Frente a frente

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Como puta vieja añoras tu juventud y repites anécdotas, pero sabes que nadie cree en ti, ni tú misma. Sigues siendo codiciosa y despiadada: aún representas peligro: todavía son buenos tu puntería y tu caballo y puedes pagarte todo, incluso gigolós. En la cima de tu historia fuiste generosa tras ser bien pagada, y bastante hábil para salvas las apariencias, tanto, que mi padre creía en ti, que eras el camino seguro. Cuando renegaste de tu principio se supo engañado y sin salida, y se volvió silencioso. Cuando yo te escupí la cara, tuvo miedo. Permitió el exabrupto, jamás la acción. Me volví clandestina; algo se había agrietado para siempre. Ya no te llamabas esperanza, ni futuro. Él alcanzó a oler tu descomposición. Estuvo en tu subasta: a cuánto el camión de arena movediza, y hubo otra quebradura. Ahora ya no hacen falta permisos. Sus hijos te miramos de frente. Conocemos tus más recientes zarpazos, penosos esfuerzos para ponerte de pie, avanzar de nuevo. Y sus hijos, los que nunca fueron tuyos, te preguntamos cómo va tu oficio, buscona, y no te perdonamos.

Elena Milán
Número 136 – 137, julio-diciembre 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 19

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Dicha efímera

136-137 top   Golpea con fuerza el gastado azulejo imitando el sonido de miles de aplausos que envidiaría el más experimentado artista en su noche de estreno; canto libre y acompañado que emana de la flor de acero inoxidable plantada en la pared, toca mi cabeza convertida en húmeda materia, y peina mis oscurecidos y brillantes cabellos que caen pesados sobre la espalda. Me besa la frente, los ojos, los labios y acaricia cada centímetro de piel como el mejor de los amantes y yo me dejo arrullar en su cálido ambiente como un niño en los brazos de su madre. Momento sublime en que puedo cerrar los ojos y flotar en una nube de vapor, como un querubín de cuadro de iglesia, hasta que soy bruscamente arrancada de este excitante sueño por un ronco y entrecortado quejido. Miro hacia la pared donde mi pobre flor de acero inoxidable, ha perdido su brillante corola, busco desesperada las últimas gotas de cristal derretido que se escurren entre los dedos de mis pies y huyen a toda velocidad entre las rejillas de la coladera, al tiempo que mis ojos traducen mi rabia y desasosiego en otras cuentas transparentes y saladas. Un golpeteo en la puerta es la introducción de una voz aguda que me anuncia: la bomba del agua se ha descompuesto, nuevamente. Maldigo al plomero y me pregunto por qué la felicidad en todas sus formas es siempre tan efímera.

Raquel Granados Monroy
Número 136 – 137, julio-diciembre 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 16

La piedad del silencio

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Luego de cuatro semanas, exactamente cuatro semanas negándome tu voz, hoy me has hablado.

Que cómo estoy, preguntas. “Bien” (¿reprocharte que sólo existo cuando nadie atempera tus hambres de afecto?, ¿que siempre me comparaste con nada, mientras te regalaba una flor por cada amante que te supe?, ¿que sin conocerlas rechazaste mis ternuras?). ¿Qué he hecho? “Ya sabes, trabajando”, respondo por inercia (¿presumiré mi recién felicidad?, ¿contarte que he renunciado a la perseverancia de quererte?, ¿que ya no me privo de compartir los goces de la carne porque —entre juegos y placer, arrebatos y sonrisas— alguien me da un fragmento de aquello que jamás me diste?). Entonces, callo. Callo al respirar tu soledad, tu podrida soledad, y no te digo el regocijo supremo de olvidarte.

Svetlana Larrocha
Número 136 – 137, julio-diciembre 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 15

Maryell Finisterre

Maryell Finisterre

Maryell Finisterre

 

De origen español, crecí en México. Mis padres, que son periodistas de viajes muy reconocidos, me llevaron con ellos desde mi niñez en sus tareas dentro de México, así como España y otros países de Europa.

Tomé cursos de fotografía de arte en la Ciudad de México y luego me uní a mis padres como fotoperiodista. Trabajo en comisiones de viaje para las principales revistas y publicaciones periódicas. He cubierto todo, desde las ceremonias de Mayo extravagantes en Sinaloa a la cocina maya regional de Yucatán. También he trabajado como freelance para varias empresas mexicanas y he sido patrocinada por la Oficina Española de Turismo en muchas tareas. En 2012 expuse mi trabajo en el Consulado de México en Sacramento, EE.UU., en la exposición Auto de Nueva York en Times Square, así como en el Glastonbury Fringe, Reino Unido.

Durante los últimos 5 años he estado viviendo en la bella ciudad de Bath, trabajando en proyectos fotográficos en Europa y México. Yo estoy involucrado activamente en la industria de la música, que me ha dado la oportunidad de cubrir muchas asignaciones fotográficas para bandas, artistas y compañías discográficas[1].

[1] http://maryellfinisterre.com/about/about-me/

Ocaso

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Los haces de luz se filtraban entre los vitrales de la vieja cúpula. La capilla se inundaba de la apacible música producida por el aleteo de las palomas.

Unos pies desnudos, blancos como nubes primaverales, descendieron por la escalinata del altar; continuaron su trayecto hasta la entrada del recinto; la doncella abrió lentamente el portón dejando que el frío aire del amanecer alborozara su cabello.

Entonces apareció él, trotando por el bosque, salvaje y libre, casi frenético. Una sola mirada de ella bastó para que él corriera a su encuentro y cayera rendido y manso sobre su regazo.

Estuvieron toda la mañana y parte de la tarde juntos. Él le transmitía su conocimiento milenario y la virgen le cantaba canciones antiguas y secretas sólo conocidas por ella.

Al llegar el ocaso se despidieron con tristeza; él prometió volver al día siguiente; ella sabía, al mirar sus ojos, que no era verdad, ya que amenazaban los albores de una época oscura y maligna y los unicornios siempre han huido de la violencia.

Maryell Finisterre
Número 136 – 137, julio-diciembre 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 14

Una decisión apretada

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Cuando apareció la gallina Sara comencé a reír a carcajadas…

Se suponía que allí no estaría nadie más que yo.

De repente me di cuenta de que mi apreciación había sido falsa; en esa inmensidad un mundo fantástico me acompañaba.

La gallina cacareaba muy pomposa y el más hermoso perro que podía imaginar estaba echado junto a mí.

La rueda de la fortuna giraba y giraba y despedía tanta luz que lo iluminaba todo, y del cuerno de la abundancia salía el amor echando chispas.

¡Ah, qué escenario tan fastuoso! Como para quedarse a contemplarlo durante miles de lunas, Aún ahora, cuando lo recuerdo, vibra cada centímetro de mí. Y, francamente, creo que me hubiera quedado por esos rumbos si no fuera porque, un buen día, mi madre se decidió a parir.

Marcela Ochoa
Número 136 – 137, julio-diciembre 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 13