El árbol del orgullo

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Si bajan a la costa de Berbería, donde se estrecha la última cuña de los bosques entre el desierto y el gran mar sin mareas, oirán una extraña leyenda sobre un santo de los siglos obscuros. Ahí, en el límite crepuscular del continente obscuro, perduran los siglos obscuros. Sólo una vez he visitado esta costa; y aunque está enfrente de la tranquila ciudad italiana, donde he vivido muchos años, la insensatez y la transmigración de la leyenda casi no me asombraron, ante la selva en que retumbaban los leones y el oscuro desierto rojo. Dicen que el ermitaño Securis, viviendo entre árboles, llegó a quererlos como a amigos; pues, aunque eran grandes gigantes de muchos brazos, eran los seres más inocentes y mansos; no devoraban como devoran los leones; abrían los brazos a las aves. Rogó que los soltaran de tiempo en tiempo para que anduvieran como las otras criaturas. Los árboles caminaron con las plegarias de Securis, como antes con el canto de Orfeo. Los hombres del desierto se espantaban viendo a lo lejos el paseo del monje y de su arboleda, como un maestro y sus alumnos. Los árboles tenían esa libertad bajo una estricta disciplina; debían regresar cuando sonara la campana del ermitaño y no imitar de los animales sino el movimiento —no la voracidad ni la destrucción—. Pero uno de los árboles oyó una voz que no era la del monje; en la verde penumbra calurosa de una tarde, algo se había posado y le hablaba, algo que tenía la forma de un pájaro y que otra vez, en otra soledad, tuvo la forma de una serpiente. La voz acabó por apagar el susurro de las hojas y el árbol sintió un vasto deseo de apresar los pájaros inocentes y de hacerlos pedazos. Al fin, el tentador lo cubrió con los pájaros del orgullo, con la pompa estelar de los pavos reales. El espíritu de la bestia venció al espíritu del árbol, y éste desgarró y consumió los pájaros azules, y regresó después a la tranquila tribu de los árboles. Pero dicen que cuando vino la primavera todos los árboles dieron hojas, salvo éste que dio plumas que eran estrelladas y azules. Y por esa monstruosa asimilación, el pecado se reveló.

G. F. Chesterton
No. 17, Octubre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 371

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Un sueño

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Muchas veces he tenido el mismo sueño… me parece que debo bailar ante ti; llevo un vestido etéreo, y tengo la sensación de que todo me va a salir bien; la multitud se aprieta a mi alrededor. Te busco con los ojos: ahí estás, sentado enfrente; parece que te preocupa otra cosa, y no te fijas en mí; pero avanzo hacia ti calzada de oro, mis mangas de plata cuelgan negligentemente, y espero. Levantas la cabeza, tu mirada se detiene en mí; a pasos ligeros, trazo círculos mágicos; tú ya no quitas de mí los ojos, obligado a seguirme en todas mis evoluciones, y tengo la sensación de un éxito triunfal. Todo lo que apenas adivinas te lo hago ver por mis movimientos, y estás sorprendido de esa sabiduría que mi danza describe para ti. Luego me sacudo de mis hombros mi manto impalpable, te muestro mis alas y me elevo en el espacio. Me encanta ver cómo me sigues con los ojos; después, dulcemente, vuelvo a bajar y caigo entre tus brazos, que me estrechan…

Bettina
No. 17, Octubre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 363

Pitágoras

Pitágoras

 

Pitágoras

(Isla de Samos, actual Grecia, h. 572 a.C.-Metaponto, hoy desaparecida, actual Italia, h. 497 a.C.)

 

Filósofo y matemático griego. Se tienen pocas noticias de la biografía de Pitágoras que puedan considerarse fidedignas, ya que su condición de fundador de una secta religiosa propició la temprana aparición de una tradición legendaria en torno a su persona.

Parece seguro que Pitágoras fue hijo de Mnesarco y que la primera parte de su vida la pasó en Samos, la isla que probablemente abandonó unos años antes de la ejecución de su tirano Polícrates, en el 522 a.C. Es posible que viajara entonces a Mileto, para visitar luego Fenicia y Egipto; en este último país, cuna del conocimiento esotérico, se le atribuye haber estudiado los misterios, así como geometría y astronomía.

Algunas fuentes dicen que Pitágoras marchó después a Babilonia con Cambises, para aprender allí los conocimientos aritméticos y musicales de los sacerdotes. Se habla también de viajes a Delos, Creta y Grecia antes de establecer, por fin, su famosa escuela en Crotona, donde gozó de considerable popularidad y poder.

La comunidad liderada por Pitágoras acabó, plausiblemente, por convertirse en una fuerza política aristocratizante que despertó la hostilidad del partido demócrata, de lo que derivó una revuelta que obligó a Pitágoras a pasar los últimos años de su vida en Metaponto.

La comunidad pitagórica estuvo seguramente rodeada de misterio; parece que los discípulos debían esperar varios años antes de ser presentados al maestro y guardar siempre estricto secreto acerca de las enseñanzas recibidas. Las mujeres podían formar parte de la cofradía; la más famosa de sus adheridas fue Teano, esposa quizá del propio Pitágoras y madre de una hija y de dos hijos del filósofo.

El pitagorismo fue un estilo de vida, inspirado en un ideal ascético y basado en la comunidad de bienes, cuyo principal objetivo era la purificación ritual (catarsis) de sus miembros a través del cultivo de un saber en el que la música y las matemáticas desempeñaban un papel importante. El camino de ese saber era la filosofía, término que, según la tradición, Pitágoras fue el primero en emplear en su sentido literal de «amor a la sabiduría».

También se atribuye a Pitágoras haber transformado las matemáticas en una enseñanza liberal mediante la formulación abstracta de sus resultados, con independencia del contexto material en que ya eran conocidos algunos de ellos; éste es, en especial, el caso del famoso teorema que lleva su nombre y que establece la relación entre los lados de un triángulo rectángulo, una relación de cuyo uso práctico existen testimonios procedentes de otras civilizaciones anteriores a la griega.

El esfuerzo para elevarse a la generalidad de un teorema matemático a partir de su cumplimiento en casos particulares ejemplifica el método pitagórico para la purificación y perfección del alma, que enseñaba a conocer el mundo como armonía; en virtud de ésta, el universo era un cosmos, es decir, un conjunto ordenado en el que los cuerpos celestes guardaban una disposición armónica que hacía que sus distancias estuvieran entre sí en proporciones similares a las correspondientes a los intervalos de la octava musical. En un sentido sensible, la armonía era musical; pero su naturaleza inteligible era de tipo numérico, y si todo era armonía, el número resultaba ser la clave de todas las cosas.

La voluntad unitaria de la doctrina pitagórica quedaba plasmada en la relación que establecía entre el orden cósmico y el moral; para los pitagóricos, el hombre era también un verdadero microcosmos en el que el alma aparecía como la armonía del cuerpo. En este sentido, entendían que la medicina tenía la función de restablecer la armonía del individuo cuando ésta se viera perturbada, y, siendo la música instrumento por excelencia para la purificación del alma, la consideraban, por lo mismo, como una medicina para el cuerpo. La santidad predicada por Pitágoras implicaba toda una serie de normas higiénicas basadas en tabúes como la prohibición de consumir animales, que parece haber estado directamente relacionada con la creencia en la transmigración de las almas; se dice que el propio Pitágoras declaró ser hijo de Hermes, y que sus discípulos lo consideraban una encarnación de Apolo[1].

 

 

[1] http://www.biografiasyvidas.com/biografia/p/pitagoras.htm

Thomas Carlyle

 

 

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Thomas Carlyle

(Ecclefechan, Escocia, 4 de diciembre de 1795 – Londres, 5 de febrero de 1881)

 

Fue un historiador, crítico social y ensayista británico.

De familia estrictamente calvinista, estudió teología en la Universidad de Edimburgo con el deseo de transformarse en pastor, pero perdió la fe en una crisis que expuso en parte en su posterior novela Sartor Resartus, y abandonó esos estudios en 1814, aunque siempre siguieron vivos en él los valores que le inculcaron. Se dedicó entonces a la enseñanza de las matemáticas durante casi cuatro años. Después viajó a Edimburgo y empezó a estudiar leyes y a escribir diversos artículos (1819-1821). Su carácter se agrió profundamente desde entonces al ser víctima de una úlcera estomacal que lo acompañaría todos los días de su vida. Además empezó a apasionarse por la lengua y la literatura alemanas, que llegó a conocer perfectamente. En particular le impresionó profundamente el idealismo alemán (Fichte); animado por sus descubrimientos empezó a divulgar la literatura alemana entre sus compatriotas traduciendo obras de Goethe, escribiendo una Vida de Schiller (1825) y publicando numerosos artículos sobre Alemania y su cultura.

Tras un viaje a París y Londres, volvió a Escocia y ayudó en la revista literaria liberal Edinburgh Review. En 1826 se casó con Jane Baillie Welsh, una escritora a la que había conocido en 1821. A partir de 1828 vivieron en Craigenputtock (Escocia), donde Carlyle compuso el poioumenon o metanovela Sartor Resartus, traducible como El sastre resastrado, publicada originalmente entre 1833 y 1834 por la Fraser’s Magazine. Se trata, en general, de una sátira del utilitarismo y materialismo de los ingleses que recurre ampliamente a la ironía con un estilo retórico y académico de amplio párrafo. Para Carlyle son una falsedad las riquezas materiales porque conducen a una crisis personal de la que solo puede salvar un idealismo espiritual. Con esta obra, Carlyle se perfila además como un crítico social de mirada preocupada por las condiciones de vida de los trabajadores británicos, en la que deja ver su profundo desencanto por los estragos que ha causado la Revolución industrial. Durante sus días en Craigenputtock entabló una amistad de por vida con Ralph Waldo Emerson, el célebre ensayista estadounidense. En 1834 se trasladó a Londres, donde recibió el apodo “el Sabio de Chelsea” y formó parte de un círculo literario en el que figuraban los ensayistas Leigh Hunt y John Stuart Mill.

En Londres escribió una exitosa Historia de la Revolución francesa (1837), estudio histórico basado en la opresión de indigentes que inspiró a Charles Dickens su Historia de dos ciudades. Luego publicó conferencias entre las que destaca Los héroes (1841), donde sostiene que el avance de la civilización se debe a los hechos de individuos excepcionales y no de las masas. Este desdén por la democracia y su alabanza de la sociedad feudal se advierten en buena parte de sus escritos posteriores, especialmente en El cartismo (1839) y Pasado y presente (1843). Escribió una vez: “La democracia es la desesperación de no encontrar héroes que nos dirijan”. Para entender a este autor, en una gran reflexión que Ernst Cassirer realiza sobre el mito del héroe en su libro “El mito del Estado”, nos recomienda poner atención en su devoción por Goethe y por Fichte para comprender su filosofía de la vida: “soy lo que hago”. Esto eliminaría de sus interpretaciones las visiones románticas que nutrieron a los escritores filonazis, como Lemhan, que encontraba en sus textos una justificación para el caudillaje moderno.

Su concepto de la historia queda reflejado en obras como Cartas y discursos de Oliver Cromwell (1845) e Historia de Federico II de Prusia, que consta de 10 volúmenes escritos entre 1858 y 1865. Produjo también una autobiografía titulada Recuerdos, que se publicó en 1881. Falleció en Londres el 5 de febrero de 1881. En obras de Ruskin y Dickens encontraremos gran influencia de este pensador.

El pensamiento y las obras de Carlyle renovaron la escritura anglosajona; suele señalarse entre sus méritos indudables el haber conseguido que sus compatriotas se interesasen al fin por la literatura y la filosofía alemanas, que habían denostado tanto, y perdieran parte de sus prejuicios sobre las mismas[1].

 

[1] http://es.wikipedia.org/wiki/Thomas_Carlyle

Apariencias

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¿Había algo más prodigioso que un auténtico fantasma? El inglés Johnson anheló toda su vida, ver uno; pero no lo consiguió, aunque bajó a las bóvedas de las iglesias y golpeó féretros. ¡Pobre Johnson! ¿Nunca miró las marejadas de vida humana que amaba tanto? ¿No se miró siquiera a sí mismo? Johnson era un fantasma, un fantasma auténtico; un millón de fantasmas lo rodeaba en las calles de Londres. Borremos la ilusión del tiempo, compendiemos los sesenta años en tres minutos, ¿qué otra cosa era Johnson, que otra cosa somos nosotros? ¿Acaso no somos espíritus que han tomado un cuerpo, una apariencia, y que luego se disuelven en el aire y en invisibilidad?

Thomas Carlyle en De Sator Resartus (1834)
No. 17, Octubre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 358