La pulga

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En el departamento del Gard —allá donde se encuentran Nimes y el Río Gard—, la empleada de una pequeña oficina de correos, señorita de edad indeterminada, tenía la fea costumbre de abrir todas las cartas que pasaban por sus manos y de leerlas.

Todo el mundo lo sabía, pero en Francia, ciertas instituciones —como los porteros y los servicios postales— son tabú. No se pueden tocar y no se tocan.

La señorita, pues, seguía leyendo las cartas, y sus indiscreciones eran causa de discordia entre los habitantes.

En ese mismo departamento, había un hermoso castillo, habitado por un conde muy inteligente.

Puede que ocurrir que un conde sea inteligente, hasta en Francia. Y aquel conde ideó un día un plan, cuya ejecución no tardó en acometer.

Ante un ujier que, a petición suya, se trasladó al castillo el conde escribió a uno de sus corresponsales la siguiente carta:

“Querido amigo:

“Sabiendo que la malsana curiosidad de la empleada postal, la señorita Emilia Dupont, no conoce límites, y que dicha persona abre todas nuestras cartas para leerlas, te envío adjunto, para curarla de una vez para siempre, una pulga viva. Te saluda cordialmente tu amigo (firmado)

Koks.”

El conde selló la carta con todo cuidado en presencia del ujier; pero no metió ninguna pulga dentro del sobre.

Cuando la carta llegó a su destino, ya tenía una.

 

Kurt Tucholsky
No. 09, Enero-Febrero 1965
Tomo II – Año I
Pág. 34

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