El bandido

Cuando subí al autobús, el hombre ya estaba ahí sentado, aparentemente aguardándome. Afuera ya había obscurecido y un estremecimiento me recorrió la espalda. Me senté lo más lejos posible de aquel individuo, quien vestía una chamarra azul muy desvaído. Él me dirigió una sonrisa torcida, mientras llevaba la diestra al pecho, bajo la chamarra.

—Va a asaltarme, me dije, y con disimulo, introduje mi dinero en el zapato derecho, me quité el anillo y lo oculté en mi boca.

De cuando en cuando, el hombre me miraba y yo temblaba. Al fin se levantó y se acercó a mí. Yo traté de aparentar indiferencia.

Lo vi aproximarse, luego se inclinó hasta enseñarme lo que guardaba en el interior de su maloliente chamarra. Ahí había un pequeño gato blanco, tan sucio y erizado como su dueño.

—Acabo de encontrarlo en la calle, me dijo: —¿Verdad que está bonito?

Yo murmuré un “sí”, apagado por la presencia de mi anillo dentro de la boca.

 

Ríos Alcocer
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 3

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