20—El destello de lo breve. Por Patricia Otero en la revista Siempre!

20 años sin Valadés en Siempre!

 

El destello de lo breve

A 20 años de la muerte de Edmundo Valadés

Patricia Gutiérrez-Otero

Al destello continuo de los 43 normalistas de Ayotzinapa.

Narrado en un lenguaje coloquial o poético, siempre tiene un final de puñalada.
Edmundo Valadés

 

Mi encuentro con el minicuento o la minificción fue a través de una revista que cayó en mis manos hace más de treinta años. El diseño mismo de El cuento. Revista de imaginación era atractivo, entre ingenuo y lúdico. La revista abría un espacio chispeante en el que caías de una sorpresa a otra a través de las lianas que eran los minicuentos. Casi me atrevería a decir que era como el viaje de Alicia en un país en el que no sabías con qué podías toparte. Admito que no era la densa literatura a la que estaba acostumbrada y que tanto amo, pero su centelleo me cautivó. Nunca conocí personalmente a su creador, salvo a través de sus miniaturas. Ahora, a veinte años de su muerte le dedico este espacio en que el destello de lo breve puede abrir un camino para una buena parte de la sociedad y unos dirigentes que se han cerrado al asombro a la que otros y otras aún están abiertos.

La literatura, como todo arte verdadero, incluso la verdadera literatura, es en sí misma disruptiva del orden social, de cualquier tipo que éste sea; entre menos sea una literatura de tesis más subversiva será. Es decir entre más literatura sea, más destruirá esquemas sociales o imaginarios colectivos que sustentan organizaciones predeterminadas pues más acercará a la inefable realidad del ser mismo que se entrega. Quizá sólo durante un fugaz instante. Instante en el que la conciencia se habrá abierto a otra realidad que subvierte la realidad construida y sostenida por creencias comunes y, muchas veces, absurdas. Aunque ese efecto puede lograrlo la realidad misma, el arte es un catalizador.

Esta experiencia del orden de lo intuitivo puede durar un segundo para el sujeto que la experimenta, pero se queda grabada como un aguijón en él y puede ir abriéndose camino a su propio ritmo para crear una ruptura epistémica, una ruptura en su visión del mundo que pasa por una inquietud y un desazón, que se manifiesta en una búsqueda. Algo en él se ha puesto en movimiento.

Ese destello que pasa a través de la literatura puede producirse a lo largo todo un texto o a través de alguna de sus líneas. Puede ser una novela que nos abre y nos deja pasmados y nos persigue a lo largo del tiempo como una gran cucaracha o como el hijo que asesinó a su padre y poseyó a su madre, o, puede ser, en un instante, un párrafo, una estrofa, o un verso, una frase que nos cautiva y nos pierde en ella. Nos queda en la memoria: “el presente es perpetuo”. No importa quién lo dijo (Revueltas, Valadés, Paz…) ni dónde. No estamos analizando. Algo nos corroe.

Esto que sucede con una obra larga puede suceder con una miniatura. Como señalaba el maestro Valadés: en poesía con un haikú; en cuento con un minicuento, con una minificción o como quiera llamársele, que no es aquí el objetivo. También don Edmundo señaló el origen oriental de ambas creaciones artísticas. Es curioso que en la tradición oriental sea tan importante centrar la atención en lo presente a través del cuerpo, en particular a través de la respiración. Occidente se ha caracterizado por el uso de la razón que ha dominado y eclipsado el uso de la intuición, y ahora vive la inclinación de mucha gente hacia prácticas orientales que invitan a regresar hacia la interioridad, como en busca de un equilibrio extraviado en el camino. Así también, en el siglo pasado los poetas occidentales descubrieron el haikú y lo adoptaron para practicarlo.

El haikú muestra el destello de la naturaleza, que muchas veces ignoramos, a través de una versificación fácil de cinco, siete y cinco sílabas, y muy breve:

Lluvia de mayo.

Una noche furtiva,

luna en los pinos.

Riota

 

El uso del haikú en Occidente mantuvo el destello de la brevedad, pero lo desligó de la contemplación de la naturaleza y lo adaptó más a sus intereses subjetivos:

 

Hoy no me alegran

los almendros del huerto.

Son tu recuerdo.

Jorge Luis Borges

 

Por su parte, los minicuentos, género que, como señaló Valadés, nació tarde en la historia de la narración occidental, se centra en la acción a contar, “La minificción no puede ser poema en prosa, viñeta, estampa, anécdota, ocurrencia o chiste. Tiene que ser ni más ni menos eso: minificción. Y en ella lo que vale o funciona es el incidente a contar” (todas las citas de Valadés provienen de lo que considero su manifiesto del minicuento: “Ronda por el cuento brevísimo”, https://minisdelcuento.wordpress.com/edmundo-valades/). Un hecho, una anécdota, algo que sucede, y que tiene un final sorpresivo, en donde se centra precisamente lo destellante, lo que rompe lo previsto, lo que debería suceder según el orden prestablecido: “Apoyándose en pistas certeras se ha ido despojando de las expansiones y las catálisis, creando su propia unidad (!) lógica, amenazada continuamente por lo insólito que lleva guardado en su seno”. Aunada a la incertidumbre que remata la trama, está la brevedad de sus recursos que lo vuelven una flecha dirigida a la mente del lector o auditor quien no puede esquivarla en su desnudez: “el ritmo y lo desconocido se albergan en su vientre para asaltar al lector y espolearle su imaginación”. Es un asalto que deslumbra y deja inerme, y ante el cual la razón trata de reaccionar y defenderse para reconstruir el complejo mundo que amenaza con requebrajarse. Ese dardo flamígero es una amenaza a la certeza de difíciles equilibrios construidos con palabras que revelan su fragilidad, porque la minificción, a diferencia de los haikús originales se han desprendido de la naturaleza pero se encarnan en el mundo urbano y subjetivo al que pertenecen sus creadores, y ahí socavan las bases de esas estructuras. El mismo Valadés no niega la cercanía del poema y la minificción: “Su estructura se parece cada día a la del poema”, pero insiste en que la distinción estriba en que el minicuento se ciñe a la acción. En ambos la maestría se demuestra en el uso ceñido del lenguaje, sin palabras de más, sólo las justas para causar el destello: “exige inventiva, ingenio, impecable oficio prosístico y, esencialmente, impostergable concentración e inflexible economía verbal, como señala José de la Colina, para los que él llama ‘cuentos rápidos’”.

A veinte años de que dejó este paraíso infernal, quiero dar la palabra en este espacio a un microcuento de aquel que abrió espacio en una revista para que tantos y tantas publicaran los suyos; un cuento que espero sea profético:

“El marionetista, ebrio, se tambalea mal sostenido por invisibles y precarios hilos. Sus ojos, en agonía alucinada, no atinan la esperanza de un soporte. Empujado o atraído por un caos de círculos y esguinces, trastabillea sobre el desorden de su camerino, eslabona angustias de inestabilidad, oscila hacia el vértigo de una inevitable caída. Y en última y frustrada resistencia, se despeña al fin como muñeco absurdo.

La marioneta —un payaso en cuyo rostro de madera asoma, tras el guiño sonriente, una nostalgia infinita— ha observado el drama de quien le da transitoria y ajena locomoción. Sus ojos parecen concebir lágrimas concretas, incapaz de ceder al marionetista la trama de los hilos con los cuales él adquiere movimiento”.

Además, opino que hay que respetar los Acuerdos San Andrés, anular las reformas a la Constitución, bajar los salarios a los grandes burócratas y aparecer a los 43 normalistas de Ayotzinapa.

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Siempre! es una revista que se publica en la Ciudad de México, fundada por José Pagés Llergo en 1953. Desde sus comienzos, Siempre! ha sido una revista esencialmente de información y análisis políticos, no especializada en ciencia política, sino que con las herramientas del periodismo -crónica, entrevista, reportaje y artículo de opinión- ha dado cuenta del acontecer político, lo mismo mexicano que latinoamericano y de otros confines del mundo.

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Patricia Gutiérrez-Otero escribe regularmente en la revista Siempre!, ha publicado poesía en diversas revistas y en una antología de poesía, es traductora principalmente del francés, es editora, ha sido maestra en la Universidad Iberoamericana y en otras instituciones. Estudió la licenciatura y la maestría en teología en el Institut d’Etudes Théologiques de Bruxelles de la Compañía de Jesús. Anteriormente había estudiado la licenciatura en comunicación, y, actualmente, por puro gusto, estudia la maestría en literatura. Fue miembro fundador y subdirectora de la revista Ixtus. Sus intereses y pasiones son variados y diversos. Por el momento es editora de una colección de filosofía política en el Colegio de Puebla.

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