Sacrificio

136-137 top

Quise entender por qué mi madre era la única mujer que lloraba. La miraba y quería que nuestras miradas se cruzaran, pero era inútil, ella sólo veía el piso.

Me despertó al amanecer, me levantó y más que restregarme me acarició y me puso mi tilmatli tiesa de las orillas, blanca como sólo ella sabía dejarla.

Caminamos mucho hasta el templo, todavía no salía el sol pero las antorchas iluminaban todo.

No entendía por qué me llevan a la gran pirámide, ni por qué tenía que beber el agua amarga que me ofrecía un hombre sucio con ojos de nahual y que me daba ganas de dormir. Vi a mi madre que lloraba fuerte, quise correr hacia ella pero el teopixque me agarraba con más fuerzas y entonces sí me puse a llorar porque me dolían los brazos y porque ya no me dejaban levantar  de esa piedra tibia y dura donde me acostaron.

Beatriz García Marañón
Número 136 – 137, julio-diciembre 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 87

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