Periplo

Impulsada por singulares vientos, sor Dolores huyó del cenobio con su confesor. El tren alejó del sosiego a los amantes; en barco se libraron del obispo irascible.

Climas desconocidos agotaron pronto la pasión e impusieron el ayuno, la despedida.

En jubilosos lupanares, sabiamente instruida por traficantes y mercaderes, la monja dominó la alquimia de las más secretas perversiones. A través del opio y el ajenjo le sobrevino la nostalgia. Desanduvo mares, caminos, hasta las rejas del convento, y de rodillas ante la priora rogó su perdón.

“Hermana, nunca nos dejaste”, se azoró la anciana frente a su congoja.

Cuando sor Dolores pisó la celda, el ángel que ocupara su lugar cantaba en la ventana.

Carlos Bégue
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 19

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