La discípula

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La hermosa Hsi Shih frunció el entrecejo. Una aldeana feísima que la vio, quedó maravillada. Anheló imitarla, asiduamente se puso de mal humor y frunció el entrecejo. Luego pisó la calle. Los ricos se encerraron bajo llave y rehusaron salir, los pobres cargaron con sus hijos y sus mujeres emigraron a otros países.

Hebert Allen Giles. Chuang tzu (1889)
No. 25, Agosto 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 663

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