Alternativa

La máquina del tiempo se detuvo y salí al aire primaveral de las postrimerías del siglo diecinueve. Mi misión era impedir a toda costa el nacimiento de Siegfried Schmidt, el peor tirano de siglo veinte.

No me proponía ejercer ninguna clase de violencia; simplemente iba a localizar a un jovenzuelo llamado Johann Manfred Schmidt para regalarle treinta mil marcos de la manera más discreta posible. Tal suma le permitiría aliviar su precaria situación económica y trasladarse a Berlín para completar sus estudios, como siempre había sido su deseo, evitándole así el conocer a la que de otro modo llegaría a ser su esposa y la madre de Siegfied.

Después de haber cumplido satisfactoriamente con los detalles del plan delineado regresé al siglo veintiuno.

“¿A qué viene esa sonrisa bobalicona; Horscht?”. Me preguntó el doctor Steinitz amargamente cuando salí de la máquina del tiempo. “Has fracasado. Adolph Hitler apareció en la historia a pesar de tu intervención.”

Lo miré extrañado. “¿Adolph Hitler? ¿Quién demonios es ese Adolph Hitler?”

Manuel R. Campos Castro
No. 99, Julio-Agosto 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 529

Los cinco de la aurora

Bajaron del cielo los cinco de la aurora, bajaron los señores de bien y del mal. Del cielo bajaron los cinco señores del día.

Los cinco: Huitzilopochtli, broncíneo guerrero. Huitzilopochtli, señor de las esteras. Huitzilopochtli, el de los grandes músculos. Huitzilopochtli bajó.

Tonantzin, la madre. Tonantzin blanca, Tonantzin pura. Tonantzin de largos cabellos. Tonantzin que mandó a su hijo Quetzalcóatl, señor del maíz, a la tierra. Tonantzin también a la tierra bajó.

Quetzalcóatl, el señor blanco. Quetzalcóatl el barbado. Quetzalcóatl guerrero, Quetzalcóatl, señor del maíz. También del cielo bajo Quetzalcóatl.

Coatlicué, la vieja triste. Coatlicué la temida señora. Bajó también de los cielos estrellados Coatlicué.

Xóchitl, la niña pura. Xóchitl, fresca como la flor de cacto. Xóchitl, del color de las bayas de cacao. Por donde los pies de la niña Xóchitl pisaron la tierra, las flores se abrieron a su paso. Xóchitl.

El venado dijo: Mira que han bajado los señores de la noche de sus moradas celestes. Y mira que la raza de bronce sabrá salir triunfante ahora.

Y el tlacuache dijo: Porque han bajado del cielo los cinco del arcoirirs, los cinco del fuego han bajado a la tierra.

Y así hablaban el venado y el tlacuache. Porque los cinco señores dorados bajaron de los cielos.

En la noche los nahuales se quejaban. A la noche sus lamentos, sus quejas. Y el indio levantó la cabeza para oír a los nahuales aullar. Y el indio sonrió, porque sabía que el día del hombre blanco había terminado. Porque los nahuales les aullaban.

Porque los cinco de la noche bajaron a la tierra, los señores del bien y del mal. Porque de los cielos bajaron los cinco.

Huitzilopochtli

Tonantzin.

Quetzalcóatl.

Coatlicué.

Xóchitl.

 

Manuel R. Campos Castro
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 406

El horno

El ingeniero sacudió la cabeza. “No”, dijo, “no podemos detener el horno. ¿Tiene usted alguna idea de lo que cuesta sacar la carga solidificada, limpiar el horno de incrustaciones, poner una nueva capa de ladrillo refractario? Y no es sólo el gasto de mano de obra, entienda usted, sino el tiempo perdido. Un alto horno es una bestia torpe. No podemos permitirnos mantenerlo inoperante durante tanto tiempo”.

El otro levantó la vista para contemplar la torre alta y mugrienta, para apreciar el calor infernal que se filtraba hacia el exterior en la forma de una radiación rojiza. “Pero…”, comenzó.

El ingeniero lo interrumpió. “Mire, la empresa lo siente mucho, ya se lo he dicho. Aunque no fue culpa nuestra estamos dispuestos a indemnizar a los familiares con largueza. Lo único que no podemos hacer es detener el horno a media operación”.

“¡Pero esa carga contiene los restos de un ser humano!”

El ingeniero se encogió de hombros. “Pues sí. Lo poco que no se haya volatilizado. La mayor. La mayor parte del carbón ya debe estar en la atmósfera, junto con toda el agua y el nitrógeno. Puede quedar algo de fósforo como fosfatos, junto con el calcio, el hierro y trazas de algunos otros elementos. Una cantidad insignificante, en realidad. Ni siquiera lo suficiente para alterar de manera notable el análisis del producto final”.

“Algunas veces”, dijo el hombre, “ustedes los técnicos con sus actitudes pragmáticas me causan escalofríos”.

El ingeniero lo miró con cierta hostilidad.

Pero no dijo nada.

Manuel R. Campos Castro
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 406

Nomine patris

Pater. Nomine patris.

Malditos negocios. Nunca tiempo para nada; a veces se me psasn más de cuatro domingos sin poder ir a jugar golf. Mi esposa quiere que la lleve a Europa. Mi hijo anda metido en líos otra vez. ¿Por qué diablos tendrá que comportarse como un maldito junior?

Filius. Nomine filii.

Maldita sea. ¿Por qué tiene Gloria que ser tan anticuada? Cualquiera sabía que no estaba tomando píldoras, y ahora qué. Le digo que no tiene porque preocuparse, que yo le pagaré todos los gastos, que le conseguiré el mejor médico que se puede comprar. Pero no quiere. Que si su religión, que si su moral. ¡Paparruchas! ¿Cómo saldré de ésta? Yo no me caso, eso sí. Que se busque otro tontito.

Sanctus spiritus. Nomine ignoate rei.

Gabriel. Maldito estúpido. ¿Quién iba a pensar que el muy animal estaba enamorado de Gloria? ¡Oh, ese cuchillo! Se siente como una llama en las entrañas, devorándolo tod. Mira lo que has hecho, imbécil. Yo voy a dar al panteón, seguro, pero tú vas a dar al bote. Y ojalá y te pudras, jijo de tu… ¡Ay! Ya debo estar en las últimas. No veo nada, y el dolor se está pasando. Pero crece, crece y lo llena todo. ¿Qué irá a hacer papá? Se dará un golpe contra la calva y pondrá un moño negro en la oficina. A quien le importa. Me pregunto si Gloria va a tener un niño después de todo. ¿Qué le dirá de mí cuando crezca? Oh, ese maldito cuchillo…

Ignota re.

Manuel R. Campos Castro
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 406

De Méjico a México

Méjico: País imaginario inventado por la Real Academia Española de la Lengua, poblado por dragones, molinos de viento, y otros entes fabulosos del folklor ibérico. Está situado en la parte septentrional del continente imaginario de Latinoamérica.

Latinoamérica: Continente imaginario inventado por los gringos, poblados por siesta.sleepers, friendly-natives, tourist-guides, y otras razas subhumanas de la mitología angloamericana. Esta pegado, por olímpica condescendencia, al continente de America the Beautiful.

America the beautiful: Continente imaginario inventado por los gringos, poblado por superhombres, trae-blood-americans, y otros héroes y semidioses del folklor yanqui. Consta de cincuenta estados, un Puerto Rico, una zona del Canal, dos Vietnams, una Camboya, una luna, incontables bases navales y una franja insignificante de terreno ocasionalmente denominada Canadá.

México: País imaginario inventado por los mexicanos, poblado por machos, mujeres de su casa, charros, y otras abstracciones de la rica mitología hispano-náhuatl. Los idiomas oficiales son: el gallego, el mostacho, el andaluz, el catalán, el inglés, el francés, el pocho y el español. Limita al norte con el Otro Lado, al sur con Las Repúblicas Hermanas, al este con el Mar de Chanoc, y al oeste con París y el Ruedo Ibérico.

Manuel R. Campos Castro
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 405

Por mi dama

“¡Por mi honor y por mi dama!”, gritaron los caballeros al unísono y, lanza en ristre, se precipitaron el uno sobre el otro en jadeantes cabalgaduras.

El impacto fue terrible. Ambos hijosdalgo rodaron a la vera del camino, sin vida.

—¿Y por qué dama os batíais, mi noble adversario?, —preguntó uno.

—Por la excepcionalmente hermosa Doña Dorotea del Val Triste, virtuosa entre las doncellas. ¿Y vos?

—¡Por Doña Dorotea del Val Triste! ¡Defendeos, villano!

Y el chocar de las fantasmales espadas de los paladines de Doña Dorotea aún se escucha en la actualidad.

Manuel R. Campos Castro
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 404

Jus primae noctis

El señor feudal era un hombre alto, delgado y anguloso, de modales refinados. Los recién casados lo miraron azorados, con un pavor no exento de respeto.

“Vengo a reclamar mis derechos”, dijo el señor suavemente. “La primera noche me pertenece”. Los aldeanos no se atrevieron a replicar. El caballo blanco sin jinetes que se encontraba junto al del barón piafó. El soldado que lo sujetaba de las riendas le acarició el pescuezo para calmarlo.

El señor feudal sonrió. “Vas a venir conmigo al castillo, pichoncito”, dijo, “verás que te va a gustar”. Acto seguido obligó a su corcel a dar la media vuelta y se alejó en dirección del fuerte señorial, no sin antes haber hecho una seña a sus guardias.

Los soldados sujetaron al novio y lo montaron en el caballo blanco. La novia se quedó llorando en la aldea.

Manuel R. Campos Castro
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 404

El asaltante

Cuando la cajera vio la pistola no pareció sorprenderse mucho. Metió la mano debajo del mostrador y sacó una de esas bolsas de lona, bien llena y cerrada con un cordoncito. La puso delante de mí. La bolsa tenía un letrero que decía “$25,000.00 en billetes chicos”.

Creo que no me ha entendido, —le dije—. Esto es un asalto y la pistola que ve aquí está cargada.

Lo entiendo perfectamente, —respondió en tono profesional—, pero es todo lo que podemos darle. Si quiere más puede ir al Banco de Comercio, que está a media cuadra de aquí. Mientras tanto tenga la bondad de dejarle su lugar al próximo cliente. Esta usted deteniendo la cola.

Manuel R. Campos Castro.
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 164