idioma Inglés y la literatura, escribió dos libros en Inglés, Govinda Samanta (1874, más tarde llamado “Vida Campesina Bengalí” y “cuentos populares de Bengala” (1883), ambos ampliamente aclamados. Como Bankim Chandra Chattopadhyay , Peary Chand Mitra y Dinabandhu Mitra , Lal Behari también se sentía muy apasionadamente por los campesinos pobres y oprimidos de Bengala. En 1874 su Govinda Samanta ganó el premio de 500 rupias, en Bengala, a la mejor novela, escrita ya sea en bengalí o en Inglés, que ilustra la “vida social y doméstica de la población rural y las clases trabajadoras de Bengala”. Charles Darwin escribió una carta el 18 de abril 1881 a los editores, diciendo:

“Veo que el Reverendo Lal Behari es Editor de la Revista de Bengala y me alegrara que sepa,  de mi parte, el enorme placer y sabiduría que me dejó la lectura, hace unos años, su novela, Govinda Samanta”.

Aunque los escritos de Lal Behari fueron en su mayoría en Inglés, editó una revista mensual bengalí, Arunaday (1857) y escribió un relato bengalí, Chandramukhee. También fue editor de tres revistas inglesas, “Reformador hindú” (1861), “Viernes Revision”(1866) y “Bengala Magazine” (1872).

Fue miembro de numerosas asociaciones como la Sociedad de Bethune y la Asociación de Ciencias Sociales de Bengala.

Fue nombrado miembro de la Universidad de Calcuta a partir de 1877.

Murió el 28 de octubre de 1892, en Calcuta[1].

 

[1] http://en.wikipedia.org/wiki/Lal_Behari_Dey

La aniquilación de los ogros

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La vida entera de una tribu de ogros puede estar concentrada en dos abejas. El secreto, sin embargo, fue revelado por un ogro a una princesa cautiva, que fingía temer que éste no fuera inmortal. “Los ogros no morimos —dijo el ogro para tranquilizarla—. No somos inmortales, pero nuestra muerte depende de un secreto que ningún ser humano adivinará. Te lo revelaré, para que no sufras. Mira ese estanque: en su mayor profundidad, en el centro, hay un pilar de cristal, en cuya cima, bajo el agua, reposan dos abejas. Si un hombre puede sumergirse en las aguas y volver a la tierra con las abejas y darles libertad, todos los ogros moriremos. ¿Pero quién adivinará este secreto? No te apesadumbres; puedes considerarme inmortal”.

La princesa reveló el secreto al héroe. Este libertó a las abejas y todos los ogros murieron, cada uno en su palacio.

Lal Behari Day, en FOLK TALES OF BENGAL
No. 09, Enero-Febrero 1965
Tomo II – Año I
Pág. 24

El sheriff

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La noche era cálida, y por la ventana entraban ráfagas de aire fresco que movían las cortinas.

—¡Ay! —gritó Julio, cayendo al suelo pesadamente.

Su mujer , un matrimonio vecino que les hacía compañía mientras reparaban su aparato, y la sirvienta, que apoyada en el quicio de la puerta miraba el programa a hurtadillas, se levantaron asustados. Entre la cuarta y quinta costillas, por el lado izquierdo, empezaba a brotar sangre producida por el impacto de una bala de Colt.

En la pantalla, el sheriff guardaba su arma, mientras la dueña del salón se acercaba lentamente, para tomar más sol.

El señor Vicente se quedó estupefacto y no sabía qué hacer.

—Es inaudito —exclamó—. Puedo jurar que lo vi y no lo puedo creer.
Como era hombre práctico y buen ciudadano, quiso llamar por teléfono a la policía, pero cuando tenía la bocina en la mano, la soltó bruscamente.

—No me van a creer.

Se inclinó para ver mejor a Julio, pero la ahora viuda de Chávez ya había adivinado su nuevo estado. Y como no podía hacer nada por el caído, pensó también en avisar a la policía. Después lo consideró mejor y fue a llamar al médico.

—Espere, señora —le gritó el señor Vicente—. Espere. Vamos a ver que decidimos…

La señora pidió a la sirviente más café para los dos y un refresco para la vecina, y comenzaron a analizar el difícil caso.

—Bueno, ¿ y qué haremos para empezar? Julio estaba asegurado, pero este es un caso aparte. No podemos contar con ellos, ni con los otros. Tampoco el medicucho de abajo. Muy chocante. ¿Acaso la Cruz Roja? No, señora, que allí lo descuartizan para comprobar lo que usted ya sabe…

El aullar de una sirena interrumpió su conversación. Se estaban deteniendo en la casa de enfrente, y unos minutos más tarde sacaban esposado a un individuo medio calvo, vociferador, que había disparado a su esposa. A ella la sacaron después, con una mancha roja entre la cuarta y quinta costilla, por el lado izquierdo.

Tomás Doreste
No. 09, Enero-Febrero 1965
Tomo II – Año I
Pág. 21

El manso

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Chava miraba con odio a la figura garbosa y torera que se movía en la pantalla. Con odio y con envidia, porque si algo bueno había con el capote era precisamente el “Morenito”.

Su mujer lo miraba, sonriente:

—Anda, Chava, que no es para tanto. Después de todo tu hermana es ya mayor de edad. Olvídalo. Y mira qué difícil va a ser manejar un mansurrón como ese… —añadió, refiriéndose al bicho que acababa de salir.

Siguió agitándose nervioso en el sillón, fija la mirada en la faena. A su lado, el café se enfriaba, y el humo de la colilla subió por última vez hasta el techo. Y el odio seguía, feroz y sin sentido. Odio de honor ofendido. Odio reciente, absorbente, aniquilador. Odio asesino. Odio. Odio.

—¡Oh, Dios! —se gritó a sí mismo—. ¡Déjame cinco minutos, sólo cinco minutos, cámbiame por ese animal! ¡Quiero embestirle, acabar con él! ¡Quiero…!

Pero su frase terminó en un dulce mugido. Y se encontró en la arena, rodeado de una multitud que lo insultaba, azotando su cola con timidez, pisoteando el polvo con todo cuidado. Lástima que no se pudiera ver reflejado en los cristales de los turistas, porque su estampa era admirable. Pero no sabía embestir, porque no tuvo tiempo de aprender, y el respetable sufrió con su experiencia. Su mujer, que lo estaba viendo, desde su cómoda butaca, estaba indignada.

Y “Morenito”, todo pundonor, no tuvo más remedio que acelerar y llegar antes de lo previsto a término. Cuando el nuevo chava percibió, a través de la bruma de torpeza que lo había invadido, que el matador sacaba ya el estoque, quiso darse prisa, pero con tan poco tino que el acero lo penetró por la cruz pocos segundos antes de cumplirse los cinco minutos.

Juanita miró a su esposo con indignación.

—Pero, ¿habías visto alguna vez un manso tan repugnante? Ni morir sabe. Y Chava, mirando dulcemente a su esposa, sólo alcanzó a decirle:

—Muuuuuuu.

Tomás Doreste
No. 09, Enero-Febrero 1965
Tomo II – Año I
Pág. 20

La bajada

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Según el mapa, la carretera bajaba durante doce kilómetros. Ya había recorrido seis, la cara quemada por el viento y el sol, las manos agarradas con fuerza al manillar de su bicicleta, los dedos separados como patas de cangrejo, prestos a frenar en las vueltas.

De repente, se detuvo. Le pareció que el cable del freno trasero se soltaba.

Sonrió un instante al panorama de montañas que tenía enfrente. Luego se asombró al notar un súbito frío. Una verdadera sombra de hielo, a pesar de que no había viento. Buscó un suéter en la bolsa.

Y entonces vio el muro. Y detrás del muro, el cementerio.

A un lado de la carretera, una señal indicaba que se acercaba a San Sabornin.

Siguió el camino, prudente. Llegó a imaginar que algo le esperaba en esa carretera cerca de San Sabornin. Atravesó el pueblo despacio, con toda clase de precauciones. Salió del pueblo, y alcanzó la señal del otro lado.

No volvió a tomar velocidad hasta unos kilómetros más allá.

Su freno se rompió cuando alcanzó los últimos metros de la bajada. En aquel lugar era peligrosa en extremo. No pudo virar y salió al vacío.

Eso sucedía a cien metros de Cadoliva, pequeña localidad que carecía de cementerio. Los muertos eran enterrados en San Sabornin.

J. Sternberg
No. 09, Enero-Febrero 1965
Tomo II – Año I
Pág. 14