Paradoja de Zenón

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Aquiles corre diez veces más ligero que la tortuga y le da una ventaja de diez metros. Aquiles corre esos diez metros, la tortuga corre uno; Aquiles corre ese metro, la tortuga corre un decímetro; Aquiles corre ese decímetro, la tortuga corre un centímetro; Aquiles corre ese centímetro, la tortuga un décimo de milímetro y así infinitamente sin alcanzarla.

Jorge Luis Borges
No. 5, Septiembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 45

Jorge Luis Borges en “Otras inquisiciones”
No. 77, Junio 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 413

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El testamento

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Un hombre rico deja en su testamento su casa a una pareja pobre. Esta se muda ahí: encuentran un sirviente sombrío que el testamento les prohíbe expulsar. Éste los atormenta: se descubre, al fin, que es el hombre que les ha legado la casa.

Nathaniel Hawtrorne, en “Cuaderno de Apuntes”
No. 5, Septiembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 33

Nathaniel Hawthorne en “Cuaderno de apuntes”
No. 77, Junio 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 391

Coloquio de los pájaros

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El remoto rey de los pájaros, el Simurg, deja caer en el centro de la China una pluma espléndida; los pájaros resuelven buscarlo, hartos de su antigua anarquía. Saben que el nombre de su rey quiere decir treinta pájaros; saben que su alcézar está en el Kaf, la montaña circular que rodea la tierra. Acometen la casi infinita aventura; superan siete valles, o mares; el nombre del penúltimo es Vértigo; el último se llama Aniquilación. Muchos peregrinos desertan; otros perecen. Treinta. Purificados por los trabajos, pisan la montaña del Simurg. Lo contemplan al fin: perciben que ellos son el Simurg y que el Simurg es cada uno de ellos y todos.

Farid al-Din Abú Talib Muhámmed ben Ibrahim Attar
No. 5, Septiembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 29

Promesa cumplida

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Un día volvió Azora de un paseo, muy enojada y profiriendo grandes exclamaciones.

—¿Qué tenéis, querida esposa —le dijo Zadig—, que es lo que ha podido poneros así, fuera de vos?

—¡Ay! —respondió ella—, os pasaría lo mismo si hubieseis visto el espectáculo del cual acabo de ser testigo. He ido a consolar a la joven viuda Corsu, que acaba de elevar, hace sólo dos días, un monumento funerario en memoria de su joven esposo, cerca del arroyo que bordea este prado. Prometió a los dioses, en su dolor, permanecer al lado de la tumba mientras por allí corriese el agua del arroyo.

—Y bien —comentó Zadig—, he ahí una mujer estimable y que amaba realmente a su marido.

—¡Ah —prosiguió Azora—, si supieses en qué estaba ocupada cuando fui a visitarla!

—¿En qué, bella Azora?

—Estaba desviando el curso del arroyo.

Voltaire
No. 5, Septiembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 28

Voltaire (en Zadig)
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 611

La incrédula

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Sin mujer a mi costado y con la excitación de deseos acuciosos y perentorios, arribé a un sueño obseso. En él se me apareció una, dispuesta a la complacencia. Estaba tan pródigo, que me pasé en su compañía de la hora nona a la hora sexta, cuando el canto del gallo. Abrí luego los ojos, y ella misma a mi diestra, con sonrisa benévola, me incitó a que la tomara. Le expliqué, con sorprendida y agotada excusa, que ya lo había hecho.
—Lo sé —respondió—, pero quiero estar cierta.
Yo no hice caso a su reclamo y volví a dormirme, profundamente, para no caer en una tentación irregular y quizá ya innecesaria.

Edmundo Valadés
No. 5, Septiembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 25

Edmundo Valadés
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 99