El teorema de los espejos

El primero que despertará será el pez…
Junto a las criaturas de los espejos
combatirán las criaturas del agua.”
J. L. Borges

 

He descubierto que la esencia de los nudos consiste en la formación de espacios interiores. Sé también, después de largas experiencias con cuerdas y espejos, que la creación de un álgebra para la descripción formal de nudos es una tarea inútil y tediosa.

Estas son las entidades que había propuesto en mi teorema: existe un pez de plata, un mar sin límite y una red sin forma definida. Las cuerdas son simplemente la cauda y la turbulencia del pez en el mar.

Para nosotros, los seres de Humus, que hemos criado nuestra razón en una geometría de simetrías irreductibles, no tardó en aparecer una entidad más. El pez de plata es como un espejo vivo, un ser de vitalidad acuática: en su cuerpo se reproducen todas las creaciones del universo, todas las creaciones de su movimiento. Pero un movimiento así no puede ser un reflejo simplemente, dondequiera que esté organiza un espacio, un mundo.
Soy yo, sin embargo, quien decide las líneas recorridas por el pez, soy yo quien forma cristales y nudos, vida y acción de giros izquierdos y derechos. Reclamo mi lugar en el universo que he creado.

Sé también que si existe alguna grandeza en este mundo, no consiste en predecir un destino impuesto, sino en librarse de él. Así pues, mi voluntad se extiende en dimensiones lejanas y momentáneamente, como un acaecer del misterio entre la vida, soy un pez. En cada una de estas escamas de plata se dibujan las líneas de un mensaje. Se trata de algo más que redes y nudos formales, pues una vez que mi propia voluntad se ha reconocido en el teorema de los espejos y su azogue acuático, mi propio ser amenaza con saltar fuera del mar, de los espejos y el espacio. Pero entonces ¿qué será del mundo?

Hugo Alberto Acuña S.
No. 92, 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 572