Topo

Cava, cava. Se le va la vida en eso. Lleva años cavando ese mismo lugar. Hace su hoyo más y más grande cada vez. No conoce la luz, mucho menos el mundo exterior. Lo único que lo alumbra es una lámpara de petróleo; él sabe que no es eterna, pero no le importa, sus ojos ya se acostumbraron a la oscuridad.

Cava, cava, tiene sus esperanzas puestas en su pala y su pico. Se detiene un momento a recordar la última vez que estuvo en la superficie. Fue cuando alguien le dijo.

—¡Vete al infierno!

Cava, cava. No dejará de cavar.

Francisco J. Sánchez Corral
Número 136 – 137, julio-diciembre 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 33

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