Reptiles

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De pronto, en medio de la cena, al dar el viejo reloj la hora, los invitados empezaron a transformarse, hablando cada uno un lenguaje diferente.
Y no cayó del cielo y no se estremecieron las copas sostenidas en las manos. Sólo sus cabezas adoptaron la forma de reptiles y arrastrándose, despaciosamente, entre interjecciones y gruñidos, dijeron adiós a la señora Embajadora y entre babas y terrones subieron dignamente a sus coches.

Alfonso Chase
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 97

De libros y lectores

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No debes preocuparte,  pues hoy mismo le paso el libro. ¡Estúpido! ¿Cuándo aprenderemos los mexicanos a tener respeto? Quedará fascinado, hasta nos lo regalará para comérnoslo, en tu casa, con lo bien que cocina tu madre. ¿Te parece bien que sea Polvo? Sí, polvo como todo lo de aquellos días, tan pobretón, tan inventado y al mismo tiempo tan bestial. Polvo, una bella e ingenua proposición a fin de cuentas: ¡Regalar un libro de poesía a un vecino para que quitara, del patio, a un guajolote!

Sergio Fernández
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 87

Astucia aldeana

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Un rústico labrador, deseoso de ver al rey, pensando que era más hombre, despidióse de su amo, pidiéndole su soldada, el cual, yendo a la corte, con el largo camino acabáronsele las blanquillas. Allegado a la corte y visto el rey, viendo que era como él, dijo:

—¡Oh, pésete a la puta que no me parió, que por ver a un hombre ha gastado todo lo que tenía, que no me queda sino medio real en mi poder! Y del enojo que tomó le empezó a doler una muela, y con la pasión de el hambre que le aquejaba no sabía qué remedio de tomase, porque decía:

—Si yo me saco la muela, y doy este medio real quedaré muerto de hambre; si me como el medio real, dolerme ha la muela.

Con esta contienda arrimóse a la tabla de un pastelero, por írsele los ojos tras los pasteles que sacaba. Y acaso vinieron a pasar por allí dos lacayos, y como le vieron tan embebecido en los pasteles, por burlarse dél, dijéronle:

—Villano ¿qué tantos pasteles te atreverías a comer de una comida?

—Pardiez, que me comiese quinientos.

Dijeron:

—¡Quinientos! ¡Líbrenos Dios del Diablo!

Replicó:

—¡De poco se espantan vuesas mercedes!

Ellos que no y él que sí, dijeron:

—¿Qué apostaréis?

—¿Qué señores? Que si no me los comiese, que me saquéis esta primera muela.

El cual señaló la que le dolía.

Contentos, el villano empezó a jugar de diente el hambre que tenía muy a su sabor. Ya que estuvo harto, paró y dijo:

—Yo he perdido, señores.

Los otros muy regocijados y chacoteando, llamaron a un barbero y se la sacaron, aunque el villano, fingidamente hacía grandes extremos; y por más burlarse dél decían:

—¿Habéis visto este necio de villano, que por hartarse de pasteles se dejó sacar una muela?

Respondió él:

—Mayor necedad es la vuestra, que me habéis muerto el hambre y sacado una muela que toda esta mañana me dolía.

En oír esto, los que estaban presentes tornáronse a reír de la burla que el villano les había hecho, y los lacayos pagaron, y de afrentados volvieron las espaldas y se fueron.

Juan de Timoneda
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 84

Fusilamientos

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Dos o tres meses debo haber estado pegado a la máquina de escribir, diez o doce horas diarias, con interrupciones dedicadas a rectificar algún dato en la biblioteca local. Tomar en serio la redacción de un libro parecía tan raro en aquel ambiente de negociantes, jugadores y políticos, que casi tenía que ocultarme para evitar explicaciones y preguntas. Y aun mi esposa, aburrida quizás de verme todo el día clavado en la mecanografía, observó, mirándome trabajar: “Vaya, así es muy fácil hacer libros: nomás te pones a copiar de otros.”

José Vasconcelos
Número 129 – 130, Abril-Septiembre 1995
Tomo XXV – Año XXXI
Pág. 77