Cocodrilo instructor

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De joven tuve un cinturón de piel de cocodrilo con el que algunas veces, con dolor, tuve que pegarle a mi hijo el grande para aplicarle un correctivo.

No fue inútil: mi hijo el grande es ahora un hombre de provecho, un constructor, dueño, entre otras cosas, del 60 por ciento, pero aún confío en él, de toda esta magnífica zona hotelera que le ganamos al pantano.

En ocasiones como ésta en que la belleza del paisaje me pone romántico, no puedo menos que agradecerle al cocodrilo su piel que, como quiera que sea, me ayudó en la formación de mi progenie.

Alejandro Aura
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 231

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Alejandro Aura

Alejandro Aura

(Ciudad de México, 2 de marzo de 1944 – Madrid, España, 30 de julio de 2008)

Fue un ensayista, poeta y dramaturgo mexicano, además de promotor cultural. Hermano y padre de las también actrices Marta Aura y María Aura, respectivamente. Junto con su labor como hombre de letras, destacó su paso por el Instituto de Cultura del Gobierno del Distrito Federal (hoy Secretaría de Cultura), en donde promovió el uso de espacios públicos para celebraciones culturales y fundó un millar de grupos de lectura (los libro-clubs). Como empresario, creó el teatro-bar El hijo del cuervo, ubicado en la zona de Coyoacán, al sur de la capital mexicana.

Tras cinco años de lidiar con un cáncer de pulmón por el que le daban sólo algunos meses de vida, falleció el 30 de julio de 2008 en la Unidad Clínica Princesa de Madrid, habiéndose despedido días antes de los numerosos lectores de su blog con un poema: “Así pues, hay que en algún momento cerrar la cuenta,/ pedir los abrigos y marcharnos,/ aquí se quedarán las cosas que trajimos al siglo/ y en las que cada uno pusimos nuestra identidad;/ se quedarán los demás, que cada vez son otros/ y entre los cuales habrá de construirse lo que sigue,/ también el hueco de nuestra imaginación se queda/ para que entre todos se encarguen de llenarlo,/ y nos vamos a nada limpiamente como las plantas,/ como los pájaros, como todo lo que está vivo un tiempo/ y luego, sin rencor, deja de estarlo”[1].

 

El otro lado


Un día el rey llamó a unos muchachos de por aquí y les dijo “Se me van volados hasta el otro lado y vienen y me dicen qué hay”
Unos se fueron en bicicleta, otros en patines y otros en avalancha, otros se fueron nomás volando.

Algunos llegaron pronto al otro lado y otros se tardaron años, así que llegaron viejecitos, pero los primeros para no aburrirse esperaron a los demás haciendo cuentas y tejas de barro.

Ya que se fijaron bien en todo regresaron y le dijeron al rey: “Del otro lado es todo igual pero al revés”.

Quién sabe por qué se les ocurrió decir eso, pero todos dijeron lo mismo.

“Yo quiero ir”, dijo el rey, “cárguenme”. Y lo llevaron.

Pero cuando pasaron al otro lado, el rey tuvo que cargar a todos y eso no le gustó, entonces quiso que lo regresaran, pero como todo era al revés, se lo llevaron al otro lado del otro lado.

Y así siguieron hasta que se acabaron todos.

Alejandro Aura
No. 113, Enero-Marzo 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 79