Equivocado

133 top

Fumaba, ensimismado, sobre la cama de junto a la ventana cuando el calor de la brasa le llegó a los dedos. Entonces, colocó la colilla sobre las colchas: y se lanzó hacia el vacío.

Gerardo Cornejo
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 15

Anuncios

Tercer aviso

133 top

El despertador suena fastidiante en tus sienes, tu mente cual máquina tragamonedas se enciende comenzando a marcar una a una las actividades en tu vida: deberás levantarte y meter los pies en las pantuflas mientras las sábanas se deslizan cama abajo, el despertador lanza el segundo aviso dándote cuenta de que llevas cinco minutos de retraso sobre esa rutina.

Cierras los ojos, no estás llorando, pero no puedes negar que su imagen sigue en tu mente, esa carita llena de rabia, hasta le salía espuma por la boca —piensas mientras repites su nombre —Mayra… ¡Pinche vieja! —gritas —¡Nadie por muy buena que esté le puede decir a Joaquín Morales que no sabe coger!—. Y con la misma actitud de yo-todo-lo-sé-y-no-te-atrevas-a-negarlo, envuelves a Mayra-fría-boca-azul en la sábana todavía olorosa a sexo, mientras de un golpe callas al despertador que ya está dando su tercer aviso.

Martha Regina López Morales
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 13

En la necrópolis

Durante su acostumbrada ronda nocturna, el vigilante del cementerio de Montparnasse creyó advertir una silueta avanzando a hurtadillas entre las lápidas y los monumentos funerarios. De inmediato llamó a la policía, y tras una breve persecución, los agentes aprehendieron a un hombrecillo de apariencia inofensiva. El detenido negó ser un profanador de tumbas. Era —declaró— un cazador de autógrafos. Y, en efecto, entre sus pertenencias fue encontrado un cuaderno nuevo en cuyas primeras páginas figuraban las firmas de Charles Baudelaire, Guy de Maupassant, Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir.

Luis Bernardo Pérez
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 7

Ríos Alcocer

Ríos Alcocer

Ríos Alcocer

Escribe como efecto inevitable de su realidad. Quizás por ello narra relatos cortos, fragmentos de episodios vividos, de conversaciones escuchadas o de viajes realizados. Porque su vida, pero también la de la mayoría de los mortales, está hecha de estos retales cotidianos.

Las cuatro obras de Irma Guadalupe Morales y Ríos –seudónimo de Ríos Alcocer– publicadas con Palibrio hasta la fecha son por lo tanto un pequeño mosaico del mundo que la rodea y de las experiencias que este les ha brindado a sus seres más cercanos. “Escribo por necesidad de expresar lo que vivo o por testimoniar lo que veo y escucho”, nos comparte.

La fuente y Cuentos a la luz de mi lámpara son dos de los cuatro libros que esta autora ha escrito con nuestra editorial después de que sus amistades y su hermana insistieran en que diera a descubrir su talento literario a los lectores.

Anteriormente fue un libro de poemas, Nocturnos a T.S. Eliot, publicado en 2010 por el Instituto Politécnico Nacional pero en sus nuevas publicaciones, la autora se olvida de los versos y se centra en los cuentos para adultos. El objetivo: “Dar a conocer leyendas de tradición oral de diversas culturas”.

Si Gabriel García Márquez diseccionó la historia de siete generaciones de la familia Buendía en un Macondo no tan ficticio, nuestra autora hace lo propio con el primero de sus libros publicados en español.

Este es, en sus palabras, “un relato de familia” entorno a una misteriosa fuente, el eje argumental que teje la unión entre las historias de los miembros de las familias protagonistas, los Tavira, los Hermida y los Nuñez Arce.

De los matrimonios mal y bien avenidos, las idas y venidas de los personajes, el papel omnipresente de la servidumbre, los hijos reconocidos y los que no y los recelos entre clanes nace este retrato preeminentemente costumbrista que la escritora califica de “novela de realismo mágico”, estilo literario del que se confiesa admiradora.

Tal y como lo hizo Gabo, Ríos Alcocer ha creado cientos de universos paralelos para transmitir valores como “la fuerza del amor y el perdón”. Lo ha hecho a partir de la simple historia de una fuente que había sido traída desde España, emulando el modo en que familias enteras fueron trasladadas y reconstruidas en Nueva España.

Gracias a su confesada facilidad por las formas breves, la escritora suma, en la misma obra autopublicada, cerca de 50 cuentos cortos nacidos, tal y como reconoce, “de conversaciones con personas interesantes”. Y no satisfecha con estos cuentos, Ríos Alcocer dedica nuevamente por entero su segunda obra, Cuentos a la luz de mi lámpara, a las narraciones cortas.

Esta vez son más de 70 los relatos –protagonizados por personajes que podríamos ser todos nosotros- con los que la autora ha intentado describir sentimientos y situaciones a través de una única actitud válida: “la superación de un sufrimiento, la fuerza de seguir viviendo e intentar ser feliz”[1].

Estas formas breves son también las protagonistas de sus dos más recientes publicaciones, El convento, un compendio de relatos de antaño que aportan magia a nuestros días y El curandero y otros cuentos, historias reales pero también inexplicables.

Esta disposición de “salir adelante” y de gusto por la vida que la escritora intenta contagiar a sus lectores impregna todas las historias. Una resolución optimista que ella traslada también a su experiencia de publicación con Palibrio, la cual recomienda a aquellos autores que aún no se han atrevido a dar el paso: “Que intenten publicar porque, para mí, ver mi libro publicado ha sido una experiencia muy grata”.

 

[1] http://blog.palibrio.com/de-autor-a-autor/irma-guadalupe-morales-rios

El bandido

Cuando subí al autobús, el hombre ya estaba ahí sentado, aparentemente aguardándome. Afuera ya había obscurecido y un estremecimiento me recorrió la espalda. Me senté lo más lejos posible de aquel individuo, quien vestía una chamarra azul muy desvaído. Él me dirigió una sonrisa torcida, mientras llevaba la diestra al pecho, bajo la chamarra.

—Va a asaltarme, me dije, y con disimulo, introduje mi dinero en el zapato derecho, me quité el anillo y lo oculté en mi boca.

De cuando en cuando, el hombre me miraba y yo temblaba. Al fin se levantó y se acercó a mí. Yo traté de aparentar indiferencia.

Lo vi aproximarse, luego se inclinó hasta enseñarme lo que guardaba en el interior de su maloliente chamarra. Ahí había un pequeño gato blanco, tan sucio y erizado como su dueño.

—Acabo de encontrarlo en la calle, me dijo: —¿Verdad que está bonito?

Yo murmuré un “sí”, apagado por la presencia de mi anillo dentro de la boca.

 

Ríos Alcocer
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 3