Navidad en Technicolor

Amo la Navidad sobre todas las cosas. La amo apasionadamente porque se viste con mil colores que alocadamente irrumpen por la ventana de mi habitación, llenándola —como afirma mi madre— de fiesta y de embriagueces dedicadas a los ojos de los hombres…

Amo la Navidad porque en el más acogedor rincón de mi casa, al lado de los leños que en la chimenea dan pequeños grititos de gozo al dejarse acariciar la piel por la sensual lengua de las llamas, está el verde esmeralda del Árbol de Navidad: verde en sus ramas, plateado en sus hojas abrazadas por el heno y las esferas multicolores; blanco por el ingenuo algodón que aspira ser escarcha femenina; luminoso como soles por el polvo de oro con que maquillan el césped simulado en el que se clava su tronco color tabaco…

Amo la Navidad porque para mí es luz y color; porque es cohete travieso que estornuda y arroja cascadas de arenitas policromas; porque es velita de cera, pudibunda y discreta, que parpadea con el pabilo que le ilumina el talle esbelto y colorado… porque es piñata de mejillas ruborizadas y vientre de barro acariciado con corsets de papel crepé y de china de mil colores… porque es caramelo de menta blanca, de sonrosado sabor a fresa y de tierno verde limón…

Amo la Navidad porque es cascada infinita de luz, de brillo, de estrellas parpadeantes, de estallidos cromáticos de serpentinas y de mil colores que me guiñan el ojo desde su refugio de confites…

Amo la Navidad porque mi madre así me la describe jubilosa, mientras, sin vida, sin luz ni calor… mis ojos muertos y ciegos por el tracoma, se agitan nerviosos y navideños dentro del silencio de sus cuencas agigantadas e insensibles…

Héctor Manuel Romero
No. 37, Julio-Agosto 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 536

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Cuando se quiebra la monotonía médica…

Congelada, la paciente lleva siete meses en su cámara individual de poliestireno herméticamente sellada, en el Centro Médico de Hibernación. Cáncer, sabe usted, en un seno. Cáncer actualmente incurable… probablemente curable en el futuro, cuando despierte después de diez años de hibernación voluntariamente solicitados, la paciente encuentre, quizá, una ciencia más apta en aquello de aliviar cánceres.

Siete meses en que a diario es abierta la cámara de hibernación para practicar el rito médico de vigilarle presión, corazón, metabolismo, grado de hibernación, etc. Rito monótono, monocorde, desesperantemente igual todos, todos los días.

Hoy —¡por fin!— se quiebra la monotonía; en su sueño congelado de siete meses, la paciente presenta síntomas de embarazo.

De embarazo de treinta días.

Héctor Manuel Romero
No 41, Marzo 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 264