El sable sagrado

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El violento Susa-no, huyendo de la cólera de los dioses, va, de montaña en montaña y de valle en valle, meditando sobre su mala suerte. De pronto a orillas de un río, encuéntrase con dos ancianos, que gimen contemplando a una inda doncella: “¿Qué os acontece?”, les pregunta. “Al principio —contestole uno de los ancianos— teníamos ocho hijas; pero cada año la serpiente Koshi nos ha devorado a una, y ahora ya no nos queda más que la princesa Kushi-nadda, que no tardará en correr la misma suerte que sus hermanas —y agrega—: La serpiente es enorme y tiene ocho cabezas y ocho colas; y sobre sus escamas crecen musgos y árboles; y su tamaño es como el de ocho llanuras y ocho colinas” “Yo la mataré —contesta el Augusto Macho Impetuoso—; para ayudarme en mi empresa, comenzad a preparar ocho grandes cubas de aguardiente de arroz y ponedlas en las ocho puertas de una empalizada que circunda este campo” Así lo hacen los ancianos. La serpiente aparece y mete sus ocho cabezas en las ocho cubas; la borrachera la hace quedarse dormida. Susa-no, entonces, con su espada, le corta las ocho cabezas y las ocho colas. En su cuerpo encuentra el sable sagrado que hoy se conserva en Tokio. Luego como premio pide la mano de la doncella, se casa con ella y se la lleva a Suma, donde construye un palacio.

En el Kodziki, según la síntesis hecha por E. Gómez Carrillo
No. 5, Septiembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 74

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