Los irresistibles

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Un día estaba Dios pelando una naranja. De pronto, se acercó un niño; la criatura se quedó mirando cómo el Señor pelaba despaciosamente la naranja y, al término, con ambas manos partía la fruta y comía uno de los gajos. El niño continuó mirándolo. Entonces Dios le dio al infante toda la naranja; se levantó, sacudió su manto y acarició la cabeza del niño, que se quedó sonriente, complacido, devorando la naranja de cuyos gajos se metía hasta tres en la boca.

Desde esa vez, si un niño se acerca a un hombre que está pelando una naranja, se sabe que es para él.

Luis Alberto Chávez Fócil
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 114

El por qué el qué te importa

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Un día, en pleno desierto, estaba un hombre azuzando a un camello para que entrara por el ojo de una aguja. Lógicamente, el animal no entendía, daba de patadas y bramaba.

Se acercó un ángel que al ver la escena reprendió al sujeto, pero éste dijo que, “aunque tuviera que matar a la bestia y hacerla pedacitos para que pasara por el ojo de la aguja”, no cesaría en su empeño.

El ángel redujo al camello al tamaño de una pulga y lo hizo pasar por el ojo de la aguja. El hombre se quedó admirado, sorprendido por lo que acababa de ver. Entonces llegó el dueño del camello, vio a su animal dando de brincos en la arena, como un puntito minúsculo, y arremetió contra el ángel, que salió corriendo cubriéndose la cabeza.

Desde esa vez, ya nadie interviene (en las tareas imposibles) para ayudar a nadie.

Luis Alberto Chávez Fócil
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 23

Los que tuvieron alas

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Había una vez un ángel que tenía una amante, y entonces Dios le dijo:

—¡Eh! ¿qué haces? ¿Por qué tienes una amante?

Y el ángel contestó:

—Señor, estoy muy solo; a esta mujer la encontré en el Paraíso, igualmente sola, de manera que pensé…

—¡Insensato! —respondió el Creador—¡ninguna mujer puede ser amante de mis ángeles, aunque se encuentren muy solos!

—Pero, Señor…

Y Dios se fijó en la mujer. Era bellísima, alta, distinguida, de cabellos dorados y ondulados; tendría unos 17 años de edad. El Señor pensó: “es hermosa”, pero acto seguido los expulsó del cielo.

Desde esa vez, el ángel y la mujer andan juntos: ella convertida en “María” vende pepitas en la calle y él, en trompetista ambulante.

Luis Alberto Chávez Fócil
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 12

Salvaje oeste

Pat Morrison aceitaba tranquilamente su revólver y, de improviso, sintió en la nuca el frío cañón de una escopeta recortada…

—Mira hijito, que billete tan lindo —dijo la anciana James quien escopeta en ristre, se dedicaba a la venta de billetes de lotería y, lo peor, que se vanagloriaba de terminar primero que los demás.

—Abuela… este… yo…

—Tres dólares —dijo la anciana, y cortó cartucho.

El forzudo Morrison no tuvo más remedio; sacó un fajo y vio cómo dos billetes de a cincuenta dólares eran arrebatados por la anciana.

—Mi propina, que tengas suerte.

A la hora de la cena, Morrison no pudo más y dio un golpazo sobre la mesa de roble.

—¡Maldita sea!

—Oh, hijo, mira cómo dejaste esos huevos duros, ¿qué te pasa?…

—Madre, hoy fui vejado por esa anciana que vende billetes de lotería a la fuerza…

—¿La vieja James?

—La misma, y ese dinero lo iba yo a utilizar para comprar revistas porno, que son un buen negocio.

—¡Hijo! ¿y qué piensas hacer?…

—Nada, olvidar a la vieja.

—No, me refiero al puesto de revistas, es buen negocio.

—Oh mamá, tú a veces también me desesperas.

Dando un portazo, el rudo vaquero salió al corral y regresó de inmediato a colocarse las botas, ya que pisó una suciedad de gallina y se fijó que andaba descalzo.

—¡Todo está en mi contra! ¡Ah, pero esa maldita anciana me las va a pagar!

Morrison se dedicó a planear su venganza. Una tarde en que desde el cerro vio venir a la viejita, preparó su rifle y, ya que la tenía bien a tiro, vació la carga sobre su cuerpo. Acertó nada más catorce tiros; los borbotones de sangre salían por diferentes heridas, ya que las expansivas, para búfalos, habían hecho estragos. Morrison llegó hasta el cuerpo agonizante de la vieja.

—¡Así quería yo verte, vieja! —dijo Mórrison, mientras que con la punta del pie alejaba la escopeta recortada del cuerpo agujereado de la anciana, quien a vu vez hacía últimos y desesperados intentos por comunicarse con Morrison.

—Ttt… t… uu t

—¿Qué dices? ¡habla vieja! No comprendo cómo aguantas tanto si un búfalo apenas soporta uno de estos, habla, ¡o mira que te zampo otro plomazo y ahí sí que no me voy a tentar el corazón! ¡Habla!…

Acercando su oreja casi al nivel del suelo, Morrison se dispuso a escuchar el mensaje de la anciana.

—Ve… veve…

—¿Veve? —dijo el muchacho— ¿quién veve?…

—Ve… ve… venía yo… a… comu… ni… car… te… qu… e… te… aca… bass dee… sac… sacarrr… el pre… mio… mayor… de… la… lo… te… ría… eres… mi… llona… rio… Morrison…

La cabecita blanca de la anciana hizo el clásico giro (como que se quiebra, cayendo a un lado) y dio el último suspiro. Pat Morrison comenzó a trgar puñados de arena…

Luis A. Chávez
No. 105-106, Enero-Junio 1988
Tomo XVII – Año XXIII
Pág. 175

Los cangrejos

Los cangrejos se desplazan lateralmente, despacio, salen de su hoyito en la arena y mueven sus ojos-periscopios de un lado a otro para percibir al enemigo. Son sumamente tímidos y ante cualquier ruido extraño vuelven a meterse al hoyo. Testigos del mar y sus cabriolas, cabalgan en las noches sobre las espumosas crestas oceánicas y saben como nadie de los amoríos secretos de las delicadas gaviotas. Los cangrejos forman parte imprescindible de todo lo marino que, irremediable, es fuerte y es romántico (profundo y misterioso diría también un poeta), pero los cierto es que los cangrejos son deliciosos en chilpachole, o así nomás sancochados.

Luis A. Chávez Fócil
No. 105-106, Enero-Junio 1988
Tomo XVII – Año XXIII
Pág. 45

… de Luis Alberto Chávez Fócil

Por estos lares Ariel Lemarroy, mi amigo, excelente lector y escritor, no deja de contar una anécdota -él escribe en el Tabasco Hoy, de Villahermosa- donde refiere que, un día, fue a visitar las oficinas de EL CUENTO allá en México (el maestro Rulfo acababa de fallecer) y al enterarse en  EL CUENTO que Ariel era de por acá, del sureste, le preguntaron si de casualidad me conocía y, dijo que sí.

—Es que—le comentaron— “Luis Chávez hizo reír al maestro Juan Rulfo al leer Los Avispados” (la publicó EL CUENTO). Incluso Ariel ha publicado ese pasaje y parece ser que está más orgulloso que yo de ello. De nuevo gracias Alfonso, un abrazo.

-LOS AVISPADOS-

Y cuando la pequeña Lulú contrajo una gonorrea, sumió a Tobi en el más profundo de los caos.

Entonces, todos los niños del mundo preguntaron: Papá, ¿qué cosa es caos?

 

Luis Alberto Chávez FócilMuseo de Matamoros

Tapujos y cohechos

Seguramente, uno de los episodios que la historia norteamericana no consigna en aquel de la visita de Búffalo Bill a Nube Roja.

Los indios, escudados sagazmente en la inocencia de un niño, que era hijo de Toro Sentado, le comunicaron una tarde al Bill:

—Crazy Croat (rana loca, que así se llamaba el pequeño), haber aprendido primeras palabras de idioma cara pálida —le dijo solemne Sitting Bull.

—¿Sí?, que entusiasmo, no me digan —replicó el cazador de búfalos de larga y rubia cabellera.

—Entonces veremos —dijo Bill—, ¿cuáles son esas primeras palabritas?…

Y el niño, solemne como todos los indios, expresó:

—Son of a bitch.

Luis A. Chávez F.
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 159

El encuentro de dos hombres solos

A veces viene a verme, de carrera, mientras que afuera, en el auto, una jovencita guapa, y de seguro delgada, lo espera.

Casi no hablamos, quiero decir, no traspasamos los linderos de los monosílabos. Luego, se va, dejándome en la frente una película delgadísima de algo parecido a un beso, y yo suspiro, hondo y lejos.

Y vuelvo a contemplar el retrato de mi difunta esposa, a ver pasar el gato por la sala, a mis trabajos de bordado que tanto les extraña a mis vecinos.

Y mi hijo, veloz, a las carreras, acelera el auto y sin doblar se va derecho hacia las cifras, rumbo a las claves y codificaciones que, según me han dicho, forman una pelotera ya en el mundo.

 

Luis A. Chávez F.
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 156

Luis Alberto Chávez Fócil

Luis Alberto Chávez Fócil

Luis Alberto Chávez Fócil

2 de octubre 1949 Frontera, Tabasco, México.

 Estudió Teatro en la ciudad de México, donde cursó año y medio de cine en el CUEC (Centro Universitario de Estudios Cinematográficos), en la UNAM.  Periodista, radica en Minatitlán, Veracruz[1].

La música es así

Había una vez un grupo de muchachos que decidieron formar un conjunto de música moderna. Todo el día se la pasaban ensayando, y armaban tanto escándalo que la casita en dónde vivían se cimbraba por completo. Decidieron llamarse los Beatles.

Ante la música tan estrepitosa y continua, los ratones de la casa optaron por acostumbrarse a ella y eran tantos los ensayos de los muchachos, que los roedores decidieron formar su propio conjunto. A los muchachos les fue muy bien y se cambiaron de rumbo, grabaron discos y se hicieron muy famosos.

Los ratones decidieron ponerse Los Beatles. Ensayaban todo el día.
Y nuevos inquilinos llegaron a la casa.

Ante la música tan estrepitosa y continua, los inquilinos optaron por acostumbrarse a ella y eran tantos los ensayos de los ratones, que los arrendatarios decidieron también formar su propio conjunto. A los roedores les fue muy bien y se cambiaron de rumbo, grabaron discos y se hicieron muy famosos.

Los inquilinos decidieron ponerse Los Beatles. Ensayaban todo el día, y nuevos roedores…

Luis Alberto Chávez Fócil
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 153

Un saludo, Juan…


Todos los aparatos de la secreta base dieron la alarma, radares y sonares anunciaban el peligro y los veloces cazas bombarderos, las lanchas torpederas, los cruceros, todos, todos, todos ellos en cosa de segundos llegaron hasta el ubicado punto de peligro. El despliegue defensivo fue perfecto, pasmoso en su celeridad y en lo preciso, todas las armas apuntaban al océano. De pronto, salió, salió a la superficie. Era un extraño aparato, pintado de amarillo con unas flores pintadas en la proa, un submarino amarillo muy hermoso, inofensivo, del que salió John Lennon tocando su guitarra.

—Hi fellows— dijo, y comenzó el concierto.

Luis A. Chávez
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 183

Luis A. Chávez
No. 91, No. de 20 Aniversario – 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 406

La tartamuda

Muy lentamente, salió de su escondite oscuro y estrecho.

Era espigada y siniestra, metálica y fría, sin sentimientos. Pero, cuando hablaba, enrojecía y nadie quería escucharle (a excepción de los de su familia).

Esa ocasión, bajó del Cadillac y dijo:

—Ta, ta, ta, ta…

Y seis hombres cayeron muertos, atravesados por sus balas.

Luis A. Chávez F.
No. 83, Septiembre-Octubre 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 282