Urbana

Lo miro tendido en la cama, sus ojos cerrados, su cabello corto.

Es la una en el reloj del buró, tengo que irme.

Rocío sobre mi cuerpo un perfume barato, tomo mi bolso y los tacones para ponérmelos afuera.

No lo beso antes de salir, no quiero que despierte.

Camino hacia la avenida Revolución, muevo las caderas, prendo el primer cigarro.

En mi esquina tiro la colilla, la piso suavemente. Me acomodo el bra. Espero.

Dos de la mañana, quinto cigarro.

Un bochito se detiene. El conductor, de unos cuarenta, baja el vidrio, se empalaga con mis promesas.

Me lleva al hotel, cobro por adelantado y hago mi trabajo. Sólo eso, mi trabajo.

Cinco de la mañana, último cigarro de la cajetilla.

Vuelvo a casa después de otros dos clientes. Entro din hacer ruido, cansada, mi cartera llena del dinero que gané por él…

Suspiro aliviada, duerme.

—¿Mami? —me llama entre sueños.

—Aquí estoy cariño… -respondo en un murmullo, quitándome con ansiedad el maquillaje, antes que abra los ojos… y me vea.

Cecilia Magaña Chávez
No. 142, Enero-Marzo- 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 122

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