Ocaso

136-137 top

Los haces de luz se filtraban entre los vitrales de la vieja cúpula. La capilla se inundaba de la apacible música producida por el aleteo de las palomas.

Unos pies desnudos, blancos como nubes primaverales, descendieron por la escalinata del altar; continuaron su trayecto hasta la entrada del recinto; la doncella abrió lentamente el portón dejando que el frío aire del amanecer alborozara su cabello.

Entonces apareció él, trotando por el bosque, salvaje y libre, casi frenético. Una sola mirada de ella bastó para que él corriera a su encuentro y cayera rendido y manso sobre su regazo.

Estuvieron toda la mañana y parte de la tarde juntos. Él le transmitía su conocimiento milenario y la virgen le cantaba canciones antiguas y secretas sólo conocidas por ella.

Al llegar el ocaso se despidieron con tristeza; él prometió volver al día siguiente; ella sabía, al mirar sus ojos, que no era verdad, ya que amenazaban los albores de una época oscura y maligna y los unicornios siempre han huido de la violencia.

Maryell Finisterre
Número 136 – 137, julio-diciembre 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 14

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