El monstruo

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Marta sale, con su madre, de la exposición de pintura, muy seria: Desde hace una temporada, se hace a sí misma una pregunta indiscreta e intenta, en vano, responder a ella. Aquel paseo entre cuadros aumenta todavía más su turbación. Ha visto a las más bellas mujeres que existen, sin velo alguno y tan claramente dibujadas que hubiera ella podido seguir, con la punta del dedo, las venas azules bajo las pieles blancas, contar los dientes, los rizos y hasta las sombras sobre los labios.

Pero a todas les faltaba algo.

¡Y sin embargo ha visto a las más bellas mujeres que existen!

Marta da a su madre unas “buenas noches” tristes, entra en su cuarto y se desnuda, llena de temor.

La luna, luminosa y fría, refleja las imágenes, apresándolas, Marta, inquieta, alza sus brazos puros. Como una rama que, con un esfuerzo lento se mueve y muestra un nido…

…Marta, candorosa, no se atreve apenas a mirar su vientre desnudo, semejante a una avenida de un jardín, donde crece la hierba fina.

Y Marta se dice:

—¿Seré yo un monstruo, entre todas las mujeres?

Jules Renard
No. 26, Septiembre – Octubre 1967
Tomo V – Año IV
Pág. 43

El tiempo

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De pronto, la atezada figura del Tiempo se alza ante los dioses; de sus dos manos gotea la sangre, y una roja cuelga perezosamente de sus dedos.

Lord Dunsany
No. 26, Septiembre – Octubre 1967
Tomo V – Año IV
Pág. 23

Autorretrato

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Max Jacob es un hombrecito calvo y raro. Desde hace treinta años busca su camino. Ha abandonado todos los géneros de poesía después de haberlos marcado todos con su paso. Su prosa no vale nada, su poesía menos. Pretende haber hallado una nueva psicología con bases astrológicas y su astrología ha sido superada por los psicólogos que no se sirven de ella como ciencia. Max Jacob es un necio. No tiene medios de expresión. En él todo sucede dentro, nada sabe. Si intenta la actitud de hombre inteligente, resulta incomprensible o tedioso. Si la de poeta, se parece a todo el mundo, excepto a él mismo (a pesar de que es suficientemente original para haber sido plagiado, imitado o pisoteado). ¡Es un infeliz! Ensayó ser cristiano sin conseguir otra cosa que el paganismo. No se atreve ya a ser pagano por temor del infierno. ¡Es un infeliz! Tiene mucho éxito pero él solo lo sabe.

Max Jacob
No. 26, Septiembre – Octubre 1967
Tomo V – Año IV
Pág. 21

Historia de Ts’in Kiu-Po

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Ts’in Kiu-Po, natural de Lang-Ya, tenía sesenta años. Una noche, al volver de la taberna, pasaba delante del templo de P’on-chan, cuando vio a sus dos nietos salir a su encuentro. Le ayudaron a andar durante un centenar de pasos, luego le asieron por el cuello y lo derribaron.

—¡Viejo esclavo —gritaron al unísono—, el otro día nos vapuleaste, hoy te vamos a matar!

El anciano recordó que, en efecto, días atrás había maltratado a sus nietos. Se fingió muerto y sus nietos lo abandonaron en la calle. Cuando llegó a su casa quiso castigar a los muchachos, pero éstos, con la frente inclinada hasta el suelo, le imploraron:

—Somos tus nietos, ¿cómo íbamos a cometer semejante tropelía? Han debido ser los demonios. Te suplicamos que hagas una prueba.

El abuelo se dejó convencer por tales súplicas.

Unos días después, fingiendo estar borracho, fue a los alrededores del templo y de nuevo vio venir a sus nietos, que le ayudaron a andar. El los agarró fuertemente, los inmovilizó y se llevó a su casa aquellos dos demonios en figura humana; les aherrojó el pecho y la espada y los encadeno al patio, pero desaparecieron durante la noche y el lamentó no haberlos matado.

Pasó un mes. El viejo volvió a fingirse borracho y salió a la aventura, después de haber escondido un puñal en el pecho, sin que su familia lo supiera. Era muy avanzada la noche y aún no había vuelto a su casa. Sus nietos temieron que los demonios lo estuviesen atormentando y salieron a buscarlo. El los vio venir y apuñaló a uno y a otro.

Kan Pao (265 – 316)
No. 09, Enero-Febrero 1965
Tomo II – Año I
Pág. 97

Mejor no

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Un clérigo que descreía del mormonismo fue a visitar a Joseph Smith, el profeta, y le pidió un milagro. Smith le contestó:

—Muy bien señor. Lo dejó a su elección. ¿Quiere usted quedar ciego o sordo? ¿Elige la parálisis, o prefiere que le seque una mano? Hable, y en el nombre de Jesucristo ya satisfaré su deseo.

El clérigo balbució que no era esa clase de milagro lo que él había solicitado.

—En tal caso, señor —dijo Smith—, usted se va a quedar sin milagro. Para convencerlo a usted no perjudicaré a otras personas.

M.R Werner, en BRINGHAM YOUNG
No. 09, Enero-Febrero 1965
Tomo II – Año I
Pág. 75