La conservación de la distancia

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El hecho ocurre en la calle Royale. Es muy tarde. Ya no hay nadie en las calles; d’ Aurevilly, que esa noche había bebido mucho vino blanco en compañía de su amigo X., se pone a hacer aguas menores. Pasa un guardia municipal: “Caramba señor, lo menos que puede hacer es acercarse a la pared”. Porque Barbey conserva el sentido de las distancias. Y ahora se vuelve y dice:

—¿Pretende acaso que me desuelle?

André Gide
No. 33, Noviembre – 1968
Tomo V – Año VI
Pág. 45

Imaginativo

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Veinte minutos de inhalación; dos veces al día. ¡Mortal!

—¿En qué piensa usted mientras está bajo el chorro de vapor?

—En toda clase de cosas: en la muerte, en mi hermano Joseph…

—Creí que usted no tenía hermano.

—¡Oh! Eso no impide que piense en él.

André Gide
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 128

El narrador

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Había una vez un hombre a quien amaban porque contaba historias. Todas las mañanas salía de su aldea, y cuando volvía al atardecer, los trabajadores, cansados de haber trajinado todo el día, se agrupaban junto a él y le decían: “¡Vamos! Cuéntanos qué has visto hoy.” Y él contaba: “He visto en el bosque un fauno que tañía la flauta y hacía bailar una ronda de pequeños silfos.” “Cuéntanos más, ¿Qué has visto?”, decían los hombres. “Cuando llegué a la orilla del mar vi tres sirenas al borde de las olas, que con un peine de oro peinaban sus cabellos verdes.”

Y los hombres lo amaban, porque les contaba historias.

Una mañana dejó su aldea como todas las mañanas; pero cuando llegó a la orilla del mar, he ahí que vio tres sirenas, tres sirenas al borde de las olas, que peinaban con un peine de oro sus cabellos verdes. Y continuando su paseo, cuando llegó al bosque vio un fauno que tañía la flauta a una ronda de silfos.

Este atardecer, cuando volvió a su aldea y le dijeron, como las otras noches: “¡Vamos! Cuenta, ¿qué has visto?”, él contestó: “No he visto nada”.

Contado por Oscar Wilde a André Gide
No. 8, Diciembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 87

El juicio

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Entonces se hizo un gran silencio en la cámara de la justicia de Dios. Y el alma del pecador avanzó desnuda ante Dios.

Y Dios abrió el libro de la vida del pecador.

—Ciertamente tu vida ha sido pésima. Tú has… (seguía una prodigiosa, maravillosa enumeración de pecados). Puesto que has hecho todo eso, ciertamente te he de enviar al Infierno.

—No puedes enviarme al infierno.

—¿Y por qué no puedo enviarte al infierno?

—Porque allí he vivido toda mi vida.

Entonces se hizo un gran silencio en la cámara de justicia de Dios.

—Pues bien: ya que no puedo enviarte al Infierno, te enviaré al Cielo.

—No puedes enviarme al Cielo?

—Porque jamás he podido imaginarlo.

Y se hizo un gran silencio en la Cámara de la justicia de Dios.

Contado por Oscar Wilde a André Guide
No. 8, Diciembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 76

El discípulo

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Cuando murió Narciso, las flores de los campos se sintieron desoladas, y pidieron al manantial gotas de agua para llorarlo.

—¡Oh! —les respondió el manantial—, aún cuando todas mis gotas fuesen lágrimas, no tendría yo mismo bastante para llorar a Narciso, tanto lo amaba.

—¡Oh! —replicaron las flores del campo—; cómo no habías de amar a Narciso! ¡Era tan hermoso!

—¿Tan hermoso era? —preguntó el manantial.

—¡Y quien mejor que tú para saberlo! Cada día, inclinando sobre tu ribera, contemplaba en tus aguas su belleza.

—Si lo amaba —respondió el manantial— era porque cuando se inclinaba sobre sus aguas, yo veía el reflejo de ellas en sus ojos.

Contado por Oscar Wilde a André Guide
No. 8, Diciembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 27

A buen entendedor

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La suegra de Davidson (que está haciendo mi busto y en cuya casa almuerzo hoy), exquisita anciana de 82 años, al preguntarle yo, después de comer y a punto de encender un cigarrillo, si el humo le molesta, nos cuenta que la misma pregunta le hizo antes del 70 Bismarck, en el tren, entre París y Saint-Germain, estando los dos solos en el compartimiento. Ella le contestó en seguida:

—Señor, no puedo decírselo. Nadie hasta ahora ha fumado delante de mí.

Al parecer, Bismarck hizo inmediatamente que el tren se detuviera para cambiar de compartimiento.

André Gide, en DIARIO
No. 18, Noviembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 516

Contrapeso

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Sucede que, en ciertas asociaciones, conyugales o amistosas, que suponen la vida en común, el buen sentido de la pareja o de la yunta, queda en cierto modo indiviso y que el exceso de uno de los consortes provoca, a manera de contrapeso, un exceso contrario del otro consorte. Así, el exceso de piedad de la mujer puede llevar al marido al ateísmo; el uno se hace más negligente a medida que el otro, que era sólo ordenado, se hace más minucioso; el uno más avaro a medida que el otro más pródigo. Si el uno pone todo bajo llave, el otro, al contrario, deja todo tirado. Análogamente, vemos en las mandíbulas de los roedores que un diente del maxilar inferior se alarga cuando falta el diente correspondiente del maxilar superior.

André Gide
No. 32, Septiembre 1968
Tomo V – Año V
Pág. 799

Muda completa

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Me he dado cuenta hacia el mediodía de que mi mal humor de esta mañana, a pesar de una noche de sueño excelente, como no había conocido desde hacía tiempo, se debía también y sobre todo a que no estaba afeitado, a que mi cuello estaba sucio, a que tenía el traje todo arrugado después de dos noches de acostarme vestido, a que mis zapatos estaban sin lustrar, etc. Mi mirada, mi ánimo, no podían fijarse en sitio alguno que no les hiciera daño… una llamada por teléfono de Monthertant vino muy a punto, como un canto del gallo, para poner en fuga a los fantasmas crepusculares. He subido a lavarme, afeitarme y cambiarme de ropa interior, traje y pensamientos.

André Gide
No. 32, Septiembre 1968
Tomo V – Año V
Pág. 791

Salidas infantiles

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En casa de los Van Rysselberghe, se citaban salidas infantiles. Aunque las “frases de niños” me fastidian por lo general, consigno aquí las que me parecieron mejores.

El pequeño Bonnier a quien le preguntaron qué hacía en clase:

—Esperar que salgamos.

Tratan de que Francis Y. se compadezca de los padecimientos de Cristo en la Cruz y se indigne contra los miserables que lo han clavado en ella. El chico mira al crucifijo de la pared y dice:

—Tenían que clavarlo para que se mantuviera así.

Cito al pequeño Gérard, quien, cuando le daban una zurra, decía llorando:

—¡Es una pena!

Entre las frases más bonitas, está la de la pequeña Elizabeth, la hija de Théo Van Rysselberge. Un día se hizo un corte y, aterrada al ver correr su sangre, corrió hacia sus padres gritando:

—¡Estoy perdiendo toda mi salsa!

Cuando se le enseñaba a leer, se ayudaba a su memoria por todos los medios. Se le decía que, con A, se hace Alicia; con B, Berta; con T, Théo, etc.

Cuando al día siguiente, le hicieron repetir las letras, le preguntaron: “¿Y con T?” A lo que la niña contestó enseguida: “Con T se hace papá”.

Esta otra frase, del pequeño Claude Laurens. En una merienda de niños, en la que se preguntaba a cada cual qué desearía hacer de mayor, se le oye en esto declarar: “Yo, me casaré con una mujer fea”. Y ante el estupor general añade: “Para hacer reír a mis amigos”.

André Gide
No. 32, Septiembre 1968
Tomo V – Año V
Pág. 766

La modelo

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Natanson me cuenta estas palabras de Maillol:
—¡El modelo! ¡El modelo! ¿Qué me importa a mí el modelo? Cuando tengo necesidad de informarme, voy en busca de mi mujer a la cocina, levanto la falda y ya tengo el mármol.

Todo esto dicho con un fuerte acento del Mediodía.

André Gide
No. 32, Septiembre 1968
Tomo V – Año V
Pág. 751

Singular

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Son muchas las tonterías que se dicen acerca de la sinceridad, cuando se trata de menospreciarla; es que resulta muy fácil, fingiendo que se la ocnfunde con cinismo, exhibisionismo, etc. Hasta Válery ha dicho sobre este asunto muy lindas bobadas.

La señora Théo me contaba esto de Catherine: sólo tenía meses cuando tuvieron que someterla, a causa de una oftalmia purulenta, a una pequeña intervención quirúrgica, muy dolorosa, por breves instantes al menos. Catherine lanza alaridos y se calla de pronto. Y el médico exclama: “¡Caramba! Esto no es corriente. ¡Una criatura que deja de gritar en cuanto deja de sufrir!”.

André Gide
No. 31, Agosto 1968
Tomo V – Año V
Pág. 679

Jardín inverosímil

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Latomías; jardín cerrado; cavernas; vegetales de calabozos; delicado murmullo de la fuente de Venus; lianas. Era aquí, en estas canteras abandonadas, donde se encerraba a los prisioneros. El aire denso, pesado y húmedo, estaba espantosamente saturado del perfume del azahar. Hemos mordido unos limones poco maduros; se aplacaba de pronto el primer sabor, intolerablemente ácido; luego, sólo quedaba en la boca un perfume inverosímilmente delicado. Es un lugar de estupros, de asesinatos, de pasiones abominables; uno de esos jardines subterráneos de que nos hablan los cuentos árabes y donde Aladino busca frutas que son piedras preciosas; donde el primo del calender se encierra con su hermana y amante; donde la mujer del Rey de las Islas acude de noche junto al esclavo negro herido al que mantiene en vida con sus encantamientos.

André Gide
No. 31, Agosto 1968
Tomo V – Año V
Pág. 662

Trivial


Me levanto poco antes del amanecer, después de una noche bastante buena; un viento bastante fuerte ahuyenta las nubes bajas; cielo de pizarra; no hay ni un rayo, ni una sonrisa del cielo a la tierra; árboles desnudos; enormes vuelos giratorios de chovas y de cornejas por encima de la avenida y del patio de la granja. Admirable unanimidad de todos los elementos del paisaje; iba a decir: sinfonía. En su género, no puedo imaginarme nada más bonito. Se hubiera dicho un cuadro pintado por una artista con un sentido extraordinariamente sutil y agudo de las conveniencias. Y no sobra nada. Un poco después, los tonos se reanimaron; la sinfonía se complicó; el hechizo quedó roto. Ya no era más que un trivial paisaje de invierno.

André Gide
No. 30, Mayo 1968
Tomo V – Año V
Pág. 556

André Gide

André Gide

(París, 1869-id., 1951)

 

Escritor francés. Los efectos de una educación rígida y puritana condicionaron el principio de su carrera literaria, que se inició con Los cuadernos de André Walter (1891), prosa poética de orientación simbolista y cierto tono decadente. Se ganó el favor de la crítica con Los alimentos terrestres (1897), que constituía una crítica indirecta a toda disciplina moral, en la cual afirmaba el triunfo de los instintos y la superación de antiguos prejuicios y temores.

Esta exigencia de libertad adquirió posteriormente expresión narrativa en L’immoraliste (1902), La porte étroite (1909), Isabelle (1912) y la Symphonie pastorale (1919). Después del éxito de Los alimentos terrestres, publicó Prometeo mal encadenado (1899), reflexión sobre la libertad individual, obstaculizada por los remordimientos de conciencia. Idéntica preocupación por lo moral y la gratuidad reflejan Los sótanos del Vaticano (1914) y Corydon (1924), esta última un diálogo en defensa de la homosexualidad, que supuso un auténtico escándalo.

Participó en la fundación de La Nouvelle Révue Française (1908) y publicó ensayos sobre viajes, literatura y política. Los monederos falsos (1925) es una de las novelas más reveladoras del período de entreguerras y gira en torno a su propia construcción y a la condición de escritor, aunque su obra más representativa tal vez sea su Journal (1889-1942), que constituye una especie de Bildungsroman (aprendizaje de novelista). En el año 1947 fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura[1].

Imaginativo


Veinte minutos de inhalación; dos veces al día. ¡Mortal!

—¿En qué piensa usted mientras está bajo el chorro de vapor?

—En toda clase de cosas: en la muerte, en mi hermano Joseph…

—Creí que usted no tenía hermano.

—¡Oh! Eso no impide que piense en él.

André Gide
No. 30, Mayo 1968
Tomo V – Año V
Pág. 544