Anthony Burguess

Anthony Burgess

John Anthony Burgess Wilson

(25 de febrero de 1917 – 22 de noviembre de 1993)

 

Fue un famoso escritor y compositor británico.

Nació en la ciudad de Mánchester, Inglaterra. Su madre murió cuando era aún un niño en 1918.

Burgess trabajó como oficial de educación en Brunéi y Malasia después de la guerra. En 1959 sufrió un colapso en una clase en Malasia. Le fue diagnosticado un tumor cerebral inoperable con pocas probabilidades de vida a largo plazo. Este hecho lo inspiró a escribir con la intención de que su mujer, Lynne, pudiera vivir con holgura con los ingresos provenientes de los derechos de autor. Se retiró de la enseñanza y se convirtió en escritor a tiempo completo conviviendo con la enfermedad durante varios años. Escribió cinco novelas y media en un año. El brutal diagnóstico, que le auguraba cuando más un par de años de vida, no se confirmó finalmente en los hechos, circunstancia que suele ser ofrecida como ejemplo de la influencia benéfica que la actividad artística tendría sobre la salud humana. Esa “media” novela escrita con la convicción de una muerte cercana, se convertiría después en su obra literaria más famosa.

A partir de entonces, escribió y publicó más de cincuenta libros que abarcaban una amplia variedad de temas a lo largo de su carrera. Es autor de enorme cantidad de críticas literarias, ensayos, por ejemplo sobre Shakespeare y Joyce, artículos periodísticos y una veintena de novelas crueles y cáusticas.

Su trabajo más famoso (o reconocido tras la controvertida adaptación para el cine de Stanley Kubrick) fue la novela La naranja mecánica (A Clockwork Orange) escrita en 1962. La novela fue originalmente inspirada por un incidente vivido por el autor durante la Segunda Guerra Mundial, cuando él y su mujer fueron asaltados en 1944, siendo la esposa del propio Burgess víctima de robo y violación por parte de cuatro marines estadounidenses en las calles londinenses. Dado que se encontraba embarazada, la paliza le provocó un aborto. El libro trata sobre la libre voluntad y la moral, y la manipulación de los individuos por fuerzas como los sistemas políticos, la represión, y cómo estas conllevan a la corrupción del ser humano.

El trabajo de Kubrick provocó algo de controversia, entre otros motivos porque la película, pese a haber sido filmada en Gran Bretaña, sigue la versión de la obra según fue editada en los Estados Unidos, la cual no incluye el polémico capítulo final del libro (capítulo 21); en éste, el protagonista se regenera, pues al crecer unos años comprende que es preferible canalizar su energía de un modo constructivo.

La larga lista de las obras del autor incluye, entre otras, The Wanting Seed, Honey for the Bears, One Hand Clapping y Mil novecientos ochenta y cinco. Junto a Jeanne Moreau y André Delvaux fue asimismo jurado del Festival de Cannes de 1975.

Tenía un gran interés por la música, que fue su primera pasión, antes de dedicarse a la literatura. Escribió dos sinfonías, además de varias sonatas y conciertos, alcanzando justa fama como compositor.

Su capacidad para los idiomas (hablaba malayo, ruso, francés, alemán, español, italiano y japonés, además del inglés, su idioma nativo, y un poco de hebreo, chino, sueco y persa), se ve reflejada en la invención del Ulam, lenguaje prehistórico ficticio, para la película En busca del fuego (1981).

Burgess murió de cáncer de pulmón en 1993[1].

[1] http://es.wikipedia.org/wiki/Anthony_Burgess

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Confrontación

129-130 top

“Comienzo por el principio, continúo hasta el final y luego me detengo… No escribo borradores. Escribo la página uno muchas, muchas veces y luego sigo con la página dos. Amontono hoja por hoja, todas y cada una en su estado definitivo”.

Anthony Burgess
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 2

Jesús Cabral

Jesús Cabral Semblanza

Jesús Cabral

 

Soy un amante de nuestra lengua castellana y me siento latinoamericano nacido en México. Habló y leo. Y como una imagen dice más que mil palabras, siempre he cultivado la imagen, a través de la fotografía, en varias formas. Leo poco, pero bueno y escribo aún menos. Algunos artículos acá y allá. He sido redactor en algún medio informativo y locutor de lo mismo que redacto. Me apasionan algunas obras maestras de la literatura universal, como Crimen y Castigo y el Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha. Mi gusto mayor es el cuento corto y ahora incursiono en la narrativa oral de cuentos cortos. Hay algo en la minificción que la hace única y extraordinariamente apta para la narración oral. He escrito solo un par de cuentos cortos y uno de ellos lo envié a la revista El Cuento, allá por 1992 y muchos años después me enteré con satisfacción que fue publicado (“El día que el crimen apareció en Pinkhills”), un cuento breve, policiaco y algo sangriento. Lo imaginé mientras vivía en un apacible pueblito del sur de California, donde aparentemente nunca pasaba nada… No he vuelto a escribir cuentos, lo tengo que reconocer. Ahora sin embargo disfruto dar a conocer cuentos breves de aquellos que si escriben, poniendo a su servicio mi habilidad verbal para contarlos y eso me llena de satisfacción. Por fortuna el arte del “contador de cuentos” está resurgiendo y me da gusto ser parte de ese movimiento. Vivo en San Cristóbal de Las Casas, donde la cultura en todas sus formas tiene un lugar privilegiado en la vida cotidiana de este centro de mucha cultura en el sureste y que es puerto y puente de unión con el sur de nuestro intenso continente americano. Nunca descarto que en el futuro intente escribir mis cuentos, o mejor dicho mis cuentas, las cuentas de los muchos viajes que en los últimos 30 años he hecho, sobre todo a sudamérica y también al otro lado del “charco” atlántico. Hay tiempo. Viva el cuento[1].

 

[1] Semblanza enviada por el propio Jesús Cabral por e-mail.

Topo

Cava, cava. Se le va la vida en eso. Lleva años cavando ese mismo lugar. Hace su hoyo más y más grande cada vez. No conoce la luz, mucho menos el mundo exterior. Lo único que lo alumbra es una lámpara de petróleo; él sabe que no es eterna, pero no le importa, sus ojos ya se acostumbraron a la oscuridad.

Cava, cava, tiene sus esperanzas puestas en su pala y su pico. Se detiene un momento a recordar la última vez que estuvo en la superficie. Fue cuando alguien le dijo.

—¡Vete al infierno!

Cava, cava. No dejará de cavar.

Francisco J. Sánchez Corral
Número 136 – 137, julio-diciembre 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 33

Alta fidelidad

Este tipo es un miserable, pensé. Después de la tremenda pelea me odiaría tanto como yo a él. No hay más vueltas que darle, la solución es buscarme otro, creí.

Acto seguido, estaba bajo ochenta kilos de hombre, soberbio, lo mejor, de manos expertas, peludas y suaves, de contoneos precisos, menos exactos, olor exquisito. Los jadeos suplían la música, el ambiente estaba cargado, eléctrico, qué experiencia, yo nunca antes había sentido…, bueno, no así tan…, no sé, intenso. Me tomó de la cintura, me dejó suspendida, como levitando, flotando, mi pelvis enloqueció, mi cuerpo entero se convulsionaba, estaba acabando y no pude evitar gritar Juan, Juan, Juan… Ahí me entró el pavor, me quedé quietecita, era el colmo ser tan mala amante como para andar nombrando a mi estúpido marido al momento del polvito clandestino; pero el espanto dio paso a la ira cuando este condenado empezó a invocar a una tal Betina, qué fraude, qué decepción, qué estafa, todo estaba tan bien. Hasta que fui sacada del trance y abrí los ojos, encontrándome con uno setenta y cinco metros de macho, sudado, pelo negro desordenado y sonrisa enorme, ahí estaba Juan, sin enojos, y yo, Betina, perfectamente estirada entre él y la cama, como bella mariposa de insectario.

Patricia Salgado Middleton
Número 136 – 137, julio-diciembre 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 154