El perro muerto

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Jesús llegó una tarde a las puertas de una ciudad e hizo adelantarse a sus discípulos para preparar la cena. Él, impelido al bien y a la caridad, internose por las calles hasta la plaza del mercado.

Allí vio en un rincón algunas personas agrupadas que contemplaban un objeto en el suelo y acercose para ver qué cosa podía llamarles la atención.

Era un perro muerto, atado al cuello por la cuerda que había servido para arrastrarle por el lodo. Jamás cosa más vil, más repugnante, más impura se había ofrecido a los ojos de los hombres.

Y todos los que estaban en el grupo miraban hacia el suelo con desagrado.

—“Esto emponzoña el aire” —dijo uno de los presentes.

—“Este animal putrefacto estorbará la vía por mucho tiempo” —dijo otro.

—“Mirad su piel —dijo u tercero—. “No hay un solo fragmento que pudiera aprovecharse para cortar unas sandalias.”

—“Y sus orejas” —exclamó un cuarto— “son asquerosas y están llenas de sangre”.

—“Habrá sido ahorcado por ladrón” —añadió otro.

Jesús les escuchó, y dirigiendo una mirada de compasión al animal inmundo:

—¡Sus dientes son más blancos y hermosos que las perlas! —dijo.

Entonces el pueblo admirado volviose hacia Él, exclamando:

—“¿Quién es éste? ¿Será Jesús de Nazaret? ¡Sólo Él podía encontrar de que condolerse y hasta algo que alabar en un perro muerto!”…

Y todos siguieron, avergonzados, su camino, prosternándose ante el hijo de Dios.

León Tolstoi
No. 17, Octubre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 347

León Tolstoi
No. 92, 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 514

El valor

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Según parece, en todo peligro cabe una elección: la elección que se hace bajo la influencia de un sentimiento mezquino es cobardía; porque al hombre que aventura su vida por vanidad o curiosidad o sed de lucro, no puede llamársele valiente; de otra parte, aquel hombre que rehúsa afrontar un peligro a causa de un sentimiento honroso de deber para con su familia, o simplemente porque su conciencia se lo dicta así, no puede ser un cobarde.

León Tolstoi
No. 121-122, Enero-Julio 1992
Tomo XXI – Año XXVIII
Pág. 6

Aprendizaje

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Durante las últimas tres semanas de marcha había aprendido otra verdad nueva y consoladora: que no hay nada en el mundo que sea terrible. Había aprendido que, del mismo modo en que no existen condiciones en que el hombre pueda ser feliz y eternamente libre, tampoco existen condiciones en las que tenga que ser infeliz y sin libertad. Aprendió que el sufrimiento y la libertad tienen sus límites y que esos límites están muy cerca el uno del otro: que la persona en un lecho de rosas con un pétalo arrugado sufría tan agudamente como él, que ahora dormía en la tierra húmeda con un costado helándose mientras el otro se calentaba; y que cuando se había puesto estrechas zapatillas de baile había sufrido lo mismo que ahora, cuando caminaba sobre pies descalzos cubiertos de llagas… Descubrió que cuando se había casado con su esposa —por su propia libre voluntad, según le había parecido— no había sido más libre que ahora, cuando lo encerraban en un establo por las noches.

Tolstoy, Guerra y paz, XIV: XII
No. 18, Noviembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 518

El mujik y los pepinos

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Una vez un campesino fue a robar pepinos a una huerta. En cuanto se deslizó hasta el sembrado, pensó: “Si consigo llevarme un saco de pepinos, los venderé y con ese dinero compraré una gallina. La gallina pondrá huevos, incubará y sacará muchos pollitos. Criaré los pollitos, los venderé y compraré un lechoncito. Cuando crezca tendrá una buena cría. La venderé para comprar una yegua, que, a su vez, me dará potros. Los criaré y los venderé; después compraré una casa y pondré una huerta. Sembraré pepinos, pero no permitiré que me roben. Pondré unos guardas muy severos, para que vigilen. Y, de cuando en cuando, me daré una vueltecita y les gritaré: “Eh, amigos, vigilad con más atención”. Sin darse cuenta, el hombre dijo esas palabras, en voz alta.

Los guardas que vigilaban la huerta se abalanzaron sobre él, y le dieron una buena paliza.

León Tolstoi
No. 51, Enero – Febrero 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 652

León Tolstoi

Lev Nikoláyevich Tolstói

Escritor y reformador ruso. Se le considera uno de los grandes de la literatura universal. Nació el 9 de septiembre de 1828 en la propiedad familiar de Yásnaia Poliana (sur de Moscú). Hijo del conde Nokolai Ilich terrateniente, y de María Nikolaievna, princesa Volkonskaia. Su primera infancia transcurrió en Yásnaia Poliana. En 1830 fallece su padre y cuando tenía nueve años, murió su madre. Los hermanos Tolstói fueron confiados a la tutela de dos tías paternas y en 1841 pasó a vivir con una de ellas en la ciudad de Kazán. Recibió educación de tutores franceses y alemanes y a los 16 años entra en la Universidad Kazán, donde cursó estudios de lenguas y leyes. En el año 1851 se incorpora al ejército y entra en contacto con los cosacos, que se convertirían en los protagonistas de una de sus mejores novelas cortas, Los cosacos (1863). Como militar, participó contra los guerrilleros tártaros en los límites del Cáucaso y en la guerra de Crimea, en 1853. Desde su juventud se esforzó por contribuir de manera práctica a la instrucción pública. La idea que inspiró su primer libro “Las cuatro épocas del desarrollo” es profundamente simbólica. En dicha obra se propuso describir el proceso de formación del carácter del hombre, desde los primeros años, cuando comienza la vida espiritual, hasta la juventud, cuando esa vida ha adquirido su forma definitiva. Concluyó una obra autobiográfica, Infancia en 1852, a la que siguieron otras dos, Adolescencia (1854) y Juventud (1856). Después aparece Sebastopol (1855-1856), tres historias basadas en la guerra de Crimea. Regresó a San Petersgburgo en 1856. Realiza viajes por el extranjero (en 1857 y 1861), visitando escuelas alemanas y francesas y, más adelante, en Yásnaia Poliana crea para sus campesinos escuelas y centros de trabajo. En 1862, se casó con Sofía Andréievna Bers, miembro de una culta familia de Moscú. Durante los siguientes quince años formó una extensa familia (tuvo quince hijos). Escribió sus dos novelas principales, Guerra y Paz (1865-1869) y Ana Karenina (1875-1877). Guerra y paz es un retablo de la vida rusa durante las guerras de Napoleón, siendo su obra maestra. Ana Karenina es una novela de costumbres de la sociedad rusa cuyo propósito moralizador no prevalece sobre su valor artístico. Alrededor de 1877 se convirtió al cristianismo. En Confesión (1882), se culpa de llevar una existencia vacía y autocomplaciente y emprende una larga búsqueda de valores morales y sociales. Escribe los ensayos Amo y criado (1894). En ¿Qué es el arte? (1898), realiza una condena de casi todas las formas de arte, y abogó por un arte inspirado en la moral, en el que el artista comunicara los sentimientos y la conciencia religiosa del pueblo. Escribe cuentos de carácter edificante, reunidos en el volumen Historias para el pueblo (1884-1885) y obras destinadas a lectores cultos, en las que se permite un mayor espacio para desarrollar su poderosa inventiva. La más conocida de estas obras es “La muerte de Iván Ilich” (1886). El cuento La sonata a Kreutzer (1889) trata de la educación sexual y el matrimonio; la obra teatral El poder y las tinieblas (1888) es una tragedia, y su última novela Resurrección (1899), es la historia de la regeneración moral de un noble hasta entonces falto de escrúpulos. Con 82 años, atormentado por la disparidad entre sus criterios morales y su riqueza material, y por las disputas con su mujer, que se oponía a deshacerse de sus posesiones, Tolstói, acompañado por su médico y la menor de sus hijas, se marchó de casa a escondidas en medio de la noche. Tres días más tarde, cayó enfermo de neumonía y, el 20 de noviembre de 1910, falleció en una estación de ferrocarril.[1]