Celos

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Hubo un tiempo en que los animales les hablaban. Las palomas mensajeras iban y venían llevando poemas de amor entre los hombres.

Un día un hombre celoso mató a una paloma, y la Magia, entristecida, enmudeció al resto de ellas para protegerlas.

Su despreocupada nieta, la Tecnología, ni se inmutó y con un dibujo y dos circuitos, engendró el fax.

Alejandra Ulloa
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 59

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Y después del amor…

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Allí estaba ella, esperándolo.

Encontró la puerta abierta y entró sin temores. La tarde era deliciosa y se antojaba una botella de buen vino blanco francés, con sabor seco y excitante.

La música de una banda, caracterizada por el agradable sonido de los metales, llenaba suavemente el romántico ambiente de aquel encuentro.

Ella se encontraba colocada en el lugar que a él más le gustaba; la iluminación tenue de un sol que estaba a punto de ocultarse hacía resaltar más aquellas facciones con rasgos orientales que él deseaba acariciar.

La abrazó fuertemente para que sintiera la intensidad de su deseo; después, con gran delicadeza, le acarició lentamente los cabellos castaño claro, que era su color de pelo favorito, y quizás por eso la había escogido.

El cuello era largo, delgado, apetitoso, y no perdió la oportunidad de besarlo, dándole pequeños mordiscos que le provocaban estremecimientos casi orgásmicos.

Sus manos comenzaron a moverse lentamente por aquel cuerpo que rechinaba al paso de sus sensuales roces.

Los senos estaban erectos y llamativos, de tamaño casi perfecto, a no ser por lo pequeño de los pezones.

El vientre liso, sin grase ni arrugas. En ese momento recordó a su regordeta mujer, y la gran diferencia evitó que siguiera pensando.

La respiración se le fue haciendo cada vez más agitada y las caricias le brotaban espontáneas.

Se la restregó por todo el cuerpo, utilizó uñas, dedos, dientes, lengua, y todo lo que pudiera ser utilizable en ese momento de pasión  y entrega.

Temblada de ardores, y ella lo esperaba con las piernas entreabiertas.

Estaba a su disposición. La espera había llegado a su fin y el ansia lo invadía; la embistió sin compasión y un fuerte tronido le dejó chillando los oídos.

En el piso de la habitación, y como recuerdo de aquel encuentro, quedó pegada una pequeña etiqueta anaranjada que decía: “SPECIAL OFFERT: TWENTY DOLLARS. MADE IN TAIWAN”.

Cayetano Lucero
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 54

Ahogado

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Al saber que un equipo de voluntarios sondea el lago East Hampton utilizando barcas, pértigas y redes, con el propósito de recuperar el cuerpo de un ahogado, Robert Harassman, de veintitrés años, no duda en unirse a los pescadores para ayudarles con la mejor voluntad.
Al cabo de dos horas, en el curso de un buen descanso, el joven se informa de que el ahogado que tratan de rescatar es él mismo.

Pol Quentin
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 47

Eureka

Los gobernantes del mundo, sentados a una mesa kilométrica, corríanse de boca en boca el último tema que debatirían. En eso, sin saber cómo, un mendigo errante se halló dentro del salón y, temeroso, preguntó al más cercano dónde estaba la salida. La ronda llegaba al interpelado y pasó la pregunta. “Debe haber una salida” —corrió la voz de boca en boca y alcanzó al mendigo cuando llegaba al otro extremo de la inmensa habitación. “Sí, aquí está, muchas gracias” —dijo, escabulléndose por el portón entreabierto. Entonces todos le siguieron.

Francisco Linares Suárez
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 41

Los abuelos

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“Amarrarse con un cordel el dedo gordo del pie a la cama. Un papelito con nombre y dirección en el bolsillo de la pijama. Los mayores deberán llevar las gafas y el pasaporte”. A la mañana siguiente había que ponerse en fila frente al baño y dejarse contar. Mi abuelo creía que los niños podíamos volar mientras dormíamos y amanecer del otro lado del mar. “Cosas de viejos”, decía mi abuela, “¿Cuándo has visto que falte alguno de ustedes?”. Y era verdad, siempre estábamos completos, pero ella se levantaba tarde en la noche y nos cerraba la ventana de la habitación por fuera.

Dalia Subacius Folch
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 37