Escalones

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Ante la blancura de la hoja de papel se detuvo indecisa. No tenía nada que escribir pero las rayas implacables la invitaban a llenarlas de letras, a ocultar de algún modo su azulosa monótona desnudez; además, no tenía nada que hacer, los codos apoyados en la clara y fría superficie de su escritorio, y la gente yendo y viniendo a su alrededor como siluetas sin sosiego recortadas al azar de un mismo casimir y los rostros y cabellos repitiéndose deliberadamente sobre ellas. Las voces se diluían es una espesa marea de rumores, todo crecía, las cumbres estallaban ruidosas, el equilibrio se perdía entre remolinos, se abrían grietas y se cerraban al mismo tiempo, sin duda había goteras en el espacio. No podía seguir así, tenía que aparentar que hacía algo, el lápiz en su mano parecía un motivo poderoso, una palanca que espera o un viaje en perspectiva. Inclinó la cabeza y hasta arriba de la hoja, del lado derecho, puso la fecha.

Pensó: blanco, gris, rayas, dibujando un rostro… esa risa es la de Andrés, ojalá venga a saludarme… tengo que hablarle a mi hermano por teléfono… como una procesión de puntos amarillos… debo recordarle a mi jefe que firme estos cheques… estoy perdiendo el tiempo pero no puedo hacer otra cosa, se pierde solo y yo lo ayudo… cómo es ruidosa esta oficina… hoy me toca gimnasia… un cristal, transparencia… quisiera acabar de leer esta revista… vertical y duro, sin raíces… Dios quiera que se encierre este señor en la sala de juntas, así puedo prender el radio quedito y oír el concierto de las diez… sombras desmenuzándose, todo se queda en su lugar… ya debo escribir algo.

Sintió: el lápiz liso, inerte entre la tibieza de sus dedos, la insípida suavidad de la hoja de papel debajo de su mano, la superficie fría del escritorio extendida a lo largo de su brazo hasta el codo… luego el aire que la rodea sumiso, sosteniéndola… las perlitas de su pulsera clavándose en la muñeca derecha… dentro de su cabeza un círculo va creciendo pero está vacío, no tiene rincones… gira la luz morada en sus ojos de tanto ver el papel… le brotan chispitas de frío en la nuca… todas esas voces parecen lluvia menuda en sus oídos y de repente se inunda de sonidos, opalinos… cae y no se mueve de su escritorio… cuánta carne tiene su cuerpo, cómo le pesa, sus huesos en cambio son de polvo, toda esta inmensidad la está teniendo entre sus párpados… sigo aquí, sentado ante este momento.

Escribió: los palacios del hastío crecen a pesar de la neblina, nada turba el triunfo de aquel atardecer, brilla el tiempo y no proyecta sombra, esperar una carta de cara al sol, en la pureza del cielo parpadea la fuga de los pájaros, solamente el horizonte existe, un camino que se arrastra entre cajos de ruido y precipicios como días olvidados, hay relojes, invisibles al tacto, llegar al pie del manantial y reconocerse.

Al final de la escalera calcinada un teléfono llamaba sin piedad, locamente, como si nada más a ella se estuviera dirigiendo. Tuvo que correr a lo largo de su tiempo para contestarlo.

 

Ana F. Aguilar
No. 17, Octubre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 402

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