12— Homenaje a Edmundo Valadés en Internacional Microcuentista VI. Edmundo Valadés y los diamantes perdidos. Por Roberto Abad.

Homenaje a Valadés VI Internacional

 

NOV 28

Edmundo Valadés y los diamantes perdidos

Por: Roberto Abad

Este libro te va a gustar, me dijo un compañero de trabajo que era mucho mayor que yo, pero que sabía de mi gusto por la lectura, y me regaló El libro de la imaginación. Años más tarde, en una librería de viejo, encima de un montón de ejemplares de bajísimo costo, encontré La muerte tiene permiso y sin saber exactamente lo que tenía en mis manos, lo compré. Luego vino Las dualidades funestas que hallé de manera extraña en un mercado. Pero el verdadero hallazgo fue Sólo los sueños y los deseos son inmortales, palomita, la edición prologada por José Emilio Pacheco, encontrada, como una gema brillante, entre una montaña de cientos de títulos que eran parte de una campaña independiente de fomento a la lectura, que consistía en regalar libros en lugares públicos. Todos mis encuentros con Edmundo Valadés fueron una coincidencia y, al mismo tiempo, una revelación.

 A veinte años de su muerte, nos encontramos con el mayor promotor del cuento que México ha tenido. Su obra y labor, repercuten en las publicaciones, premios y escritores mexicanos y latinoamericanos actuales. El premio que lleva su nombre ha laureado a escritores que se han convertido en dignos representantes del género. El blog Las historias del escritor Alberto Chimal —quien ha desarrollado la idea de una literatura de la imaginación—, funge como un homenaje a El cuento y también motiva a los usuarios a escribir textos breves. Es innegable la influencia de Valadés que tiene la literatura hispana en la actualidad.

No tuve la fortuna de leer la revista de la imaginación en su momento. De hecho, llegó a mis ojos después, mucho después de que dejaran de publicarla. Lo primero que pensé fue que era muy rara una publicación especializada en el cuento; luego, al adentrarme en sus páginas, pude vislumbrar la paciencia, dedicación y amor a la literatura con la que estaba hecha. Me sorprendió, específicamente, que el director dedicara tantas páginas en contestar la correspondencia de los lectores y que –además de todo– lo hiciera con tal maestría en pocas líneas. Descubrí que entre ellas había algo muy valioso: la voz de un lector crítico, que veía en la literatura la explicación del resto de las cosas. “Uno de los problemas”, respondió Valadés a uno de los autores que había enviado un cuento onírico, “y no son pocos, que tiene el transcribir al papel un sueño, es que los sueños son siempre fragmentarios y por demás inasibles”.

  Pero también daba opiniones directas, sin filtros ni eufemismos, lo cual era muestra de la objetividad y carácter: “Sus cuentos aún no funcionan como tales, porque usted pone la literatura al servicio de una idea. Lo contrario podría ser eficaz”. O el siguiente, que es de mis favoritos: “Aunque los textos que nos envías no son aún publicables –seguramente sí en una revista para lectores imberbes–, tienen desde luego un mérito inicial: la ortografía, tan escasa ahora en adolescentes como tú”. La correspondencia se convertía en una especie de taller a larga distancia. Al terminar de leer el primer ejemplar que tuve de El cuento comprendí que ese diálogo era indispensable para Valadés y para los mismos lectores. Era una forma de llevar los textos a otro nivel de lectura. Y eso no lo he vuelto a ver en ninguna de las revistas vigentes.

Lo que creo que desconocía Valadés es que, al contestar tantas cartas, hacía una especie de manual para el cuentista perfecto, mediante aforismos o frases que, si las miramos reunidas, toman la forma de un “decálogo” (aunque por la sabiduría abundante que contienen, habría que considerar más de diez mandamientos). Para comprobar mi hipótesis –y a la vez conmemorar su paso por la Tierra–, comparto algunas de las líneas que encontré en el número 105-106, publicado en el periodo de enero a junio de 1988 (semestre y año en el que nací), que me parecieron notables y que presento con la intención de convocar a todos los lectores de Edmundo Valadés a que se conviertan en exploradores y busquen, entre las páginas de El cuento, esos diamantes perdidos que el escritor sonorense dejó regados. Quizás ahí esté otro libro más, en espera aún de ser descubierto por los lectores.

 

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Usted es el único autor del cuento; incorpore lo que convenga y suéltelo de una pieza.

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Uno de los grandes secretos para escribir mejor es eliminar, podar, tachar lo innecesario…

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Lo que ha de procurarse es que el lector tenga un placer estético y una vivencia –no un trabajo– inolvidables.

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Creemos lícito jugar con el lector, siempre que él advierta que hay un juego.

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El cuento ha de ser cuento antes que nada, y para ello deben tomarse los renglones o páginas que requiera para quedar claro y completo.

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Lo que usted no crea, tampoco lo creerán sus lectores.

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Quítele (al texto) todo lo que no tenga que ver con los verdaderos deseos del personaje. No mezcle usted lo suyo con lo de él, pues no se trata de autobiografía, sino de la creación, nada menos, de un personaje con sus experiencias propias.

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La ruptura de la realidad, de lo posible, para establecer otra en la que no impera la lógica, exige o una gran belleza e imaginación idiomáticas o gran ingenio para hacer válida la mera invención.

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En todo cuento, en toda obra literaria, algo subyacente y no por ello imperceptible, es la intencionalidad del escritor, esa voluntad, expresa o tácita, de conducción de ese todo rotundo que es el cuento, hacia un fin predeterminado.

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Un minicuento exige elaborarlo cuidadosamente, hasta no atrapar una historia relampagueante, ingeniosa, irónica, certera, con su golpe de gracia o imaginación que sorprenda al lector totalmente.

 

Roberto

Roberto Abad (1988, Cuernavaca) escribe, lee y hace música. Estudió educación en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Fue incluido en la antología Alebrije de Palabras. Escritores Mexicanos en Breve (BUAP, 2013) y en Los regresos de Zapata (Cimandia, 2014). Ha publicado en diversos medios impresos y virtuales. Recientemente, algunos de sus microrrelatos fueron traducidos al francés en la antología Lectures d’ailleurs, y al portugués en la revista Samizdat.

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