Becus

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Mauro Alfredo es pensativo y huraño como un hombre mayor. Tiene la color cetrina y en sus ojos el fuego de la generosidad y del talento.

Es mi camarada entrañable; siempre, cuando el sol prende sus últimos rizos fulgurantes en la cresta de la montaña, nosotros jugamos en el arroyo.

Su madre, doña María Esther, que posee el gesto y la belleza de una gran señora, lo mima locamente y quiere adivinarle el pensamiento. Mauro Alfredo nunca pide nada.

—Becus , toma un confite.

Mauro Alfredo finge no escuchar, su madre ha comprendido.

—Becus, toma dos confites.

Mauro Alfredo va por los bombones y me da la mitad. Todo lo que tiene es para él y para mí.

Guillermo Jiménez
No. 142, Enero-Marzo- 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 124

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