Placer

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Después del placer de asombrarse no hay otro mayor que el de producir una sorpresa.

Charles Baudelaire
No. 15, Septiembre- Octubre 1965
Tomo III – Año II
Pág. 182

Génesis Hindú

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Él tuvo este pensamiento “He aquí, pues, mundos: voy a crear guardianes de estos mundos”. Así, Él sacó de las aguas y formó un ser revestido de cuerpo. Él lo vio y la boca de este ser así contemplado, se abrió como un huevo; de la boca salió la palabra; de la palabra procedió el fuego. Las narices se dilataron; por las narices pasó el soplo de la respiración; por el soplo de la respiración se propagó el aire. Los ojos se abrieron; de estos ojos salió un rayo luminoso; este rayo luminoso produjo el sol. Las orejas se dilataron; de estas orejas provino el oído, del oído las regiones del espacio. La piel se dilató; de la piel salió el pelo; del pelo fueron hechas las hierbas y los árboles. El pecho se abrió; del pecho procedió el espíritu y del espíritu la luna. El ombligo se dilató, del ombligo provino la deglución; de ésta la muerte. El órgano de la generación apareció; de éste órgano se derramó la simiente productiva; de allí derivaron su origen las aguas.

El Etareya A’ran’ya, en LOS VEDAS
No. 15, Septiembre- Octubre 1965
Tomo III – Año II
Pág. 180

Por qué enloqueció Don Quijote

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Don Quijote (que todavía se llamaba Alonso Quijano) iba a casarse con Dulcinea del Toboso. La noche anterior a la boda de la novia le mostró su ajuar, en cada una de cuyas piezas había bordado un monograma. Cuando el caballero, que era en extremo sensible, leyó aquellas tres iniciales atroces, perdió la razón.

Marco Denevi
No. 15, Septiembre- Octubre 1965
Tomo III – Año II
Pág. 178

Paolo y Francesca

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No están en el infierno por adúlteros (Dante, Infierno, V). Se amaban, es cierto. Pero rechazaron la alternativa del pecado, la vergüenza, el inevitable hastío. Eligieron la muerte. No podían suicidarse. El suicidio los condenaría, los separaría por toda la eternidad. Idearon otro plan: obligar a Gianciotto (el marido de Francesca) a que los matase. Empezaron: multiplicaban en su presencia las miradas de complicidad, los suspiros, los rubores. Gianciotto, que era celosísimo, cayó en la trampa. Una noche lo esperaron en la alcoba de Francesca. Sabían que los vigilaba. Cuando oyeron sus pasos, copiaron la figura de los adúlteros, se tomaron de las manos, por primera vez se besaron. Gianciotto entró (ellos, temblando, cerraron los ojos) y los mató. Dios los condenó, a causa de ese crimen de Gianciotto, a un infinito acoplamiento en el segundo círculo del infierno.

Marco Denevi
No. 15, Septiembre- Octubre 1965
Tomo III – Año II
Pág. 178

Jehová

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Walter B. Jehová —lo lamento por él, porque era su verdadero nombre, fue un solipcista durante toda la vida. Un solipcista, por si no lo saben, es aquel que cree que sólo él existe y que los demás y el universo en general nada más existen en su imaginación, y que si dejara de imaginárselos, desaparecerían.

Un día, Walter B. Jehová se volvió solipcista activo. Al cabo de una semana su mujer huyó con otro hombre, perdió su empleo y se quebró una pierna al perseguir un gato negro, para impedir que se atravesara en su camino.

Tendido en la cama del hospital, decidió poner fin a todo aquello.

Mirando fijamente las estrellas a través de la ventana, quiso que desaparecieran: dejaron de existir. Luego deseó que todos los demás hombres se fueran, y reinó en el hospital un silencio insólito, incluso para un hospital. Siguió el mundo, y se encontró suspendido en el vacío. Se desprendió del cuerpo fácilmente, y franqueó el paso final, deseando que él mismo dejara de existir.

No pasó nada.

—Qué raro —pensó—, ¿acaso existe un límite al solipcismo?

—Si —dijo una voz.

—¿Quién eres?, —preguntó Walter B. Jehová.

—Soy el que creó el universo que acabas de hacer desaparecer. Y ahora que has ocupado mi lugar —se detuvo para suspirar profundamente—, puedo al fin acabar con mi propia existencia, encontrar el olvido y dejarte que continúes con mi trabajo.

—Pero… ¿cómo puedo, yo, dejar de existir? Es precisamente lo que más quiero.

—Sí ya lo sé —dijo una voz—. Deberás proseguir en el camino que yo también anduve. Crea un universo. Espera que alguien en tu universo crea lo que tú has creído y quiera también dejar de existir. Sólo entonces podrás retirarte y dejárselo todo a él. Y ahora. Adiós.

Y la voz se calló.

Walter B. Jehová estaba solo en el vacío y sólo podía hacer una cosa. Creó los cielos y la tierra.

Lo que le tomó siete días.

 

Fredric Brown
No. 15, Septiembre- Octubre 1965
Tomo III – Año II
Pág. 177