Escalones

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Ante la blancura de la hoja de papel se detuvo indecisa. No tenía nada que escribir pero las rayas implacables la invitaban a llenarlas de letras, a ocultar de algún modo su azulosa monótona desnudez; además, no tenía nada que hacer, los codos apoyados en la clara y fría superficie de su escritorio, y la gente yendo y viniendo a su alrededor como siluetas sin sosiego recortadas al azar de un mismo casimir y los rostros y cabellos repitiéndose deliberadamente sobre ellas. Las voces se diluían es una espesa marea de rumores, todo crecía, las cumbres estallaban ruidosas, el equilibrio se perdía entre remolinos, se abrían grietas y se cerraban al mismo tiempo, sin duda había goteras en el espacio. No podía seguir así, tenía que aparentar que hacía algo, el lápiz en su mano parecía un motivo poderoso, una palanca que espera o un viaje en perspectiva. Inclinó la cabeza y hasta arriba de la hoja, del lado derecho, puso la fecha.

Pensó: blanco, gris, rayas, dibujando un rostro… esa risa es la de Andrés, ojalá venga a saludarme… tengo que hablarle a mi hermano por teléfono… como una procesión de puntos amarillos… debo recordarle a mi jefe que firme estos cheques… estoy perdiendo el tiempo pero no puedo hacer otra cosa, se pierde solo y yo lo ayudo… cómo es ruidosa esta oficina… hoy me toca gimnasia… un cristal, transparencia… quisiera acabar de leer esta revista… vertical y duro, sin raíces… Dios quiera que se encierre este señor en la sala de juntas, así puedo prender el radio quedito y oír el concierto de las diez… sombras desmenuzándose, todo se queda en su lugar… ya debo escribir algo.

Sintió: el lápiz liso, inerte entre la tibieza de sus dedos, la insípida suavidad de la hoja de papel debajo de su mano, la superficie fría del escritorio extendida a lo largo de su brazo hasta el codo… luego el aire que la rodea sumiso, sosteniéndola… las perlitas de su pulsera clavándose en la muñeca derecha… dentro de su cabeza un círculo va creciendo pero está vacío, no tiene rincones… gira la luz morada en sus ojos de tanto ver el papel… le brotan chispitas de frío en la nuca… todas esas voces parecen lluvia menuda en sus oídos y de repente se inunda de sonidos, opalinos… cae y no se mueve de su escritorio… cuánta carne tiene su cuerpo, cómo le pesa, sus huesos en cambio son de polvo, toda esta inmensidad la está teniendo entre sus párpados… sigo aquí, sentado ante este momento.

Escribió: los palacios del hastío crecen a pesar de la neblina, nada turba el triunfo de aquel atardecer, brilla el tiempo y no proyecta sombra, esperar una carta de cara al sol, en la pureza del cielo parpadea la fuga de los pájaros, solamente el horizonte existe, un camino que se arrastra entre cajos de ruido y precipicios como días olvidados, hay relojes, invisibles al tacto, llegar al pie del manantial y reconocerse.

Al final de la escalera calcinada un teléfono llamaba sin piedad, locamente, como si nada más a ella se estuviera dirigiendo. Tuvo que correr a lo largo de su tiempo para contestarlo.

 

Ana F. Aguilar
No. 17, Octubre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 402

Narcisa o a la búsqueda del tiempo que siempre no se perdió

Esta era una mujer que se quería mucho. Frente a su espejo de confidencias así lo reconocía y aceptaba el hecho con humildad. Por supuesto también quería a su marido, a su hijo, a sus hermanos y amigos. Como buena cristiana y ciudadana responsable le preocupaban muchas cosas el alza desmesurada en el costo de la vida, la contaminación del ambiente, la injusticia social, la violencia. Pero tal vez lo que más le angustiaba era que nunca tenía tiempo para ella misma. Los quehaceres del hogar y sus obligaciones conyugales y maternales la absorbían con fruición hasta volverla una autómata soñolienta y pasada de peso, siempre corriendo y olvidándose de todo.

Un día en que hacía cola para pagar la tenencia y cambio de placas de su auto se le apareció un hada sonriente y luminosa y le habló así: “Relájate muchacha. Queremos ayudarte. Pide tres deseos y te serán concedidos”. La mujer contestó de inmediato, con voz firme, como si toda su vida hubiera estado esperando semejante ocasión:

“Quiero dormir una semana seguida, yo solita en una gran cama. De preferencia en un sanatorio de Suiza, de esos que se especializan en curar el surmenage”.

“No quiero entrar nunca más en la cocina de mi casa. Denme una cocinera maravillosa, toda de blanco, que me adivine el pensamiento y satisfaga el paladar de mi marido”.

“Quisiera tener cada día tiempo de sobra para leer, escribir, ir al cine y al teatro, a conferencias y exposiciones, sin prisa, despreocupada”.

El hada le sonrió con dulzura y desapareció dejando todo un mundo de esperanzas en el ánimo de la buena mujer. Y ésta siguió caminando por el bosque encantado, entre frutos de oro, pájaros de mil colores y fuentes misteriosas y vocingleras. El hada, por supuesto, nunca más regresó y la mujer, por supuesto, cada vez tiene menos tiempo para ella misma. Pero ahora sabe, o por lo menos presiente, que Mr. Time, ese Príncipe Azul tan añorado, no la espera en algún castillo de ebúrneas torres. Y que sus tres deseos —tan sinceros— se perdieron para siempre en el foso de los dragones. Y no es por nada pero se siente más tranquila.

Ana F. Aguilar
No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 182

La visita

“Dios mío, ¿quién será esta venerable anciana y cuando la invité yo a tomar el té?” y Ana se sonrió, desesperadamente amable, con su interlocutora. “Además, yo nunca invito té sino café”. Siquiera Eufrosina discurrió sacar las tazas apropiadas y untar galletitas con mantequilla y mermelada. “Debe ser una amiga del club de golf de la colonia, pero ¿cuándo la conocí yo si nunca voy por esos rumbos? Y esta señora habla un inglés muy inglés”. La conversación fluía sin tropiezos como si se conocieran íntimamente y desde hace mucho tiempo. Había por su puesto las interrupciones de rigor, que si le hablaban a Ana por teléfono, que si el niño se caía, que si venían a cobrar la cuota de no sé qué, que si ahí estaban los de la tintorería, que si el niño estaba mojado. Pero la dama en cuestión aprobaba sus idas y venidas con una sonrisa de comprensión, sin inmutarse, y la plática proseguía sobre recetas de compotas, tejidos de crochet, viajes a Egipto, horarios de trenes, jardinería. La buena señora mencionaba a personas que Ana tenía la certeza de haber conocido alguna vez en alguna parte pero que por el momento no podía ubicar. Ana empezó a recordar en fragmentos. Casi seguro había conocido a la respetable señora en el supermercado, fue el día en que le vendieron una lata echada a perder con la que pudo haberse envenenado toda la familia. O tal vez fue esa noche en que se oyeron como disparos y Ana salió corriendo a la calle y una persona la tranquilizó asegurándole que eran cohetes de una fiesta en el pueblito vecino. Más bien fue cuando la sirvienta encontró el hacha en el jardín con manchas que parecían de sangre y alguien demostró que eran de herrumbre. O sería cuando por un descuido le quitaron el letrero a la botella de insecticida y … Ana cabeceó, obscurecía ya, hacía frío, las galletas se acabaron y el niño había desmenuzado minuciosamente el periódico del día. Su marido llegaba del trabajo en esos momentos. Optimista, rebosante de problemas técnicos, se agachó a besarla cariñosamente. “Ja, ja, te quedaste dormida leyendo a tu querida Agatha Christie, si leyeras el Martín Fierro no te pasaría esto””. Su marido era argentino. Ana le sonrió con ternura, “hay sopa de espinaca y está rica” le anunció. Y al levantarse notó, con el rabillo del ojo, que sobre la mesa había varios pedazos de hilo crochet y un boleto de tren que hasta arriba tenía impreso “Trafalgar Sq.”.

Ana F. Aguilar
No. 59, Junio-Julio 1973
Tomo X – Año IX
Pág. 782

Reunión de exalumnas

Fueron llegando muy formales de dos en dos. A la entrada se quitaban el uniforme y lo entregaban, junto con los libros y cuadernos, a la sirvienta que abría la puerta. Luego cada una se fue colocando una sugerente peluca, varios kilos de más, una fina pero sincera red de arrugas y una tenue mirada que podía ser de satisfacción, añoranza o quién nos iba a decir. Sonó la campana, rompieron filas y por todas partes se formaron rientes y bulliciosos grupos. Las exclamaciones de sorpresa y alegría brotaban incontenibles. Las preguntas, dirigidas a nadie, no tenían respuesta y quedaban flotando sobre la alfombra del cuarto, entre las piedras del patio vacío: ¿Qué te has hecho? ¿Cuántos hijos tienes? ¿Te sabes la biología? ¿Dónde vives? ¿Cuánto te sacaste en historia? ¿Cuándo empiezan los exámenes? Mordisquearon recuerdos y aceitunas hasta dejar sólo el huesito. Intercambiaron direcciones, tortas, apuntes, números de teléfono. Proyectos y problemas de antes y de ahora quedaron en el fondo de las tazas de café. A través de la algarabía y el humo de los cigarrillos, el presentimiento de verse nuevamente más tarde se encontró con el gusto de reunirse otra vez después de tantos años. No se reconocieron pero ambos se sonrieron cordialmente. Y una a una fueron tomando su lugar en la lucidez de ese instante, se acomodaron fielmente dentro de una antigua fotografía muchas veces vista, sonriendo inmóviles para la posteridad de su adolescencia. Hasta que fue hora de irse a dar de cenar a los maridos.

Ana F. Aguilar
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 38

Nuestra historia

Trabajaron desde siempre como hormigas, trayendo y llevando minutos de eternidad sobre sus hombros, clasificándolos con amorosa precisión y atesorándolos en las entrañas de la tierra dentro de gavetas electrónicas. Y cuando, libres al fin, salieron a la superficie y otearon el infinito haciéndolo suyo desde su primera mirada, la única pregunta que se les ocurrió hacerse fue:

¿Cuántas horas-hombre se necesitan para formar un año-luz?

El Tiempo, ese elemento subversivo, sonrió compasivamente desde su celda de preso político y se negó a hacer declaraciones. Ellos, pensando en el invierno, siguieron con su labor de hormigas.

Ana F. Aguilar
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 174

Impaciencia

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Su infancia transcurrió en la Colonia Roma, su adolescencia en la Colonia del Valle, su juventud en la Colonia Condesa. Cuando alcanzó su madurez empezaron a construir el metro y ella vivía en la Colonia Polanco. Murió de vejez prematura.

Ana F. Aguilar
No. 32, Septiembre 1968
Tomo V – Año V
Pág. 745

La última semana

El lunes, al estarse peinando, se encontró una cana. Hay tanta gente de cabeza plateada, pensó.

El martes, cuando se reía festejando un chiste, sintió como una finísima red de arrugas se extendía alrededor de sus ojos y la piel le ardió levemente.

El miércoles se agachó a recoger algo —una nota mental, un deseo arrugado—y le costó trabajo alcanzarlo. Además, se enderezó con dificultad.

El jueves, en una reunión, descubrió que los esposos de sus amigas sólo hablaban en esperanto y que sus niños estaban muy mal educados.

El viernes salió a dar la vuelta con un pretendiente pero se resfrió con las gotitas de agua en el parabrisas y se indigestó de tanto beso.

El sábado, hojeando un libro, se encontró una flor disecada que se hizo polvo entre sus dedos.

Ana F. Aguilar
No. 37, Julio-Agosto 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 528

El domingo murió de vieja.

Nevermore

Corrían haciendo zigzags a través de un campo de trigo, felices y contentos, jugando y cantando, escondiéndose de las nubes, riéndose con el sol.
Y de pronto cayeron en un agujero circular y profundo, como oficina de gobierno. Decidieron aprovechar la ocasión y pagar sus impuestos prediales, renovar su pasaporte, resellar su licencia de manejar, cobrar el cheque mensual de una pensión y tramitar un permiso migratorio.
Hasta la fecha siguen circulando, a la velocidad reglamentaria, por el carril central del periférico y no pueden salir.

Ana F. Aguilar
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 642

El hilo negro o: ¿quién teme a sí mismo?

A pesar de los espectros cotidianos, o tal vez gracias a ellos, era feliz. O por lo menos se lo sentía. Pero un día empezó a dudar. Una vez a la semana se reunía con sus vecinas a tomar café y a charlar un poco de todo. Juanita practicaba yoga, es maravilloso, te libera de tus tensiones. Mary trabajaba como decoradora, sabes, la independencia económica te da mucha seguridad, te pone en un plano de igualdad con tu marido. Betty era arqueóloga, el estudio te enriquece, te abre caminos, te ayuda a encontrarte. Chela era mujer de hogar, tejía y cosía toda clase de prendas para su marido e hijos, ahorra uno tanto y además se entretiene mucho. Beba se dedicaba a las obras benéficas, es uno tan egoísta, un cachito de tu tiempo que le dediques a esa pobre gente. Teresita aprovechaba las clases que dan en el Seguro Social y estudiaba primeros auxilios (nunca sabe uno cuándo se le puede ofrecer) y cómo hacer flores de migajón (se ven tan lindas y son tan caras) y ella sonreía amistosamente anonadada ante tanta actividad, seguía fumando y esparcía comentarios amables e intrascendentes a su alrededor. Esa noche no le quedó otra que iniciar un diálogo con ella misma: “Y tu te sientes muy salsa, ¿verdad? Pero en resumidas cuentas ¿Qué haces? Nada. Nada creativo. Te la pasas recogiendo cosas, comprando cosas, poniendo cosas en orden. No estudias, no ganas dinero, no sabes coser, tejer, hacer pasteles, no haces gimnasia (que buena falta te hace), eres, aunque no te guste reconocerlo, un parásito, qué Womens’ Lib ni que ocho cuartos”. Se respondió a sí misma con un profundo y elocuente silencio. Realista, trató de hacer planes para dedicarse a algo productivo pero todos los caminos la llevaban al mismo punto: no sabía hacer nada, nada le interesaba en concreto, no podía desempeñar ningún trabajo que compensara en pesos y centavos dejar su casa y su hijo en manos mercenarias. Buscó entonces una explicación a su situación particular. Hurgó con manos despiadadas entre sus recuerdos de la infancia y adolescencia; retadora, evocó la educación y costumbres que sus padres le inculcaron, las angustias y sueños de su juventud; pensó en su marido y en los ideales burgueses que regían su vida actual. Amontonó traumas, frustraciones y complejos, los puso en orden, lo catalogó, todo en vano. El culpable no aparecía. Y entonces la luz se hizo en su interior. Se sonrió ante el espejo, tranquila y reconciliada con ella misma al descubrir la verdad, su verdad: “nací para vaga, de plano lo admito, lo asumo conscientemente y trascendió así mi destino”.
Y siguió siendo feliz.

Ana F. Aguilar
No. 74, Octubre-Diciembre 1976
Tomo XII – Año XII
Pág. 83

Libertad bajo palabra

Era una pintura muy interesante. De la escuela figurativa. Un doloroso realismo llameaba en el conjunto y ya en detalle cada pincelada era como una luminosa vibración de la sensibilidad del artista. Toda la imprevista constelación de colores y sombras, la aspereza y tersura de la perspectiva, el ritmo de los volúmenes sobre la diáfana desnudez del espacio se conjugaban en la figura de un hombre. Un ser humano en un instante único y múltiple de su vida donde se resumían todos los minutos, horas, días y años ya vividos y donde lo acechaban insaciables esos mismos fragmentos de tiempo que aún tenía por vivir. Un perpetuo movimiento plasmaba en la tela de diaria rutina de los actos y deseos de este hombre, el nebuloso perfil de sus añoranzas o presentimientos, su gloriosa soledad, sus temores, su orgullo y desamparo. Todo esto y más y menos se delineaba y esfumaba dentro de los límites del marco. Allí estaba cuando reía y jugaba con su hijo y bebía vino con sus amigos y hacía el amor con su mujer, sus insomnios, la campana del despertador todas las mañanas, la piedra de Sísifo de su diario trabajo. Un día este hombre supo, tal vez nada más lo presintió, que no era únicamente una pintura. Y entonces se salió del marco y caminó, seguro y confiado, por la desierta galería que se abría ante él. No pensaba o anhelaba nada en concreto, sólo sabía que era libre y que iba al encuentro de la luz callada y distante de las estrellas, de bosques y bosques de pinos, de lagos como sus sueños de adolescente pero de pronto se encontró manejando, de regreso a su casa, a las seis de la tarde, por el carril de en medio del Periférico, haciendo cálculos mentales de lo que tenía que pagar y de lo que le quedaba en el banco y deseando ardientemente llagar a su hogar dulce hogar a ver el partido de football en la T.V. Esperanzado se sonrió a solas y aceleró la marcha hasta plasmarse nuevamente en la ávida superficie de la tela.

Ana F. Aguilar
No. 74, Octubre-Diciembre 1976
Tomo XII – Año XII
Pág. 44

El tiempo, ese conocido


¡Es igualito a mi coche”, pensó. “La misma marca, el mismo modelo, el mismo color”. “Y hasta la dama que lo maneja se parece a mí”. “Pero más gorda y, por supuesto, más vieja”. Durante un largo trecho, a pesar de los vaivenes del tráfico, ambos autos siguieron casi paralelos. Y siguió manejando, tensa, divertida, preocupada, cavilando sobre semejanzas, coincidencias y parecidos, admirándose que el verdor de los árboles aún le causara tanta alegría, recordando que ya casi se le había acabado el gasto.

Tal parecía que nunca fuera a llegar a su casa, las calles se extendían interminables a su paso, claras, grises, angustiosamente familiares, como años ya vividos o años por vivir, era el mismo camino de siempre, el más directo, el que tenía menos topes y cruceros peligrosos y las esquinas se abrían de pronto como vibrantes presagios y en el horizonte se acumulaban nubes amenazadoras o nubes simplemente, nubes que se desvanecían cuando se les miraba. Por fin llegó. Al bajarse del auto se dio cuenta, vagamente que estaba cansada y que traía un raspón en la salpicadura. Entró a su casa, esperaba oír los gritos de su hijo de 4 años reclamando su acostumbrada dona pero todo estaba en silencio. Entró al baño y mientras se lavaba las manos se enfrentó, serena y confiada, al espejo. Su propia imagen la llenó de ternura, casi de respeto, se sintió indulgente, plena de tolerancia y buena voluntad. “El joven avisó que se quedaba a cenar con unos amigos”, gritó la sirvienta desde la cocina. Y ella, sin contestar, sonrió agradecida desde la luminosa profundidad del espejo.

Ana F. Aguilar
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 781

El primer hombre

Desde los espacios infinitos, a través de la transparente secuencia de los siglos, llegaron puntuales a la cita, tal como se había acordado en el principio y, sin embargo, nadie los esperaba, la cima donde lo dejaron entonces y donde quedaron en recogerlo estaba vacía; a sus pies, todo alrededor, bullía el silencio, más allá, en la distancia, se desmoronaban civilizaciones, historia, ciudades, eclipses, rumores, tiempo; sin duda había escogido quedarse, permanecer, perpetuarse en el caos; abordaron entonces la nave y partieron de regreso, esta vez para siempre. Ignoraban (errores de la cibernética) que era el Año Internacional de la Mujer.

Ana F. Aguilar
No 70, Julio-Diciembre 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 391

La resentida o así se pasa la vida

Una hermosa mañana de primavera, antes de bajar a cocinar, le sacó punta a su lápiz y se sentó por un rato a escribir. Empezó: lista de agravios que me ha hecho la gente (se terminó tres lápices). Lista de agravios que me ha hecho la vida (cargó cinco veces una pluma fuente). Lista de agravios que me ha hecho Dios (cargó la pluma otras dos veces). Lista de agravios que me ha hecho mi marido (acabó con tres bolígrafos), y no terminó todo lo que tenía que escribir. Pero ya estaba cansada, su mano, temblorosa, arrugada, sin fuerza, no daba para más; los ojos, cada vez más débiles, le ardían, se levantó con las piernas tiesas, encorvada, y apoyándose de las paredes y muebles que encontró a su paso llegó hasta la caja, forrada de terciopelo, que la esperaba en medio de la pieza. Se acomodó en ella, cruzó los brazos sobre su pecho y cerró los ojos. Más tarde alguien de la familia prendió las cuatro velas.

Ana F. Aguilar
No. 48, Septiembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 331

El cumpleaños adulto o los treintaitantos

Llegaron cargados de pasteles con velitas, regalos inútiles, besos y abrazos, flores, fotos, muchas fotos, buenos deseos. Pero ella, sin darse cuenta de su presencia, siguió sentada, sola dentro de ella misma, sola en toda la casa, absorta en una novela policiaca.

Ocasionalmente se levantaba a contestar el teléfono. La conversación era siempre la misma: “Gracias —tu siempre tan amable— a estas alturas más vale ni acordarse de que tiene uno un año más —no, no voy a hacer nada, mi muchacha se fue al pueblo por tres días— si, de verdad, es lo mejor —muchas gracias— saludos a todos”.

Y el tumulto bullicioso de recuerdos invadía insistente la soledad de su casa. Pero todo fue inútil. Ella siguió adelante con su lectura — a pesar de las voces de sus padres, ya muertos, y los gritos y las risas de sus amigas, desaparecidas a través de los años, y los abrazos de sus hermanos y tías y primas, tan ocupados ahora, tan llenos de compromisos ineludibles. Por fin supo quien era el asesino, nunca se lo hubiera imaginado. Sonrió intrigada y satisfecha, sin percatarse que las velitas de los pasteles se habían derretido todas y las serpentinas y las fotos se decoloraban irremediablemente y el papel de china de los regalos, ajado y roto, ya no servía para nada. Se levantó a preparar la cena. Cuando su marido llegó en la noche, la besó con el cariño de siempre y le dio un billete doblado en cuatro. “Te compras lo que quieras, mi vida; yo no tuve tiempo”, le dijo. Ella le sonrió agradecida, cenaron tranquilos, con apetito, y en los rincones, por debajo de las puertas, detrás de los cuadros, los recuerdos terminaron por desaparecer, uno a uno, ofendidos porque nadie los había tomado en cuenta, dolorosamente concientes, por vez primera, de su anacronismo e inutilidad en la vida de ella —su madre y su hija, su patria— razón de ser y no ser de ellos, los recuerdos que se tienen que olvidar.

Ana F. Aguilar
No. 48, Septiembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 267

Los costumbristas

En el closet donde guardaban los impermeables, el paraguas y la aspiradora, tenían una hermosa colección de máscaras, no muchas y de poca variedad pero de indiscutible buen gusto. Eran las máscaras de la felicidad.

Y cada día, al salir él para su trabajo y ella a hacer las compras o visitar a sus amigas, abrían las puertas del closet, tomaban al azar una de las máscaras y se la colocaban sin titubeos sobre la desnudez de sus rostros. Así protegidos salían a enfrentarse con la vida diaria. Cada noche, al recogerse en la intimidad de su hogar, poco antes o poco después de lavarse los dientes, se despojaban de sus respectivas máscaras y las guardaban nuevamente en el closet.

Pero sucedió lo que tenía que suceder: una noche ambos se olvidaron de quitarse las máscaras. Durmieron y se bañaron con ellas puestas e inclusive él se rasuró así. Hasta los dos o tres días cayeron en cuenta de su olvido. Pensaron despojarse de sus máscaras esa noche pero se les volvió a pasar. A la semana notaron que el material de las máscaras se había desgastado en las comisuras de la boca y alrededor de los ojos, como que se estaba diluyendo y mezclando con su propia piel, es decir, se estaba incorporando suave e irremediablemente a sus rostros.

A fines de ese mes empezaron las primeras lluvias y al sacar los impermeables y el paraguas encontraron que el resto de su hermosa colección de máscaras se había convertido en un montoncito de fino polvo rojizo. Usaron la aspiradora para desaparecerlo y se fueron de vacaciones a Acapulco.

El sol, el aire de mar, y las develadas terminaron el proceso de integración. Ahora se están despellejando pero todavía se ven felices, inclusive cuando están leyendo los dos solos el periódico.

Ana F. Aguilar
No. 43, Junio 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 512

¿Demagogias a mí?

(Cuento costumbista)

Había una vez un hombre y una mujer que vivían felizmente enajenados en una esteriotipada aunque hermosa zona residencial, enclavada entre los escombros cotidianos de la sociedad de consumo.

Él llevaba el pelo corto, se rasuraba todos los días y trabajaba de sol a sol, supervisando el diseño y fabricación de unos remotos objetos terriblemente útiles. Ella hacía dieta para adelgazar (justo cuando lo de Biafra) y compraba cosas y más cosas que se empezaban a gastar apenas pagaba por ellas y no servían cuando las trataba de usar.

Y, sin embargo, había armonía en su vida diaria, ambos se querían y se gustaban mucho y sabían gozar de su mutua compañía, a pesar del espíritu materialista de la época, de la estética oficial, del anquilosamiento del monopolio político, de la crisis de valores, de la despiadada presión de la competencia, del mercantilismo de los medios informativos, de la carencia de identidad, etc. etc. etc.

Condenados como mexicanos tipo a inventarse una máscara que los protegiera de la mirada ajena, vivían su soledad y desamparo aturdiéndose con la pedestre propaganda comercial y política, aferrados a los restos de un sistema inoperante por caduco. Ingenuos y optimistas creían estar gozando de los beneficios sociales de una Revolución sin darse cuenta que ésta blablabla para favorecer los intereses blablabla de una burguesía decadente, motivada por la producción en serie y el culto al artefacto.

Leían sobre guerrillas urbanas, presos políticos o manifestaciones de protestas y como si nada, al rato andaban cantando un comercial de refrescos embotellados. Amaban, respetaban y admiraban la solidez, la higiene, la disciplina y los lugares comunes. Hablaban con los adolescentes a través de una ventana pero nunca entendían nada. Se reían de los espejos y de la realidad ontológica y hasta dudaban que la abyección del hartazgo sobrepasara a la de la abyección.

Murieron felizmente inconcientes cuando una noche, al regresar del cine, la brecha generacional se abrió entre ellos y se los tragó con todo y auto.

Ana F. Aguilar
No 45, Septiembre-Octubre 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 715

La tribu perdida

Cuando bajaron de los árboles ya eran hombres. Temerosos y torpes en el principio, la curiosidad y el arrojo los fueron haciendo agricultores, artistas, comerciantes, científicos, hasta llegaron a la luna y regresaron.

Pero ya para entonces las mujeres habían subido a los árboles. Desenvueltas y confiadas en el principio, aprendieron a cocinar, lavar ropa, barrer y sacudir, tener hijos. La costumbre hizo el resto. Y su rastro se perdió durante el último Diluvio.

Ana F. Aguilar
No 41, Marzo 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 333

El culpable

Llegó muy acalorada de hacer sus compras, acomodó la carne y las verduras en el refrigerador y se sentó a descansar en la sala. Y entonces se dio cuenta, así de repente, que ya había leído tocas, absolutamente todas las novelas de Ágata Cristie. Una agobiante sensación de soledad y desamparo se apoderó de ella. Y ni a quién echarle la culpa. ¿A la editorial? ¿A los de la Librería de Cristal de a la vuelta de su casa?

Se quedó terriblemente quieta mientras en su interior bullían de súbito y al mismo tiempo más que recuerdos, evocaciones tenues y frágiles: sus miedos de niña, sus insomnios de adolescente, sus frustraciones de juventud, los encabezados de los periódicos.

Se levantó tarareando Love is Blue, se colocó con mucho arte una peluca rubia, cambió radicalmente su maquillaje, se colocó un par de guantes viejos y buscó en el buró de su marido, hasta encontrarlo, el veneno que éste usaba para lavarse los pies, como parte de un tratamiento que seguía para combatir el pie de atleta.

Pero entonces titubeó. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿A quién? Además esa noche tenía invitados a cenar. De inmediato sus ojos se iluminaron, nuevamente confiados y serenos. Se sentó y escribió a máquina una nota, por supuesto anónima, a renglón abierto y con mayúsculas sostenidas en la que le mentaba la madre, con palabras decididamente folklóricas, a la persona que recibiera la misiva. La dobló y la guardó en un sobre que dirigió a conocido financiero. Cuando fue por el pan la echó en el primer buzón que encontró. Esa noche quiso mucho a su marido.

Ana F. Aguilar
No 41, Marzo 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 297

Los que empedraron el camino

Era una editorial de buenas costumbres, hija de una familia decente y respetable. Su único capital, heredado desde el Apocalipsis y acrecentado a través de generaciones, era inteligencia y buena voluntad. Anhelaba la paz entre los hombres —el entendimiento y la tolerancia— y eso que no era época de Navidad ni había estadistas en su staff.

Decidieron entonces organizar un Concurso. El público respondió como un solo hombre, todos, absolutamente todos los que sabían leer y escribir en ese país quisieron participar: profesionistas, hombres de negocios, amas de casa, empleados, estudiantes, obreros, maestros; los de derecha, los de izquierda, los del centro, los de arriba, los de abajo; la clase media, los ricos nuevos, los viejos pobres, el poder juvenil, los burócratas, los extranjeros; los satisfechos, los añorantes, los ofendidos, los ociosos, los ilusos, los rebeldes. Todos se pusieron a escribir y enviaron sus múltiples y variadas contribuciones al Concurso.

Simultáneamente algo inusitado empezó a acontecer en todo el país. La gente estaba menos irritable y tensa, esto saltaba a la vista en las calles, las tiendas, las oficinas públicas. Todos parecían más relajados. Y los psicólogos, psiquiatras y demás directores espirituales empezaron a quedarse solos. El servicio de correos triplicó sus turnos y las papelerías se volvieron el negocio más próspero. La gente tomó un aspecto muy curioso: se veían vacíos, limpios de inhibiciones, resentimientos, obsesiones y deseos frustrados. Las estadísticas señalaron una baja notable en los actos de violencia pública y en el ámbito privado disminuyeron a lo mínimo las reyertas conyugales y demás fricciones de índole familiar.

La editorial estaba en el apogeo de su actividad y de su gloria profesional, no importaba el trabajo y el sacrificio que esto implicara mientras así vieran colmados sus más caros anhelos espirituales. Sin embargo, una extraña descomposición empezó a hacer presa de ella. Tal parecía que todas las angustias y tensiones, recuerdos y vivencias de que se habían librado los participantes del Concurso los habían asimilado de tal modo los encargados del mismo que los hicieron suyos durante la lectura y clasificación de los trabajos. Y ahora, más que en carne en alma propia, un solitario grupo humano sufría las consecuencias; el peso fue demasiado y el flujo y reflujo de imágenes más que incontenible era insoportable. En realidad no renunciaron en masa, se los llevaron a todos a una casa en el campo. La editorial cerró el Concurso y entregó el premio, como donativo, a la Asociación Nacional de Salud Mental. Los habitantes del país se fueron olvidando del mal hábito de escribir. Y la pátina del tiempo y el polvo hicieron el resto.

Ana F. Aguilar
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 506

El día perdido

Hoy fui a devolverle su paraguas a una amiga de por mi rumbo, no estaba, lo dejé con su sirvienta pero ésta no me reconoció, lo tomó de mis manos con desconfianza y vio a través de mí como si yo fuera transparente, me eché a caminar por la calle desconocida y familiar, dos, tres cuadras, luego una a la derecha, cruzo la avenida y doy vuelta a la izquierda pero allí no está mi casa, son la calle y los árboles de siempre, los mismos perros, el mismo aire, tal vez ya no sea la misma, sigo caminando y paso frente a la casa que no es mi casa, todo se ve en orden, el tapete del baño se seca en la ventana, llego al parque, lo atravieso, alguien me llama y volteo, es una vecina que se equivocó y se disculpa sonriente y apenada, Ana había dicho y ese es mi nombre, la conozco, vamos a la misma clase de cocina. Entro a la tienda de la esquina para comprar una lata de chícharos y salgo con una cajetilla de Raleigh, no me entendieron. Extiendo mis manos y la luz del sol hace brillar mi argolla de matrimonio, hago el intento pero no puedo recordar a mi marido, tan lindo y tanto que lo quiero, todavía esta mañana, a la hora del desayuno… es inútil, mejor sigo caminando. Definitivamente hoy no soy yo.

Ana F. Aguilar
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 515

Raices

“¿Dónde está tu jardín?”, le preguntaron una vez sus padres cuando era chica. “No sé, por ahí debe estar, o tal vez lo perdí”, les contestó. Ya no recuerda si la regañaron por su descuido y sólo sabe que estuvo triste durante muchas horas o días, quizá meses.

El caso es que creció y fue a la escuela, trabajó muchos años en una oficina, leyó, viajó, quiso y dejó de querer, se admiraba de todo o casi todo, a veces se aburría, llegó a sentirse sola, tenía muchos amigos, soñaba paisajes interiores, manejaba su auto con cuidado. Escribía en sus ratos de ocio, que eran muchos, acerca de todo lo que no le sucedía, por lo tanto escribía sin cesar. Por un tiempo creyó que lo que buscaba era un camino, luego pensó sucesivamente que era a Dios, el Amor, la verdad, un hombre, un hogar, la libertad.

En esas andaba, confusa pero contenta, cuando se casó. Es muy feliz. Ahora busca cosas más concretas: criadas, recetas de cocina, tratamientos de belleza, electricistas, jardineros, tintorerías buenas.

No se había vuelto a acordar de él, ni siquiera cuando había reminiscencias de su infancia o cuando le enseñaba a su marido su álbum de fotos de aquella época. Y una noche que regresaba de comprar el pan, al alzar la vista, vislumbró su jardín perdido en el fondo inmediato de una hermosa noche estrellada. Allí estaba, como un puerto. Al mismo tiempo verde, azuloso, dorado, ocre y sepia, pasado de moda, familiar y querido, dulce dolorosa impalpable realidad hecha visión. En un instante lo aprehendió, lo hizo suyo nuevamente y lo conservó, húmedo y susurrante, en la tibieza de su interior.

Esa noche intentó comunicar su hallazgo a su marido pero al rato de estar conversando con él se le olvidó. Había pequeñeces tan importantes que discutir. Al día siguiente no recordaba qué es lo que tenía que contarle a su marido: un sueño, un presentimiento, una mentira. Dejó de pensar en ello y se puso a hacer cuentas: esa quincena le había sobrado dinero, se sentía contenta, con la piel tensa, como si tuviera el cuerpo lleno de canciones de protesta y pinturas abstractas. A los nueve meses tuvo un hijo.

Ana F. Aguilar
No. 40, Enero-Febrero 1970
Tomo VII – Año V
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