Tómelo con calma

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Kan Ying, en la antigüedad, era un arquero hábil. Cuando tensaba el arco, los animales se desplomaban y los pájaros caían del aire. Su discípulo, llamado Fei Wei, sobrepasaba aún al maestro en habilidad. Por su parte, Ki Tch´ang aprendió este arte de Fei Wei, quien dijo: “Aprended primero a no parpadear, en seguida veremos cómo tirar el arco.”

Ki TCh´ang volvió a su casa, se deslizó bajo el telar de su mujer y siguió con la mirada el va y viene de la lanzadera. Después de dos años de ese ejercicio, ya no parpadeaba ni aunque la punta de una lezna le rozara el ojo. Se lo contó a Fei Wei. Éste dijo: “Todavía no estás preparado. Ahora es necesario que aprendas a ver, es decir, ver grande lo que es pequeño, ver claramente lo que es invisible. Cuando logres esto, regresa.”

Ki Tch´ang, entonces, puso en su ventana a un pájaro colgado de una crin. Desde el interior de su pieza observó fijamente al bicho. Al cabo de diez días, el piojo pareció crecer poco a poco. Tres años más tarde le parecía del tamaño de una rueda de carreta, de tal manera que terminó por ver los otros objetos tan grandes como montañas. Tomó un arco de cuerno de Yen y una flecha de junco de Cho y tiró. Atravesó el corazón del piojo sin romper la crin. Fue a contárselo a Fei Wei.
Éste saltó, se golpeó el pecho y dijo: “Has alcanzado tu meta.” Después que Ki Tch´ang hubo asimilado el arte de Fei Wei, pensó que no tenía más que un rival en el mundo y planeó matar a su maestro. Se encontraron en un sitio desértico y tiraron el uno sobre el otro. Las puntas de sus flechas chocaron a medio camino y cayeron al suelo sin levantar polvo. Fei Wei agotó primero su provisión de flechas. A Ki Tch´ang le quedaba una: tiró. El otro, sin cerrarla, la paró con la punta de una espina. Ante esto, los dos lloraron, y dejando caer sus arcos, se postraron en tierra, el uno ante el otro, uniéndose en una amistad como de padre a hijo. Se hicieron una incisión en el brazo y juraron nunca traicionar el secreto de su arte.

Lie Tseu, verdadero clásico del vacío perfecto. (Tomado de EL CORNO EMPLUMADO)
No. 5, Septiembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 57

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