Fórmula mágica

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Dícese que uno puede volverse invisible invocando los siete planetas, la región de la tristeza, la cabellera bifurcada de las furias, el fuego azul de Platón y el árbol de Hécate.

Pompeyo Gener
No. 7, Noviembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 61

Pompeyo Gener en “La muerte y el Diablo”
No. 77, Junio 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 390

Sinfín

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143-145 top
Un hombre se forma tras una larga cola. Desesperado, comienza por eliminar al que está antes de él —sigue con todos los de la fila—. Hasta que otro hombre se detiene a su espalda…

Pedro Durán
No. 7, Noviembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 58

Pedro Durán
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 41

Carta a Artajerjes

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“Yo soy aquel Temístocles que más que ningún griego acarreó a tu casa incontables daños, mientras tuve necesidad de combatir contra tu padre y defender a mi patria, pero que al mismo tiempo le hice mucho bien, cuando hallándome en seguridad comenzó él a sentirse en peligro… Vengo ahora a refugiarme en tu reino, perseguido por toda la Grecia y en solicitud de tu amistad. Si la lograre, tendrías en mí a un amigo tan leal como tu padre un enemigo valeroso. Ahora te ruego que para reflexionar sobre los asuntos de que quiero tratar contigo, me concederás el plazo de un año, y me consientas, así que transcurra, venir a tu presencia.”

Cornelio Nepote, en Vidas de Varones Ilustres
No. 7, Noviembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 52

Francisco Salmerón

Francisco Salmerón Tecuan

 

Francisco Salmerón

(1922)

 

Es autor de un solo libro, Testimonios del tecuán (Universidad Veracruzana, 1960), libro que pasó soslayado para caer en un olvido total: sería difícil encontrar alguna referencia que no sea la de Luis Leal en su antología El cuento veracruzano, en donde incluye el titulado La tonal de comisario, o la del Anuario del cuento mexicano (1960), donde se recoge La vereda del venado, diciéndose de Salmerón que estudió abogacía en la Universidad Veracruzana, abandonando tal profesión por su ingreso a la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad Autónoma de México y luego a la Escuela de Artes del Libro, para seguir la rama de grabador, colaborando como ilustrador en un diario capitalino y como dibujante formador en la revista Espacios. En 1953 trabaja con el pintor Juan O’Gorman en los murales del edificio de la Secretaría de Comunicaciones. Se radica en Córdoba en 1959 y allí edita la revista Mensaje. El mismo año ingresa a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Veracruzana, en donde sigue la carrera de antropología social.

De su única obra, Velas para San Andrés es uno de los más certeros cuentos que recrean el reservado mundo indígena. Guarda el tono de los libros de los antiguos pobladores de nuestra tierra, y en él sintetiza, con eficacia admirable, la vieja y larga historia que hiere y ha hecho sangrar nuestra historia: el abuso tradicional de fueranos con las comunidades indígenas.

Velas para San Andrés. En Testimonios del Tecuán, Colección Ficción, número 24, Universidad Veracruzana, Xalapa, 1960.

La Tepa

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La noche estaba pesada, Señor. Por los linderos se oían los ruidos. Del altar se cayó el tesanto, el que cuida la casa desde los tiempos de antes. Por mi rancho pasó, Señor, un animal que andaba como llorando. Y en la higuera vieja estaba parada La Tepa, echando sus gritos, y nadie quiso pasar por ahí. Estaba la mujer antigua chillando porque había matado a sus hijos. Que así está desde los tiempos otros esa mujer llorando, y es como encanto que sale cuando está la noche pesada y el río se quiere voltiar. El que quiere pasar ha de dar un rodeo y mirar para otro lado, para no tener un daño.

Francisco Salmerón en Testimonios del Tecuan
No. 7, Noviembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 47

Cero en geometría

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Henry miró el reloj. Dos de la madrugada. Cerró el libro con desesperación. Seguramente que mañana sería reprobado. Entre más quería hundirse en la geometría, menos la entendía. Dos fracasos ya, y sin duda iba a perder un año. Sólo un milagro podría salvarlo. Se levantó. ¿Un milagro? ¿Y por qué no? Siempre se había interesado en la magia. Tenía libros. Había encontrado instrucciones sencillísimas para llamar a los demonios y someterlos a su voluntad. Nunca había hecho la prueba. Era el momento: ahora o nunca.

Sacó del estante el mejor libro sobre magia negra. Era fácil. Algunas fórmulas. Ponerse al abrigo en un pentágono. El demonio llega. No puede nada contra uno, y se obtiene lo que se quiera. Probemos.

Movió los muebles hacia la pared, dejando el suelo limpio. Después dibujó sobre el piso, con un gis, el pentágono protector. Y después pronunció las palabras cabalísticas. El demonio era horrible de verdad, pero Henry hizo acopio de valor y se dispuso a dictar su voluntad.

—Siempre he tenido cero en geometría —empezó.

—A quién se lo dices… —contestó el demonio con burla.

Y saltó las líneas del hexágono para devorar a Henry, que el muy idiota había dibujado en lugar de un pentágono.

Cuento Mágico de Fredric Brown
No. 7, Noviembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 41