Robert Silverberg

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Robert Silverberg

(Nueva York, 15 de enero de 1935)

Escritor estadounidense, Robert Silverberg es un reconocido y premiado autor de literatura fantástica, considerado como uno de los grandes maestros de la ciencia ficción del siglo XX.

Su primera novela, de corte juvenil, llamada Revuelta en Alfa Centauro salió publicada en 1955 y a partir de entonces su carrera literaria ha continuado sin interrupciones, aunque, como escritor profesional, ha escrito todo tipo de novelas de género muy alejadas del fantástico.

Ganador de varios premios Hugo (aunque nunca uno a mejor novela, siendo un eterno finalista), Nébula y Locus, Silverberg publicó con revistas como Galaxy o Ace Doubles. A partir de 1975 Silverberg se retiró de la escritura durante varios años, aunque en 1980 volvió con El Castillo de Lord Valentine, una de sus obras más aclamadas.

De entre su prolífica obra,  habría que destacar novelas como Muero por dentro, Sadrac en el horno, Alas nocturnas o Las crónicas de Majipur. Nombrado Gran Maestro de la ciencia ficción en 2004[1].

 

[1] http://www.lecturalia.com/autor/52/robert-silverberg

El verdadero infierno

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Desde que Paul Dearborn cumplió veinte años llegó al convencimiento de que cuando muriera iría al infierno. Estuvo molesto durante algún tiempo, pero acabó por acostumbrarse a la idea.

Ya cuarentón, la posibilidad de ir al infierno le parecía entonces llena de encanto. Después de todo, el paraíso debía ser muy aburrido.

Pero al llegar a los sesenta, volvió a preocuparse.

—No es que tenga miedo —dijo una noche, después de tomar alguna copa de más—. El hombre sentado a su lado en el mostrador, con traje raído, le sonrió. No tengo miedo —repitió con firmeza, estoy solamente un poco… inquieto.

—Pero, ¿cómo es que está seguro de ir al infierno? —preguntó el hombrecito.

—Oh, nunca lo susé —contestó Paul—. Y no lo lamento, créame. He llevado una vida muy agradable —continuó mintiendo descaradamente—. Y estoy listo a pagar el precio. No me quejo. ¿Otro más?

—Con gusto —dijo el hombrecito.

Paul hizo una seña al mesero.

—Sé dónde voy a ir, lo sé muy bien, pero lo que me fastidia es no tener información. Si supiera dónde está ese lugar…

Una luz se encendió en los ojos del hombrecito.

—Pero claro que lo sabe, viejo. Hace calor, huele a azufre, y los pecadores se asan en un lago de llamas, y en medio de todos está el diablo, sentado en su trono, con sus cuernos afilados como espadas y su rabo que se agita como el de un gato.

Paul tuvo un gesto condescendiente.

—¡Oh, no, eso no! Eso lo leyó en algún viejo catecismo. No, las llamas y el azufre no me convencen.

El otro se encogió de hombros.

—Sí usted quiere su propio…

—Eso es… —dijo Paul golpeando con el puño el mostrador—, el infierno es algo personal.

Su compañero se callaba, fijando su mirada turbia en el fondo de su vaso. Paul ordenó más bebidas, luego miró su reloj y decidió que era hora de irse a dormir. Dejó un billete sobre el mostrador y salió. —Tendré lo que merezco— se dijo con firmeza.

Se dirigió hacia la parada del autobús. Era una noche fría, y el viento era glacial. Se sentía cansado. Vivía solo: su última mujer murió años atrás, y sus hijos eran extraños para él. Tenía pocos amigos y muchos enemigos.

Al llegar a la esquina, se detuvo, jadeando. —Mi corazón, ya me queda poco.

Se puso a pensar en sus sesenta años. En las decepciones, en los pecados… Tenía dinero, y según algunos, era un hombre que supo triunfar en la vida. Pero su vida no fue placentera. Hubo altibajos, estaba atemorizado, había dudado de sí mismo, y sufrió dolores de cabeza, momentos de desesperación, frustraciones, y rabia impotente.

Después de todo, casi se alegraba de llegar al final del camino. En un sentido, era casi un alivio. Era en aquel momento que se daba cuenta de que la vida es una lucha cada instante, y ¿para llegar a qué? A sesenta años de torturas, nada más.

La parada del autobús estaba lejos, lo iba a perder, y tendría que helarse durante veinte minutos en la acera, atormentado, se puso a correr.

Tropezó, y una mano helada hizo presa de su corazón. Vio el suelo subir rápidamente hacia él. era la muerte, lo sabía, la muerte. Trató de luchar, después se resignó y se dejó llevar, mientras lo envolvía la obscuridad. Y al fin, sintió gratitud, porque su curiosidad sería satisfecha.

Después de una eternidad abrió los ojos y miró a su alrededor. Y, en un segundo, antes de que el olvido oscureciera su espíritu y le cerrara los párpados, supo qué era el infierno, y a qué castigo había sido condenado por la eternidad. Paul Dearbon gimió, más de desesperación que de dolor, mientras el médico partero le golpeaba el trasero con sus fuertes manos y el aire se agolpaba en sus pulmones.

 

Roberto Silverberg
No. 17, Octubre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 357

De rayuela

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Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas filulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las matricas, la jadeholante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balparamar, perlinos y marulos. Temblaba el troc, se vencían las maioplumas y todo se resolvirb en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunflas.

Julio Cortazar
No. 17, Octubre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 355

Exacto

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El cielo es la obra de los mejores y más bondadosos hombres y mujeres. El infierno es la obra de los presumidos, de los pedantes y de los que se dedican a decir verdades. El mundo es un intento de sobrellevar a unos y otros.

Samuel Butler, Note-Books (1912)
No. 17, Octubre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 348

Dostoievski

Fiódor Dostoievski

Fiódor Mijailovich Dostoievski

(Moscú, 1821 – San Petersburgo, 1881))

 

Novelista ruso. Educado por su padre, un médico de carácter despótico y brutal, encontró protección y cariño en su madre, que murió prematuramente. Al quedar viudo, el padre se entregó al alcohol, y envió finalmente a su hijo a la Escuela de Ingenieros de San Petersburgo, lo que no impidió que el joven Dostoievski se apasionara por la literatura y empezara a desarrollar sus cualidades de escritor.

A los dieciocho años, la noticia de la muerte de su padre, torturado y asesinado por un grupo de campesinos, estuvo cerca de hacerle perder la razón. Ese acontecimiento lo marcó como una revelación, ya que sintió ese crimen como suyo, por haber llegado a desearlo inconscientemente. Al terminar sus estudios, tenía veinte años; decidió entonces permanecer en San Petersburgo, donde ganó algún dinero realizando traducciones.

La publicación, en 1846, de su novela epistolar Pobres gentes, que estaba avalada por el poeta Nekrásov y por el crítico literario Belinski, le valió una fama ruidosa y efímera, ya que sus siguientes obras, escritas entre ese mismo año y 1849, no tuvieron ninguna repercusión, de modo que su autor cayó en un olvido total.

En 1849 fue condenado a muerte por su colaboración con determinados grupos liberales y revolucionarios. Indultado momentos antes de la hora fijada para su ejecución, estuvo cuatro años en un presidio de Siberia, experiencia que relataría más adelante en Recuerdos de la casa de los muertos. Ya en libertad, fue incorporado a un regimiento de tiradores siberianos y contrajo matrimonio con una viuda con pocos recursos, Maria Dmítrievna Isáieva.

Tras largo tiempo en Tver, recibió autorización para regresar a San Petersburgo, donde no encontró a ninguno de sus antiguos amigos, ni eco alguno de su fama. La publicación de Recuerdos de la casa de los muertos (1861) le devolvió la celebridad. Para la redacción de su siguiente obra, Memorias del subsuelo (1864), también se inspiró en su experiencia siberiana. Soportó la muerte de su mujer y de su hermano como una fatalidad ineludible. En 1866 publicó El jugador, y la primera obra de la serie de grandes novelas que lo consagraron definitivamente como uno de los mayores genios de su época, Crimen y castigo. La presión de sus acreedores lo llevó a abandonar Rusia y a viajar indefinidamente por Europa junto a su nueva y joven esposa, Ana Grigorievna. Durante uno de esos viajes su esposa dio a luz una niña que moriría pocos días después, lo cual sumió al escritor en un profundo dolor.

A partir de ese momento sucumbió a la tentación del juego y sufrió frecuentes ataques epilépticos. Tras nacer su segundo hijo, estableció un elevado ritmo de trabajo que le permitió publicar obras como El idiota (1868) o Los endemoniados (1870), que le proporcionaron una gran fama y la posibilidad de volver a su país, en el que fue recibido con entusiasmo. En ese contexto emprendió la redacción de Diario de un escritor, obra en la que se erige como guía espiritual de Rusia y reivindica un nacionalismo ruso articulado en torno a la fe ortodoxa y opuesto al decadentismo de Europa occidental, por cuya cultura no dejó, sin embargo, de sentir una profunda admiración.

En 1880 apareció la que el propio escritor consideró su obra maestra, Los hermanos Karamazov, que condensa los temas más característicos de su literatura: agudos análisis psicológicos, la relación del hombre con Dios, la angustia moral del hombre moderno y las aporías de la libertad humana. Máximo representante, según el tópico, de la «novela de ideas», en sus obras aparecen evidentes rasgos de modernidad, sobre todo en el tratamiento del detalle y de lo cotidiano, en el tono vívido y real de los diálogos y en el sentido irónico que apunta en ocasiones junto a la tragedia moral de sus personajes[1].

 

[1] http://www.biografiasyvidas.com/biografia/d/dostoievski.htm