Muerte del tiempo

Había caminado más allá del otoño de su vida. Largas guedejas entrecanas caían cubriendo sus hombros huesudos ahora: redondos y maduros ayer. El tiempo había pasado y estaba sintiéndose aniquilada.

El tiempo… ¡El tiempo! ¿Dónde estaba su enemigo implacable? ¿Dónde aquel que corroía sus huesos, que marchitaba sus carnes, aniquilando aquel fulgor de belleza, herencia de las mujeres de su casa?

En sus días lo buscaba y la angustia la invadía en espasmos dolorosos que dejaban en su rostro y en su cuerpo las huellas del tiempo invisible y silencioso que la hollaban implacablemente.

Y su búsqueda inconsciente seguía el ritmo del viejo reloj que palpitaba y palpitaba el transcurrir del tiempo.

Los muros de su alcoba, testigos mudos de su angustia, la cobijaban aprisionando sus recuerdos, sus anhelos, sus ansias de vivir, su eterna espera por un mañana que no llegaba y su lucha con el tiempo que transcurría sobre su vida.

Y en las noches, largas y silenciosas, creía ver entrar por la ventana al tiempo como un éter invisible que llegaba hacia ella como en una furtiva cita de amor y la envolvía mientras el reloj seguía sonando rítmicamente en sus oídos hasta llegar a confundirse con los latidos de su propio corazón. Entonces, trataba de esconderse, de huir, pero las pesadas cortinas la ignoraban, el sillón frente al ventanal permanecía sordo, su espejo parecía reírse devolviéndole su angustia. Entonces fue cuando comprendió: el tiempo no pasa por las cosas, el tiempo ama la carne palpitante, la belleza, y se nutre de ella para seguir existiendo. Y, fue así cuando reparó en el viejo reloj, el culpable del tránsito del tiempo, el corazón del tiempo, el que lo hace vivir…

Sus manos crispadas se acercaron a él penetrando sus entrañas.

Una risa extraña y sórdida salía de los muros del caserón abandonado y rodaba por la colina hasta perderse allá en el mar.

Fuera… ¡Doscientos años habían transcurrido!

Dentro, en su eterno presente, permanecía ella sentada frente al ventanal, estática, con el viejo reloj destrozado a sus pies y sus cuencas vacías escudriñando el más allá.

Carolina Castro Padilla
No. 76, Marzo-Abril 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 307

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