La bajada

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Según el mapa, la carretera bajaba durante doce kilómetros. Ya había recorrido seis, la cara quemada por el viento y el sol, las manos agarradas con fuerza al manillar de su bicicleta, los dedos separados como patas de cangrejo, prestos a frenar en las vueltas.

De repente, se detuvo. Le pareció que el cable del freno trasero se soltaba.

Sonrió un instante al panorama de montañas que tenía enfrente. Luego se asombró al notar un súbito frío. Una verdadera sombra de hielo, a pesar de que no había viento. Buscó un suéter en la bolsa.

Y entonces vio el muro. Y detrás del muro, el cementerio.

A un lado de la carretera, una señal indicaba que se acercaba a San Sabornin.

Siguió el camino, prudente. Llegó a imaginar que algo le esperaba en esa carretera cerca de San Sabornin. Atravesó el pueblo despacio, con toda clase de precauciones. Salió del pueblo, y alcanzó la señal del otro lado.

No volvió a tomar velocidad hasta unos kilómetros más allá.

Su freno se rompió cuando alcanzó los últimos metros de la bajada. En aquel lugar era peligrosa en extremo. No pudo virar y salió al vacío.

Eso sucedía a cien metros de Cadoliva, pequeña localidad que carecía de cementerio. Los muertos eran enterrados en San Sabornin.

J. Sternberg
No. 09, Enero-Febrero 1965
Tomo II – Año I
Pág. 14

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