Complicidad

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Te miré la locura en los ojos, instalada sin prisa, como si esperaras que un arrebato me la pusiera encima.

En otras ocasiones lo hice y lograbas que corriera alrededor de la mesa de la cocina sin poder detenerme, hasta caer exhausta, con el sudor mojándome la blusa, y entonces contemplaba cómo la serenidad te volvía al rostro, con esa media sonrisa de “ya estoy bien”.

Era un tipo de complicidad que aceptaba por alguna razón escondida. Después de un lapso de aparente calma iniciabas la tarea de meterme la culpa; la culpa que sí tuve al aceptar la fascinación del sufrimiento, al sentir con qué delicadeza me herías, con ese juego de palabras en el que dosificabas en forma soberbia las acusaciones de pecados no cometidos, para repetir el ciclo.

Pero hoy ya no más. Hoy contemplo tu mirada perdida, el hilo de baba en el mentón y las manos atadas a la silla, porque aproveché un momento de tu sueño. Ya no correré. Simplemente me sentaré a esperar tu final.

Maruxa Salas
Número 136 – 137, julio-diciembre 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 77

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Todo tiene un límite

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—En esta primera audiencia del Juicio Penal entablado en contra del Sr. Alfredo Sánchez por el delito de doble homicidio, tiene la palabra el acusado.

Alfredo se levantó rápidamente y con voz clara y firme declaró:

—Señor Juez, sólo puedo repetir lo que dije ante el Ministerio Público: Que sí es cierto que maté a mi esposa, cuando al llegar a mi casa la encontré en brazos de su amante; pero… no sé si usted sea casado y comprenda… casi creí morir de indignación por la escena que contemplaba. Mi esposa sin inmutarse siquiera, me miró burlonamente y exclamó:

—Bueno, sí, ahora ya lo sabes, por esta vez te gané la partida. Entonces ya no pude esperar más, saqué la pistola y disparé. Luego Guillermo, muy tranquilo, como si no hubiera pasado nada, se apartó de mi esposa y se dirigió a mí con su irresistible sonrisa, esa con la que me había conquistado dos años atrás.

María Guadalupe Rangel
Número 136 – 137, julio-diciembre 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 71

Tomás Lizárraga

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Como si fueras un trozo de arcilla sobre un caballete, mis manos alisan la textura de tu piel, y mis piernas saturadas de ti, se mecen, despreocupadas de los verdugones que han quedado como testimonio sobre tu cuerpo.

A modo de desquite, con todas las ganas me besas, bañándome los senos de una saliva espesa como tu coraje.

Los pasos habían anunciado tu presencia y al entrar vi tu cara perfectamente triste; aventando la chamarra en no sé qué lugar acomodaste de golpe tus nalgas en la dureza del catre, y luego tus manos cubrieron la cascada de llanto.

Abrazados lloramos por tu fuga (aparecieron el amor y el hijo sin nacer), qué importancia tiene ya la leyenda de tu nombre Tomy Liz como te llama en la canción Toncho Pilatos, si en lugar de la cita sentiste una oquedad que se acurrucó en tu vientre, el asco que trepaba hasta la lengua, Emilio murió me dices, lo descuartizaron, de lejos dolía más, los sollozos que tímidamente me pedían ayuda se ahogaron entre mis mordiscos, entre la patraña cariñosa de mis uñas, entre la humedad salada que no podías contener ni con mi cuerpo.

La flacidez se refugió en tu carne y a ratitos los espacios de silencio describían en tu rostro el color de la sangre que lamía la banqueta a la coladera y luego la huida, para venir y refugiarte en este cuartito de adobes con olor a petróleo quemado.
El sueño se te enreda en la cabeza, te digo gaviota, dulzura, perro, lince, amor y te acaricio como si fueses un trozo de arcilla en forma de gatito sobre un caballete, remodelando la textura de tus pelos.

Martha Aurora Espinoza
Número 136 – 137, julio-diciembre 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 68

Con la intención de llevárselo

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Sabía que vendría por él en la noche; por eso verla entrar no le sorprendió.

Se paró al pie de la cama con la intención de llevárselo, pero al ver la mezcla de supuración y sangre que brotaba de las heridas y teñía de púrpura las sábanas, un intenso malestar se apoderó de ella, soltó la guadaña y calló muerta.

Bernarda Solís
Número 136 – 137, julio-diciembre 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 67

María Elena Cerecero

María Elena Cerecero

María Elena Cerecero

(Zitácuaro, Michoacán, México, 1938)

 

Poeta y narradora. Estudió en talleres literarios con los escritores: Edmundo Valadés, Orlando Ortiz, Carlos Illescas, Ethel Krauze y Dolores Castro. Obtuvo Diploma de la SEP, UNAM e INBA que la autoriza a impartir Talleres literarios.

En 1993 le otorgan Mensión Honorífica en un Concurso de poesía japonesa convocado por Japan Air Lines. En el año 2000 recibe el primer lugar en el Concurso de Poesía Mexicana Contermporánea organizado por el Grupo Abrace de Uruguay y Brazil con publicación de obra.

Es cofundadora de las revistas Cántaro y Palabras de arena, compiladora de los libros Bahía de Juglares y Poemas de Javier Haddad.

Sus textos son publicados frecuentemente por periódicos como “El financiero” y “La jornada”, y revistas de México y otros países de Latinoamérica. Participa con frecuencia en lecturas y Encuentros de poesía con “The World of Poetry” de Vancouver, Canadá.

Es miembro de SOGEM, (Sociedad General de Escritores Mexicanos)

Asiste cada año a encuentros como el de las Mujeres poetas en el país de las nubes además de otros en la República y en países como: Argentina, Uruguay, Costa Rica, Cuba, Canadá y Brasil.

Sus textos han sido elegidos para participar en obras como: Cantos de la colmena, UNAM/INBA, Bahía de juglares, Las divinas mutantes, cuatrocientos años de poesía mexicana, Las flores de la dicha, Ed. Planeta. Antologías de Mujeres Poetas en el País de las Nubes, Cómo acercarse a la poesía, libro de E. Krauze que se lleva de texto a nivel secundaria, Muestra de poesía mexicana contemporánea, publicación bilingue por Abrace en Uruguay/Brasil.

Ha publicado los poemarios: Las lluvias rojas, Los caprichos del agua, Poemas de uso diario, Apago luces y el libro de cuentos: Las horas vacías. Poemarios inéditos: Ángel de papel y Poemas rimados.

Ha impartido talleres literarios para el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores Monterrey y la Fundación Telmex[1].

[1] http://www.minitextos.org/2007/08/sobre-mara-elena-cerecero.html

Autorretratos

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Nadie podría decir que soy chaparra y menudita, pero sí de andar seguro y erguido. Abundante cabellera oscura y lisa rodea mi cara desbordándose por el lado derecho de la frente hasta casi taparme el ojo. Esto, bastante conveniente, pues al mismo tiempo cubre también las rayas risueñas que tengo alrededor de los ojos. La risa salta fácilmente de mis labios y abarca toda la cara. Si he dejado hasta el final la nariz es porque es tan pequeña que por poco me olvido de ella.

En ocasiones la timidez logra frenar la curiosidad que arrea constantemente mi carácter pero, esto sí puede asegurarse, la vida y yo somos buenos amantes.

María Elena Cerecero
Número 136 – 137, julio-diciembre 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 63