Ausencia

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Lo peor de la epilepsia no eran los ataques, ni el vago recuerdo de su cuerpo moviéndose de manera convulsiva en contra de su voluntad, ni siquiera los golpes que sentía al recuperar la conciencia.

Lo peor eran las ausencias.

Intentaba asimilar la pérdida de la noción del tiempo, pero al final se reconocía desconectado de la realidad.

Como ahora, al volver en sí, encontraba sólo en su memoria su llegada a la fiesta, la primera convulsión y el reflejo intermitente de aquel arete que lo encandilaba a cada compás del vals.

El mismo arete que sus entumecidos dedos soltaran hacía apenas unos instantes y que ahora yacía sin brillo a sus pies, aún en la oreja de la que había sido su dueña…

Alejandra Ulloa
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 21

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