Guadalupe (Pita) Amor

Guadalupe Amor

Guadalupe (Pita) Amor

Sus padres fueron Emmanuel Amor Subervielle y Carolina Schmidtlein García Teruel, miembros de una aristocracia que, ya para 1940, vivía más de recuerdos que de realidades. El dinero, las haciendas, las cuadras de caballos: todo se había esfumado. Sólo quedaban una enorme casa en Abraham González 66, la cocinera, la nana y el mozo.

Fue la menor de siete hermanos, Pita fue la niña que lloraba y temía a la oscuridad, era la niña que paralizaba la cuadra entera con sus terribles berrinches. En su juventud Guadalupe Amor fue actriz y modelo de fotógrafos y pintores destacados, entre ellos Diego Rivera, Juan Soriano y Raúl Anguiano. Fue a su vez amiga de Frida Kahlo, María Félix, Gabriela Mistral, Salvador Novo, Pablo Picasso, Juan Rulfo, Alfonso Reyes y Elena Garro entre muchos otros grandes intelectuales, en particular del México de los años 50. Tenía la costumbre de vestirse con mantones, capas y no usar ropa interior ni medias. Forjó en su poesía los temas metafísicos, caracterizándose por sus expresiones directas y desencadenadas, siempre en primera persona, en ellos se observa una clara influencia de Sor Juana Inés de la Cruz, Francisco de Quevedo y Luis de Góngora.

Mujer controversial por su forma de ser y su modo de vida. Tenía una personalidad avasalladora, que no se dejaba dominar por nadie. Nunca pasaba inadvertida. Fue una mujer que vivió intensamente; aceptó por igual placeres y amarguras. Su primer escándalo público fue a los 18 años al convertirse en amante de José Madrazo, un rico ganadero de 60 años, dueño de la ganadería de toros La Punta­ con quien mantuvo una larga relación que abrió una época de provocación al mundo. Se le involucró también en otros romances con toreros, pintores, artistas y escritores.

Hermosa, apasionada y polémica, fue apadrinada poéticamente por Alfonso Reyes, quien se refirió sobre ella “(…) y nada de comparaciones odiosas, aquí se trata de un caso mitológico”. Pero también Pita fue de escándalo en escándalo, se le involucró en romances con toreros, pintores, artistas y escritores, pero igualmente fue precursora junto a Nahui Ollin de lo que después se llamaría liberación femenina.

Cuando tenía 41 años decide tener un hijo, que al sentirse incapaz de criar decide dar en custodia a su hermana mayor, Carito. Sin embargo ocurrió una tragedia que la marcaría para toda su vida. Manuelito, como se llamaba su hijo, muere ahogado en una pileta con agua, a la edad de un año y meses. Este evento le provocó una gran crisis; no deseaba ver a nadie, su vida personal se volvió silenciosa de un día para otro, se alejó y descuidó su aspecto físico.

Pasado el tiempo, aparece nuevamente en los setenta, como una mujer insolente y arrebatada pero diferente. Después de diez años, en 1974 ofrece un recital en el Ateneo Español. Recitó poesía mexicana, desde Sor Juana hasta Pita, pasando por Salvador Díaz Mirón, Manuel José Othón, Manuel González Montesinos, Alfonso Reyes, Enrique González Martínez, Renato Leduc, Xavier Villaurrutia, Ramón López Velarde, Roberto Cabral del Hoyo. El recital tuvo un éxito enorme, también volvió a dar entrevistas para la televisión.

Pita Amor no era solo una poetisa más, sino que supo ganarse el nombre de musa no sólo para intelectuales, también para políticos y gente del espectáculo. Con una personalidad atrayente e impositiva, con la locura de su amigo Salvador Dalí y los desplantes de María Félix, pero eso sí, con la ecuanimidad de Ricardo Garibay y las extravagancias de Juan José Arreola. La poetisa Pita Amor, la real y verdadera undécima musa.

Finalmente se quedó sola y murió en el año 2000, en un largo silencio que la mantuvo en cama por más de dos años, pero acompañada de los fantasmas que siempre quiso olvidar: la soledad, el abandono y la muerte[1].

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Los globos

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Con sus blancos vestidos de piqué bordado en punto de cruz; con sus zapatos nuevos, con sus caras gordas de muñecas obedientes y con sus cuatro y cinco años apenas, estaban sentadas en la escalera del edificio esperando a sus padres, a sus nanas y a la vida.

Inocentes, sostenían unos grandes globos azules como el cielo.

Su presencia paralizaba el domingo. Eran tan frescas, tan reales que abolían la idea de la muerte.

Parecía que iban a soportar millares de domingos en la misma postura, con los mismos trajes, felices, colgadas de sus globos azules. Cielos irrompibles y eternos.

Pasó aquel domingo y por las noches sus globos marchitos perdieron para ellas su potencia de eternidad.

Guadalupe Amor
No. 63, Febrero-Marzo 1974
Tomo X – Año IX
Pág. 432