Secreto absoluto

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Cuando su hermano le preguntó al Faraón Tanephitos qué buscaban, en esa noche de luna, veinte esclavos negros, éste respondió:

—Cavan buscando su propia muerte—, explicándole que le habían ayudado a transportar, a un lugar secreto, el cuerpo de su bella y dulce esposa, Zuleica, su mayor tesoro, y no quería que nadie en el mundo conociera el sitio en el cual sus restos esperaban la eternidad.

Los esclavos fueron envenenados con vino al celebrar el Término de una obra cuyo fin verdadero ignoraban. Veintiún hombres fueron enterrados y el apesarado y real esposo regresó solo a su fastuoso palacio.

Óscar Acosta
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 503

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El vengador

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El cacique Huantepeque asesinó a su hermano en la selva, lo quemó y guardó sus cenizas calientes en una vasija. Los dioses mayas le presagiaron que su hermano saldría de la tumba a vengarse, y el fratricida, temeroso, abrió dos años después el recipiente para asegurarse que los restos estaban allí. Un fuerte viento levantó las cenizas cegándolo para siempre.

Óscar Acosta
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 503

Magia australiana

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Están en la unión más íntima con la magia negra ciertos espíritus poderosos, llamados comúnmente Djanba, que no viven en el propio país, sino entre las tribus vecinas. Moran allí en un laberinto subterráneo de corredores, del que salen para matar alguna víctima con su bumerang en forma de cabeza de pájaro. Mediante un canto mágico desprenden la carne de los huesos, para comérsela, ya que la carne humana constituye su alimento preferido. Cuando salen de la tierra van de un lado a otro sin reposo, y sin dejar huella alguna. Llevan en su interior una fuerza misteriosa, que puede salir de ellos en forma de un hilo enrollado en espiral.

A. E. Jensen
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 500

Lluvia

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Un golpecito en el cristal, como si hubieran tirado algo; luego, un caer ligero y amplio, como de granos de arena lanzados desde una ventana de arriba, y por fin, ese caer que se extiende, toma reglas, adopta un ritmo y se hace fluido, sonoro, musical, incontable, universal: llueve.

Marcel Proust
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 496