Moderna pitonisa

Carmen, la cubana, abrió lentamente la mano de aquel hijodeputa español. Ella vio ahí todos los signos: la pirámide, el ojo en el triángulo, la cara de aquel viejo canoso y el color verde, parecido al de las selvas africanas, que dicen son propiedad de los dioses. Ni lo pienses chico —dijo ella en su hablar habanero—, con esa pila de dólares tú puedes hacer conmigo lo que quieras.

Javier Pacheco Salazar
Número 136 – 137, julio-diciembre 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 47

Anuncios

Matigramas

136-137 top

El primer hombre, ¿fue simio o fue congénito?

Si el problema es de trigonometría, que lo resuelva un tricéfalo.

A simple vista, parecía un hombre mediocre. Conociéndole bien, era un cretino.

Si Einstein se hubiera conformado con su destino, estaría relativamente muerto.

Hablaba con tanta seriedad, que en lugar de ocurrencias, decía recurrencias.

Me parece que el mundo no tuvo madre. No será un pensamiento muy original, pero es auténtico.

Cuando te diga que ¡Sí!, no pienses más allá de la metáfora.

Era poseedor de un cerebro donde la inteligencia no tenía nada que hacer.

Era tan ingenio, que confundía sarcasmo con orgasmo.

Encontré mi verdad. No es absoluta, pero funciona.

Casi en su totalidad, los hombres son una copia… al cabrón.

Era tal su adicción por las mujeres, que procuraba estar siempre al alcance de la cama.

Por medio de un simple silogismo, se desintegra un átomo.

…Y así llegó a formar parte de los hombres sin lustre.

Parecía tan recto como su columna vertebral, salvo el final.

Matilde Pons
Número 136 – 137, julio-diciembre 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 45

Efímera nostalgia

El día que él se casaba, ella optó por la indiferencia.

Abrió el refrigerador  y con la imaginación visitó la cabaña a la que solían escaparse juntos los fines de semana.

Sacó los ingredientes para prepararse una ensalada.

Bajó la escopeta de la repisa de la chimenea, la apoyó en el suelo frente a ella y utilizó el cañón como florero para su ramo de coliflor.

Mordió una coliflor y, al sentirla en su paladar, apretó el gatillo y se voló el recuerdo.

Alejandra Ulloa
Número 136 – 137, julio-diciembre 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 44

Rodrigo Pérez Rembao

Rodrigo Pérez Rembao

 

Rodrigo Pérez Rembao

(Chihuahua, Chihuahua, 1973)

Ha colaborado con cuentos y reportajes en diversas publicaciones del país desde 1995. Es autor de la novela Alguien se está muriendo (UACH, 2000) y coautor del libro de cuentos Reflexiones sin remedio (CONACULTA-ICHICULT, 2001). Fue becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en 1997 y 2000.  Durante un tiempo se dedicó a escribir telenovelas, razón por la cual cayó en una crisis existencial de la cual no ha terminado de recuperarse (aunque él asegure lo contrario). En repetidas ocasiones, las mujeres feas han sido tema de sus ficciones; las mujeres bellas también[1].

[1] Semblanza cortesís del propio Rodrigo Pérez Rembao vía e-mail

Irremediable

La misma brisa que le hizo sentir frío minutos antes, arrastraba una hoja de papel que, al contacto con el pavimento, hacía ruido (perceptible a esas horas de tranquilidad). Apartó su vista del libro y se entretuvo contemplando con qué lentitud se acercaba el papel a la banca donde había decidido sentarse. Para ello, hubo necesidad de que en el recorrido hiciera un viraje caprichoso, lo cual convertía el detalle en una casualidad sorprendente. Como lo esperaba, el papel llegó directo a sus pies. Se detuvo un instante, y él le clavó la mirada en búsqueda de cualquier cosa que pudiera entenderse como un mensaje, como una señal al menos. Una nueva ráfaga sacudió al objeto. Lo hizo girar de tal forma que dejó ver ambas caras en blanco; vacías.

Sintió una especie de desencanto que, aun reanudando su lectura, no desapareció del todo.

Rodrigo Pérez Rembao
Número 136 – 137, julio-diciembre 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 43

Gatos

136-137 top

 

Retozan en bares y la noche les diseña el sino. En la sombra, una avalancha de ojos prendidos acechan a la presa. No hay dolor que apague la luz salvaje que los guía y es frente a una boca donde encuentran los presagios de un tormento.

Los gatos de ciudad guardan las uñas entre humo de cigarros y dan caricias ocultas en alcoholes. Su presencia en la barra es igual que la de otros; la diferencia está escondida entre su carne.

Es entonces cuando se sienten deseos de rescatar su estirpe, envolverse en humedades y aguardar la hora de ser víctima por convicción felina.

Auténtico refugio la soledad de un gato; tomarlo en brazos es una manera de morir y de matarlo. Entre sus piernas no caben las razones; posee la habilidad de siempre caer sin lastimarse y dejar su olor entre las sábanas por si el olvido.

Lo que el gato no sospecha es que al final de su cacería, huna hembra de movimientos sensuales abrirá el abismo que le perderá para siempre en la rutina. Será golpeado por placer, por naturaleza. Sin embargo, desollado caminará por las calles, buscará otro bar donde incendiar su derrota y su rito gatuno tendrá la melodía perfecta para atrapar la ausencia. Su lengua, ávida, se deslizará por encima de una copa, cuidando de no delatar la desolación casi traslúcida de su piel y sus heridas.

Va de nuevo, acompañado, sabiendo que al amanecer su transformación será un acto inevitable. Quizá definitivo.

Y, un día, por vez primera, abandonará el disfraz sobre el tejado, la hembra adormecida, el fuego de sus ojos para callar el instinto que le envejece cuando la noche es el pretexto en su vacío.

Mirando a un gato la nostalgia crece.

Reyna Echeverría
Número 136 – 137, julio-diciembre 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 40