Amor ciego

Por lanzar Eros un bumerang se convirtió en Narciso.

Lorna Martínez S.
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 8

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Más luz

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Estaba un día el Maestro We-chin-won concentrado en distraerse cuando se le acercó un alumno con una libreta y le preguntó por el significado de “catóptrica”.

—Lo relativo a la reflexión de la luz —dijo el Maestro.

—¿Y cuál es la reflexión de la luz? —volvió a inquirir el discípulo.

—Sombra decirlo —concluyó el Maestro.

Eduardo Casar
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 87

El príncipe azul

La dama del décimo piso ya no piensa más en el matrimonio. Sabe que a su edad lo mejor es resignarse a permanecer soltera para siempre. No obstante, todavía sueña con su príncipe azul y, en ocasiones, mientras toma su té en medio de gatos somnolientos y carpetitas bordadas, se pregunta cuál sería el aspecto de éste y por qué nunca apareció.

Lo triste del caso es que el príncipe sí acudió a la cita. Hace veinte años, se apeó del caballo frente al edificio donde ella ha vivido desde que era una niña y, al encontrar descompuesto al ascensor, intentó subir por las escaleras. Desgraciadamente la pesada armadura y la fatiga producida por el largo viaje le impidieron llegar: en el séptimo piso se desmayó a causa del agotamiento. Allí lo encontró una mujer quien le ayudó a quitarse el yelmo, lo cuidó, lo alimentó y se casó con él.

La dama del décimo piso baja casi todas las tardes al séptimo para ver la televisión con su vecina. En ocasiones, observa de soslayo al marido de ésta (un señor calvo y mofletudo que sólo habla de fútbol) y se sorprende al sentir un ligero hormigueo recorriéndole la espalda.

Luis Bernardo Pérez
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 82

Describo

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Son seis campanadas. O siete. Los barrotes de la cabecera son doce.

La enfermera de la mañana llega con una bandeja de latón, trae agua y cápsulas. Las cápsulas son tres. Los días pasan idénticos: una ventana de sol partida en cuatro rectángulos viaja por la pared, iluminando los retratos de la habitación. Luego viene una mujer, lee textos piadosos, habla de pruebas que Dios le pone a sus hijos, y de la fe, y del reino. Lo mejor es cuando reza porque cierra los ojos, así no tengo que fingir que le pongo atención, y puedo contar las grietas del techo. Son nueve.

Cada dos días viene el doctor a cambiarme los vendajes, siete en total. El doctor de la sonrisa amable dice que todo marcha muy bien, que mis huesos rotos (son trece) soldarán y la cirugía plástica hará maravillas, que soy una chica fuerte, porque no cualquiera sobrevive a una caída de tantos pisos. Fueron cuatro.

Dalia Subacius Folch
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 81

Soberbia

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Eran hermanos. Uno era pintor y el otro médico. El pintor estaba convencido de que era un genio. Era arrogante, irascible y vano, y despreciaba a su hermano por filisteo y sentimental. Pero no ganaba prácticamente nada y se hubiera muerto de hambre si no hubiese sido por el dinero que su hermano le daba. Lo más extraño era que, bajo aquel aspecto tosco y de modales de hombre malhumorado, pintaba cuadros muy bonitos. De vez en cuando conseguía hacer una exposición y siempre vendía un par de telas. Pero nunca una más. Al fin el médico acabó convenciéndose de que su hermano no tenía nada de genial, sino que era un pintor de segundo orden. Después de todos los sacrificios que había hecho, era éste un golpe duro. Se guardó su descubrimiento para él. Después murió, dejándole a su hermano cuanto poseía. El pintor encontró en casa de su hermano todos los cuadros que había vendido a desconocidos clientes durante veinticinco años. Al principio no pudo entenderlo. Después de reflexionar encontró una explicación: su astuto hermano había querido hacer una buena inversión de dinero.

W. Somerset Maugham
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 74