Asalto de película

No intentes ningún truco —dijo— y desde ahí conocí que esto se estaba desarrollando en una forma demasiado familiar. Sonreí, por un momento no supe qué decir y evoqué escenas de películas. Pensé que en casos como estos sólo saben dos tipos de reacciones.

Me explicaré, uno en su papel de asaltado (porque esto es un asalto) puede estarse quieto o rebelarse. Esto, de acuerdo al tipo al que pertenezca el objeto del atraco; héroe o cobarde. El héroe finge, aguanta quieto —un poco solamente— y de repente zas, patada a la pistola —o cuchillo dependiendo del caso—, rodillazo en la panza —ayy— y un golpe de canto en la parte superior del cuello. Para lo anterior es indispensable que el salteador esté agachado doliéndose del abdomen. Si está solo, lo pateas en el suelo —una vez, no está bien visto el ensañarse— y si son dos los malditos al otro lado sólo le echas una mirada de gallito bravo y, por supuesto, huye cobarde y que no te vuelva a ver porque no te la perdono…

La otra reacción es la que yo pensé adoptar; el primer paso es el mismo, aguantar. Sólo que aquí se aguanta hasta el final, te dejas quitar el dinero sin protestar y tratas de que no te den un chingadazo. Yo debí estar pensando todo esto a la velocidad en que se piensa en el metro. También debí haber sonreído porque el malo gritó de qué se ríe ese cabrón pendejo pues que no me oyó.

Sí lo había oído —y obedecido además— pienso al sentir el cuchillo que sale de mi abdomen seguido de sangre, de veras, roja y mía, mientras que el hombre aquel, quien seguramente nunca se quedaba hasta el final de la función, espera tranquilo que me derrumbe para quitarme la cartera.

Juan Ramírez
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 86

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Antes… ayer

Un día despertó, estiró los brazos y vio a su lado una mujer que no le era del todo desconocida. Se levantó, y mientras el agua y el jabón le bajaban por su asombro, pensaba…

—Apúrate papá, voy a llegar tarde a la universidad.

Es mi hija —se dice en voz alta— y siente que la vida le ha jugado sucio.

Juan Ramírez
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 73