La libertad

La niña preguntó:

—Papá ¿qué es la libertad?

El padre tomó un caracol, lo acercó a la oreja de la niña y le dijo:

—¡Escucha! Este es el sonido de la libertad.

Pero del fondo del caracol emergió una araña, se introdujo en el oído de la niña y le produjo la muerte.

Pellanda
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 19

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Ante un espejo

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Un hombre espantado entra y se mira en el espejo.

—¿Por qué se mira usted en el espejo, cuando no puede encontrar allí más que desagrado?

—El hombre espantoso me responde:

—Señor, de acuerdo a los inmortales principios del 89, todos los hombres somos iguales en derechos; por consiguiente yo estoy muy en mi derecho de mirarme en el espejo, sea  con agrado, sea con desagrado,  pues eso es asunto que sólo concierne a mi conciencia.

En nombre del buen sentido, sin duda yo tenía razón; pero desde el punto de vista de la ley, él no se equivocaba.

Charles Baudelaire
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 17

Todo un recibimiento

Todavía no ha amanecido. Me despierta el ruido que hace Luis al meterse por la ventana de la cocina. La he dejado abierta sabiendo que vendría. Hace ya varios meses que rompimos y él se sigue presentando en los momentos más inesperados. Me acosa, me reclama, “¿quién es ese hombre?, tu sales con él sólo para hacerme sentir mal”. He intentado todo para convencerle que me deje buscar otra pareja, que me deje en paz. Es inútil, “seguiré contigo hasta la muerte”. Considera que conserva sobre mí cierto derecho de propiedad. Me ha amenazado. Suki, mi perrita, apareció envenenada hace ocho días.

Se abre la puerta de mi cuarto y un torbellino salta desde debajo de mi cama y se abalanza sobre el cuello de Luis, tirando una mesita a su paso. Me tapo la cabeza con la sábana, no quiero oír nada. Debo esperar unos minutos a que todo termine. Luego, le avisaré a la policía que mi perro de ataque confundió a mi exnovio con un ladrón.

Alejandra Padilla
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 11

Beber lumbre

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Vinieron las voces marchitas a decirme que allá afuera está haciendo un calor inagotable, que el Sol brilla ciego hacia la tierra, que la noche huraña se esconde en las tinieblas, que la ciudad está quebrada y el calor espanta.

Que todo anda de cabeza, los árboles nacen en el concreto y las casas en los montes, que la tierra mendiga y el hambre reina, que se apaga el campo y la ascosidad retoña, que mejor no salga.

Que un aire mudo cierra puertas y ventanas, que el silencio mata, que la lluvia muere y la flor suspira, que la sed avanza y la sequía florece, que mejor no salga.

Que la brisa húmeda ahora es fuego, que rezar es un calvario, que la vida llora su agonía y muerte…

Déjenme en paz, interrumpo a las voces marchitas, no hay lugar en este mundo para una ciudad así.
Volvieron las voces marchitas a decirme… que mejor no salga.

Patricia Richkarday
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 9

El fenómeno

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Está anunciado fuera de la barraca, pero sin detalles precisos. Sencillamente dan a entender que es monstruoso. El camino para llegar a él es largo, estrecho, con poca luz, indicado por altavoz.

Repentinamente, el altavoz pide silencio. En efecto, uno llega a una habitación sumida en total oscuridad.

De repente, estalla la luz.

Y uno se encuentra frente a un espejo.

Jacques Sternberg
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 7

Zooretrato

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El coyote es un esqueleto largo y fino, tristón, encima del cual han tenido una piel de lobo gris con la vistosa cola hinchada siempre arrastrada por el suelo, con aire desesperado, de abandono y de miseria. Tiene ojos humildes pero de mala persona, la cabeza larga y aguda, los hocicos ligeramente arremangados y los dientes al descubierto. Todo su ser ostenta un aire furtivo. Es la imagen viviente de la necesidad. Siempre tiene hambre, siempre está en desgracia, siempre pobre, siempre sin amigos. Los animales más viles lo desprecian y hasta las pulgas serían capaces de abandonarlo para saltar a picar a una bicicleta. Es tan cobarde que cuando sus dientes te amenazan, el resto de su cuerpo parece presentar excusas.

Mark Twain
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 5