El premio a concurso de cuento de El Cuento en 1964, o “cuando a los perros los ataban con longaniza”.

concurso

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Liliana Porter

No. 6, Octubre 1964
Tomo I – Año I

Muerte del tiempo

Había caminado más allá del otoño de su vida. Largas guedejas entrecanas caían cubriendo sus hombros huesudos ahora: redondos y maduros ayer. El tiempo había pasado y estaba sintiéndose aniquilada.

El tiempo… ¡El tiempo! ¿Dónde estaba su enemigo implacable? ¿Dónde aquel que corroía sus huesos, que marchitaba sus carnes, aniquilando aquel fulgor de belleza, herencia de las mujeres de su casa?

En sus días lo buscaba y la angustia la invadía en espasmos dolorosos que dejaban en su rostro y en su cuerpo las huellas del tiempo invisible y silencioso que la hollaban implacablemente.

Y su búsqueda inconsciente seguía el ritmo del viejo reloj que palpitaba y palpitaba el transcurrir del tiempo.

Los muros de su alcoba, testigos mudos de su angustia, la cobijaban aprisionando sus recuerdos, sus anhelos, sus ansias de vivir, su eterna espera por un mañana que no llegaba y su lucha con el tiempo que transcurría sobre su vida.

Y en las noches, largas y silenciosas, creía ver entrar por la ventana al tiempo como un éter invisible que llegaba hacia ella como en una furtiva cita de amor y la envolvía mientras el reloj seguía sonando rítmicamente en sus oídos hasta llegar a confundirse con los latidos de su propio corazón. Entonces, trataba de esconderse, de huir, pero las pesadas cortinas la ignoraban, el sillón frente al ventanal permanecía sordo, su espejo parecía reírse devolviéndole su angustia. Entonces fue cuando comprendió: el tiempo no pasa por las cosas, el tiempo ama la carne palpitante, la belleza, y se nutre de ella para seguir existiendo. Y, fue así cuando reparó en el viejo reloj, el culpable del tránsito del tiempo, el corazón del tiempo, el que lo hace vivir…

Sus manos crispadas se acercaron a él penetrando sus entrañas.

Una risa extraña y sórdida salía de los muros del caserón abandonado y rodaba por la colina hasta perderse allá en el mar.

Fuera… ¡Doscientos años habían transcurrido!

Dentro, en su eterno presente, permanecía ella sentada frente al ventanal, estática, con el viejo reloj destrozado a sus pies y sus cuencas vacías escudriñando el más allá.

Carolina Castro Padilla
No. 76, Marzo-Abril 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 307

Ilusión

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Quisiera el mundo hecho de esta manera: que apenas se tuviese el deseo de una música, apareciesen los músicos y se pusiesen a tocar; que los deseos fuesen satisfechos al nacer; y que, sin embargo, no produjesen saciedad.

Bernard Berenson
No. 33, Noviembre – 1968
Tomo V – Año VI
Pág. 114

La norma

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Des parales inconnues
chantérent-elle sur vos
lévres, lambeaux maudits
d’une phrase absurde?—
                                                  Mallarme

Hay palabras que se deslizan y nos abren el corazón como una espada fría y sutil. A veces convidan a la locura y a veces a la prudencia. Se caen de la portezuela de un coche: ruedan desde una ventana a la calle, articuladas entre un suspiro y un bostezo. Y nadie las advierte. No hacen más ruido que el de un guante que se deja caer.

Yo he oído a dos niños preguntarse si las mariposas tejen nidos como los pájaros; pero —efectos de la mala literatura— la pregunta me pareció artificial, hecha para los museos de frases. Y me desvié con indiferencia.

En la edad que erais tan locos que hubierais callado al jilguero para hacer sonar el cascabel; cuando la petulancia del primer bigote quiere pasar por virtud, yo oí, al azar, un “Efectivamente, efectivamente”, pronunciando con todo el aplomo del que todavía quiere tener aplomo, del que quiere echar la primera amarra al barco de la vida, y que valía de por sí todo un madrigal.

Pero nada vale lo que sorprendí ayer tarde.

Por la calle han pasado dos señoras, charlando. La más joven dice a la más vieja:

—Cambian los colores, cambia todo; pero lo que queda siempre es el azul marino.

Alfonso Reyes
No. 33, Noviembre – 1968
Tomo V – Año VI
Pág. 111

Quimera

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En el siglo XVIII un gran autor chino se rompió la cabeza. Quería un relato absolutamente fantástico, violando todas las leyes del mundo. ¿Qué se le ocurrió? Esto: su héroe. Especie de Gulliver, llega a un país donde los comerciantes tratan de vender a precios ridículamente bajos, y donde los clientes insisten en pagar precios exorbitantes.

Henri Michaux
No. 33, Noviembre – 1968
Tomo V – Año VI
Pág. 107