Dibujando patos

A la memoria de Demetrio, Juan Carlos, Maricela y tantos otros…

Apenas el martes me dijiste que te ayudara a dibujar un pato. ¿Un pato? Te pregunté. Sí, un pato que nade bajo el agua. ¿Lo quieres buceando como pelícano? No, que vaya igualito que afuera pero hasta el fondo del agua. Dibujamos un pato blanco y gordo con el pico rojo. El agua era azul con verde y arriba flotaban unas flores amarillas. Las quiero bien amarillotas, como las del día de muertos, me aclaraste.

El jueves no quisiste dibujar. Tenías mucho frío y te tapé con una cobija de rayas. Voy a parecer mariachi, me dijiste y los dos nos reímos como si hubieras dicho algo gracioso, como si nuestras risas pudieran espantar a la muerte, que andaba tan cerca sin que lo supiéramos. Vi que tus manos temblaban no solo de frío sino también de miedo. Si pudiera creer que Dios nos escucha, le hubiera pedido que te llevara con cuidado, que te la hiciera más leve, pero entonces yo no podía adivinar que estabas muriéndote.

Hoy me dijeron que te fuiste el domingo. Todavía me pregunto si al dibujarlo, tú presentías que cinco días después estarías como ese pato. Que estarías hasta el fondo, no del agua, sino de la vida, hasta el fondo de todo lo que es bello, de los besos y las risas. Quisiera preguntarte qué se siente estar nadando bajo el agua sin ahogarte. Te llevaron solamente flores blancas.

Me dicen que te fuiste así como si nada. Sin despedirte. Como un pato que se hunde. En mis ojos no hay lágrimas. Me siento furiosa. No contra ese Dios lejano que nunca nos pela, a eso ya estoy acostumbrada. Estoy furiosa contra esta sociedad mugrosa que te obligó, niño de ancha sonrisa, a vender tu cuerpo moreno por un poco de pan y tortillas para tus hermanos pequeños. Estoy indignada contra esta pinche sociedad que mata de rechazo y vergüenza a un enfermo de sida, desde antes que su cuerpo muera. También estoy enojada conmigo, que no me di cuenta a tiempo de que tú eras ese pato para llevarte tus flores amarillotas, cempasúchiles eternos…

Alejandra Padilla
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 56

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