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Son seis campanadas. O siete. Los barrotes de la cabecera son doce.

La enfermera de la mañana llega con una bandeja de latón, trae agua y cápsulas. Las cápsulas son tres. Los días pasan idénticos: una ventana de sol partida en cuatro rectángulos viaja por la pared, iluminando los retratos de la habitación. Luego viene una mujer, lee textos piadosos, habla de pruebas que Dios le pone a sus hijos, y de la fe, y del reino. Lo mejor es cuando reza porque cierra los ojos, así no tengo que fingir que le pongo atención, y puedo contar las grietas del techo. Son nueve.

Cada dos días viene el doctor a cambiarme los vendajes, siete en total. El doctor de la sonrisa amable dice que todo marcha muy bien, que mis huesos rotos (son trece) soldarán y la cirugía plástica hará maravillas, que soy una chica fuerte, porque no cualquiera sobrevive a una caída de tantos pisos. Fueron cuatro.

Dalia Subacius Folch
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 81

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