La norma

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Des parales inconnues
chantérent-elle sur vos
lévres, lambeaux maudits
d’une phrase absurde?—
                                                  Mallarme

Hay palabras que se deslizan y nos abren el corazón como una espada fría y sutil. A veces convidan a la locura y a veces a la prudencia. Se caen de la portezuela de un coche: ruedan desde una ventana a la calle, articuladas entre un suspiro y un bostezo. Y nadie las advierte. No hacen más ruido que el de un guante que se deja caer.

Yo he oído a dos niños preguntarse si las mariposas tejen nidos como los pájaros; pero —efectos de la mala literatura— la pregunta me pareció artificial, hecha para los museos de frases. Y me desvié con indiferencia.

En la edad que erais tan locos que hubierais callado al jilguero para hacer sonar el cascabel; cuando la petulancia del primer bigote quiere pasar por virtud, yo oí, al azar, un “Efectivamente, efectivamente”, pronunciando con todo el aplomo del que todavía quiere tener aplomo, del que quiere echar la primera amarra al barco de la vida, y que valía de por sí todo un madrigal.

Pero nada vale lo que sorprendí ayer tarde.

Por la calle han pasado dos señoras, charlando. La más joven dice a la más vieja:

—Cambian los colores, cambia todo; pero lo que queda siempre es el azul marino.

Alfonso Reyes
No. 33, Noviembre – 1968
Tomo V – Año VI
Pág. 111

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