El noveno esclavo

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Ibrahim, príncipe de Shirvan, besó la ínfima grada del trono de su conquistador. Sus ofrendas de sedas, de alhajas y de caballos, constaban –según es uso de los tártaros- de nueve piezas cada una, pero un espectador observó que sólo había ocho esclavos. “El noveno soy yo”, declaró Ibrahim, y su lisonja mereció la sonrisa del Tamerlán

DECLINE AND FALL OF THE ROMAIN EMPIRE, de Gibbon
No. 3, Julio -1964
Tomo I – Año I
Pág. 61

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